Cómo ser apátrida

Escolios
(Especial)
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Me gustan las fiestas nacionales, pero no los nacionalismos. El nacionalismo es una pasión ideológica tenaz que, pese a las desgracias que provoca, reaparece persistentemente, inclusive en los territorios en apariencia menos propicios. Por ejemplo, espacios que, por siglos, han sido sede de la mezcla cultural, la apertura y el cosmopolitismo, como Estados Unidos, Reino Unido o Cataluña, de repente experimentan ansias calurosas e irrefrenables de homogeneidad y aislamiento del mundo. Hay en este sentimiento omnipresente en la modernidad, que es el nacionalismo, una seductora ambivalencia: los nacionalismos rescatan similitudes pero también imponen uniformidades artificiales, producen sentimiento de pertenencia pero a menudo mediante el resentimiento y la hostilidad a los otros; pretenden dignificar y generar autoconciencia, pero frecuentemente adoctrinan y embrutecen. De este modo los nacionalismos pueden ayudar a preservar la diversidad cultural o, al contrario, contribuir a negarla. Los nacionalismos culturales (que siempre acompañan al ideológico) se dedican a documentar la singularidad propia a veces mediante formas virtuosas (las grandes recopilaciones del folclor, el rescate del pasado, las reivindicaciones de las expresiones populares), a veces mediante formas viciadas (la intolerancia estética y la negación del carácter universal del arte y el pensamiento). Como literatura, las obras explícitamente nacionalistas tienden a ser pobremente pedagógicas, típicas y superficiales, y muchas veces lo que los cánones nacionalistas mayormente presumen se ha concebido precisamente como una modulación o una franca repulsa contra las formas más primitivas de este sentimiento. Hay, pues, muchos rasgos de simplificación e histrionismo en los amores a la patria, que suelen ser desaforados, teñidos de licores fuertes y gargajos martirológicos. Quizá por eso, los escritores que prefiero son esos “apátridas” (Camus, Canetti, Cioran, Paz, Milosz, Oz, Adonis, Coetzee, entre muchos otros) que, más que fieles a su tribu y su entorno, lo son a su albedrío e imaginación; que no buscan orígenes y significados únicos y enfrentan la ambigüedad esencial del lenguaje y las culturas; que, siendo agentes activos de su tiempo, asumen su soledad y no se refugian en los aplausos de la muchedumbre o las militancias rentables; que no temen contaminarse de lo “otro” y que llegan a amar a sus compatriotas, no por el lugar en que nacieron, sino por lo que son.

@Sobreperdonar