La generosidad del maestro

Café Madrid
Miguel Ángel Bastenier
Miguel Ángel Bastenier (Especial)

La generosidad es una de las principales características de los sabios. Enseñan al que no sabe y guían al despistado con amabilidad, astucia y, de manera inevitable, con algún jalón de orejas. Comparten con pasión las experiencias y el conocimiento acumulados, sin pretender que sus discípulos avancen enfundados en un corset, sino dotados de un puñado de elementos que les permitan actuar con mayor seguridad y sensatez en el desempeño de su profesión y en la vida misma. Uno de esos sabios era mi maestro Miguel Ángel Bastenier.  

Tenía cara de mala uva, unas canas rebeldes, unas gafas empañadas, una memoria prodigiosa, una ironía apabullante, una ternura camuflada, una identidad latina bien acendrada, una serie de obsesiones (el buen uso del español, la historia, las relaciones internacionales, el periodismo) y algunos vicios (los cigarrillos, el café, el twitter), un potente ego remachado a su cuerpo serrano, una legión de seguidores y unas entrañas llenas de sentencias que no dudaba en pronunciar con su voz oronda. Fue el hijo de un ingeniero belga y de una lectora voraz de novelas francesas. Fue el niño que creció entre libros y tertulias sobre las acciones de Charles De Gaulle. Fue el joven periodista que, ante el control franquista de la información nacional, se refugió en el acontecer internacional y lo dominó como pocos. Fue el autor de dos libros imprescindibles en las escuelas de periodismo (El blanco móvil y Cómo se escribe un periódico) y de tres más sobre el conflicto árabe–israelí. Fue el profesor directo de unos 2 mil alumnos y el profe indirecto de miles más, entre los que suscitaba admiración y animadversión.  

Para charlar y comer con él había que tener tiempo, paciencia e, incluso, una libreta para tomar apuntes. Hablaba de todo con autoridad pero, con frecuencia, evadía los asuntos personales, como su estado de salud. “Todo bien, he ido al médico y, ya sabes, es un coñazo, pero aquí sigo”, zanjaba. Solía ir con él al Delito’s, un restaurante situado a unos pasos de la Redacción de El País, donde siempre le tenían una mesa reservada (en la terraza, claro, para que pudiera fumar). Al terminar el menú del día, me decía con cierta solemnidad: “bueno, hijo mío, ya que estamos aquí, habrá que pedirnos unos licores”. Entonces un mesero tunecino (con quien Bastenier a veces debatía sobre política árabe) nos traía unas botellas de colores y unos vasos diminutos. Un trago, otro más y la sobremesa se alargaba con sus comentarios eruditos, hasta que mirábamos el reloj y volvíamos a la Redacción (yo un poco mareado y él dispuesto a pasarse el resto de la tarde tuiteando con el entusiasmo de un muchachillo). “¿Qué estás escribiendo?”, se interesaba mientras subíamos en el elevador. “Bueno, no olvides que tu historia debe tener las tres Des: drama, dinero y diversión”, remataba. 

La mañana del viernes 28 de abril mi maestro se murió. Como dicen sus admirados franceses: c'est la vie. Le agradezco, entre otras cosas, su compañía y atenciones en mi país de acogida, un montón de lecciones (en el aula y fuera de ella), el descubrimiento de lecturas tan básicas como extraordinarias, el prólogo a uno de mis libros. Hace poco alguien le preguntó qué le había dado él al periodismo. “Lo que tenía más a mano: toda una vida”, respondió. Así de grande era su generosidad.