Microteatro

Teatro
Escena de 'Un buen día para volar' que se presenta en Microteatro
Escena de 'Un buen día para volar' que se presenta en Microteatro (Especial)

Un muerto en la antesala del cielo, dos heridos de guerra cercados por alambre de púas y una niña condenada a vivir su caos interior en un mundo de abuso conforman un combo escénico de Microteatro. Al interior de una vieja casona en Santa María la Ribera, el visitante puede sentirse en un condominio teatral donde actores y actrices a medio vestir entran y salen de las habitaciones, mientras el espectador espera a la puerta o busca ante la taquilla, entre más de diez títulos, los horarios para ordenar su antojo escénico.

Actores, espectadores, asistentes, técnicos y uno que otro productor, conviven en el mismo espacio ante la ficción de las obras. De pie o sentados a unos centímetros de los actores, la puerta se cierra y la función se cierne sobre los quince espectadores dispuestos a entrar a la convención durante quince minutos. A cuatro años de Microteatro, se percibe vitalidad y entusiasmo.

Pecador porNo, de Norma Érika Ramírez Cardoso, da la bienvenida a un cuarto tapizado de nubes donde algunos marcos dorados resguardan una o dos letras. De un breve pedestal baja un hombre descalzo vestido de blanco con actitud de regañona conciencia celestial. En esa sala de espera, los espectadores, con un número adherido a su ropa, aguardan, ignorantes de que es el día del juicio para un muerto rebosante de asombro, que se percata de omisiones clave durante lo que fue su vida.

Esta farsa, con dirección de Sergio Raboso —en la que se presume que también actúa junto a Luismi Elizondo, porque no se observan los nombres de sus personajes y sí en cambio varios nombres más que tal vez sean de actores alternantes—, es un montaje fresco y divertido que siembra la duda sobre las fallas del vecino de banca y las propias.

Un buen día para volar,de Juan Carlos Araujo, abre una ventana al encierro que padecen dos soldados heridos, en resistencia rumbo a una esperanza que cada día se extingue y se renueva. Planteado con inteligencia y sensibilidad, este texto ubica a sus personajes en una situación límite en la que aún hay lugar para el recuerdo y la ilusión de una nueva experiencia.

Con la actuación de Antonio Monroi, que interpreta al soldado maduro, y de Antonio Zacruz, que hace el papel del joven, la obra de Araujo plantea dos guerras: la que inunda el entorno y una más íntima, que exige vencer otra calidad de obstáculos. La dirección de Aleyda Gallardo, que comprende a cabalidad las contradicciones de los personajes y la fragilidad que se ha apoderado de ellos cuando más fuerza necesitan, propone, entre oscuridad y sonidos bélicos, una imagen que abre horizontes a quienes, al margen de un alambre de púas, buscan una libertad plena.   

No quiero a nadie de Marco Vidal, texto que él mismo actúa, bajo la dirección de Martín Becerra, es una tragedia actual que perfora la pasividad del espectador al desplegar la crueldad que el ser humano puede ejercer sobre una inocente. Vidal, que hace el papel de una niña hundida en la confusión de su pensamiento y emociones, ante la asiduidad de un abuso que padece sin llegar a comprender, conduce al espectador al doloroso terror de acercarse a la vileza del género humano.

 Esta obra dolorosamente poética, en la que Vidal construye a todos los personajes por vía de la niña que intenta descifrar un mundo infame, permeado por una religión castrante, ocurre en un espacio de muñecas devastadas, entre decenas de frascos de esmalte para uñas y dibujos infantiles, en una zotehuela cuyos muros hacen eco de la infamia.

Tres experiencias de distinto género y nivel artístico. Miradas cortas y veloces a propuestas jóvenes, a cambio de riesgo y más opciones, que dejan sembrada una risa con interrogante, una imagen poética de esperanza límite y un golpe seco.