¿Ya lo desarmates?

Bichos y parientes
Las nanoestructuras ya no son armadas, ni diseñadas ni construidas por manos humanas
Las nanoestructuras ya no son armadas, ni diseñadas ni construidas por manos humanas (Especial)

“¿Ya lo desarmates?” le preguntaban sus compañeritos de primaria a Alfonso Reyes, al verlo con su reloj nuevo. Era su manera de averiguar: desarmar algo para entenderlo. Todo niño ha hecho ingeniería inversa, aunque de modo silvestre, y se ha quedado sin su reloj o su juguete. Pero no es afán descaminado; los japoneses hicieron ingeniería inversa después de la Guerra: desarmaron y rearmaron coches. Al principio daban lástima; hoy son insuperables.

La ingeniería fue disciplina de metales y resistencias; construyó cosas grandes, luego mega, luego giga (el prefijo para factores de 109), pero ahora camina al lado contrario: la nanotecnología (“nano”: 10-9), que lleva un secreto indescifrable: las nanoestructuras ya no son armadas, ni diseñadas ni construidas por manos humanas. Y, lo más inquietante: el camino que siguen estos monstruos milmillonésimos, cuyo tamaño es de 1 a 100 nanómetros (los microscopios más poderosos pueden llegar a los 200 nm, no más), ya no es reversible y no se puede explicar desmontándolo.

Eric Drexler habla de utilizar la “maquinaria molecular que hay en las células”, y llama a los ribozomas “herramientas de máquinas programables”: se puede tomar información y convertirla en materia. Eso es lo que hacía el mundo, pero la información era bioquímica. Ahora se puede hacer desde una computadora. Y esta nueva oleada de bichos ya no es susceptible de reversibilidad ingenieril. No son desarmables, porque no son armados sino producidos.  

Durante el Renacimiento, la magia era la capacidad de transformar una fuerza natural en un trabajo que obedecía a la voluntad. Esta nueva magia hace lo inverso: utiliza la voluntad para transformarla en fuerzas naturales. Desde nuevos materiales, como el grafeno: un arreglo molecular de puro carbono, 100 veces más duro que el acero, muy flexible y elástico, extraordinariamente ligero, transparente, que se autorrepara cuando se rompe. Un miligramo de grafeno puede soportar cuatro kilos de peso. O pequeñas moléculas robot que únicamente destruyen células con cáncer. O convertir cualquier superficie en generadora de energía eléctrica. Hay quien piensa en recursos bélicos; otros, en salud, o en economía de energías de costo cero. Nadie sabe todavía qué consecuencias pueda tener una nueva versión del aprendiz de brujo, con moléculas en vez de escobas, y sin maestro que pueda echar el conjuro en reversa y desarmarlo. Pero curar el cáncer, potabilizar cualquier agua y generar energía gratuita son las tentaciones de Prometeo, no de un maguito perezoso.