Viaje a Egipto y algunas inquietudes*

Cartas habladas a mi amigo alemán Hellmut Waller, 1967–1998 (Gallimard, 2015) es el último libro del gran escritor francés (19 de diciembre de 1924–18 de enero de 2016), a quien la Academia Sueca ...
Michel Tournier
Michel Tournier

Lunes 20 de diciembre, 1976

Mi querido Hellmut, hoy es 20 de diciembre de 1976, es casi la una de la tarde. 20 de diciembre, un día después del 19, o sea de mi cumpleaños. Ayer cumplí 52 años, algunos amigos vinieron a comer, escritores sobre todo, y también una amiga tunecina que es decoradora de la boutique Hermès en París, Leila Menchari, a quien “exploté” un poco en Los meteoros bajo el nombre de Hamida, pues es la hija adoptiva de Henson.

El jueves pasado regresé de Egipto luego de un viaje admirable pero agotador. Antes que nada, hay que saber que para ir a los países africanos, sobre todo al interior, ésta es la mejor temporada, es decir, diciembre, enero, febrero. El tiempo es seco, el cielo completamente azul; entre las diez de la mañana y las tres de la tarde, hace un calor como en Francia o Alemania en el mes de junio. Lo único que nos recuerda que es invierno es que los días son cortos, un poco menos cortos que en nuestros países, pero en fin, a partir de las seis y media cae la noche. Fue mi primer viaje a Egipto. Tú sabes cómo me gustan los países árabes. Había sido solicitado hasta ahora por Túnez, el Sahara y Marruecos. No me había ocupado de Egipto, lo que es inexcusable, antes que nada porque es quizá el país árabe más interesante y el más importante y después porque, como sabrás, la prima política de mi madre fue la mujer del escritor egipcio, y por lo tanto árabe, más importante del siglo XX, Taha Hussein, y esta Suzanne Taha Hussein tuvo dos hijos que son primos políticos con quienes siempre he mantenido amistad. En fin, te describo mi viaje rápidamente.

Llegué a El Cairo en plena noche. El Cairo es una ciudad que da miedo, tiene siete millones de habitantes amontonados de una manera espantosa. La ciudad es muy sucia, vetusta. Los hoteles son muy malos excepto los grandes hoteles americanos, tipo Sheraton, y la circulación es terrible, sobre todo en el centro, cerca de la estación, pues hay un tráfico aún más importante que en nuestras ciudades grandes pero con la siguiente diferencia: los vehículos funcionan casi todos con aceite combustible y por eso huele muy mal. Tienen semáforos como nosotros, sentidos únicos, sentidos contrarios, líneas amarillas o blancas que separan la avenida en dos partes pero todo eso es facultativo. Basta sonar el claxon para hacer lo que sea, pasarse el alto o meterse en sentido contrario; todo el mundo lo hace. Hay un ruido absolutamente infernal y el tráfico es espantoso. Uno se muere de miedo en el auto. No se puede cruzar las calles cuando uno es peatón. En fin, es terrible. De cualquier modo, no me quedé mucho tiempo en El Cairo. Me fui casi de inmediato para Alejandría.

En Alejandría debía dar dos conferencias, o más exactamente una conferencia en el Instituto Francés y una especie de coloquio —un encuentro con estudiantes de la universidad sobre el tema: “La vida de un escritor” —. Me fue muy bien. Alejandría es una ciudad bonita al borde del mar lo que, evidentemente, le da una buen atmósfera y calma. El mar tiene un efecto calmante sobre las ciudades y sobre todo cuando se está en un hotel con las ventanas hacia el mar. Es una ciudad que, desde el punto de vista arquitectónico, no es muy interesante. Es célebre por sus catacumbas y parece que toda la ciudad, de algún modo, fue construida sobre varias ciudades subterráneas que no han sido exploradas. La primer cosa que se le cuenta a un recién llegado es la aventura que padeció una pareja, no muy joven, hace dos años. Salían de una fiesta. La mujer era muy corpulenta. Parece que pesaba cien kilos y había llovido, lo que es muy raro en estos países y, como siempre que llueve en estos lugares donde normalmente no llueve, las calles estaban inundadas y los desagües desbordados, lo que hacía difícil ir de una banqueta a la otra. La pareja debía atravesar una calle y se encontraron frente a un desagüe que tenía al menos metro y medio de agua. La mujer le dijo al marido: “¿Qué opinas? No estoy tan gorda ni soy tan torpe como creen. Vas a ver. Voy a saltar. Voy a dar un buen brinco”. Entonces salta por encima del desagüe y cae, naturalmente, sobre el asfalto y en ese momento el suelo se hunde y ella desaparece. Su marido, asustado, notifica a la policía, a los bomberos. Realizan una búsqueda, pero al parecer no encuentran ni el cadáver, nada. Es la historia que te cuentan al llegar a Alejandría, una ciudad muy interesante por sus monumentos, sobre todo si se la compara con el resto de Egipto.

Permanecí dos días y medio en Alejandría. Recepciones, cocteles, etcétera, y encontré al fin y al cabo —algo muy conmovedor para nosotros los franceses— a los sobrevivientes del Egipto francés, pues, antes de la guerra, Egipto no era inglés como se piensa. Políticamente era inglés pero culturalmente, así como la lengua que se hablaba, era francés. Todo eso fue en el pasado. Pero aun queda una retaguardia de personas no precisamente jóvenes que son los francófonos de Egipto. Conocí también a un profesor de Ciencias Políticas cuyo padre y abuelo eran terratenientes que debieron haber tenido una fortuna colosal bajo el antiguo régimen; me invitó a su casa, un verdadero palacio con un jardín en plena ciudad. Es extraordinario porque destruyeron todas las otras moradas de este tipo para construir enormes barracas más o menos populares. Solo queda este pequeño palacio en medio de los edificios como una supervivencia, y nos dijo —es un hombre muy joven, 40 años— que deseaba lanzarse a la política. Se presentó en las últimas elecciones. Y perdió.

Hay cinco sirvientes en este mini palacio. Como profesor de Economía Política gana 62 libras egipcias al mes, más o menos 620 francos o 300 marcos alemanes. Está en una situación paradójica pero, desafortunadamente, característica de la situación de los intelectuales, de las profesiones liberales en Egipto, donde se asiste a la desaparición de todo lo que tiene una cierta cultura, pues hoy en día un médico, un ingeniero, un arquitecto, un profesor, prácticamente no pueden vivir en condiciones normales, y se nos dijo que el país necesita médicos. En la provincia egipcia no hay y sin embargo tan solo en Inglaterra hay 7 mil médicos egipcios.

Después de dos días y medio en Alejandría, tomé de nuevo el tren. Es un tren muy hermoso por cierto, un tren húngaro, creo, que no sigue el Nilo sino un canal del Nilo, un canal muy bello surcado por falucas y al borde del cual hay toda una vida campesina que puede apreciarse desde la ventana del tren —un canal que parte del Nilo y que provee de agua dulce a Alejandría—. En ese tren volví a El Cairo, no por mucho tiempo, pues de inmediato tomé un avión para ir a Luxor.

Luxor se encuentra a orillas del Nilo. Es quizá el sitio arqueológico más bello del mundo. No me puedo imaginar que pueda superarse esto porque, dos kilómetros más allá de Luxor, está Karnak que no es un templo sino una ciudad sagrada.

Atravesamos el Nilo. En la orilla izquierda está el valle de los Reyes, el valle de las Reinas, es decir toda una región horadada por tumbas. Para entrar en estos valles, pasamos entre dos colosos que deben tener algo así como 30 metros de altura, colosos que están sentados y que observan a quien pasa. Uno se hunde en los flancos de la montaña, en ocasiones profundamente, para descubrir bóvedas funerarias cuyas paredes están cubiertas por dibujos e inscripciones que datan de 5 mil años.

Es de una belleza abrumadora y a eso se añade la belleza natural del paisaje.

*

22 de diciembre, 14 h.

Creo que en mi última grabación, te conté mi viaje a Egipto. Ahora aprovecho los días que paso aquí para enviar a la imprenta, definitivamente, mi manuscrito cuyo título cambió. Luego de muchas reflexiones, pensé que Mutación, que era un maravilloso título cuando lo veía escrito, se volvía uno muy malo cuando intentaba pronunciarlo. Y que cada vez había que explicarse ampliamente para comprender de lo que se trataba. Preguntar en una librería por Mutación de Michel Tournier, decir en la radio Mutación de Michel Tournier, todo eso no queda bien. Y además, en Gallimard me hicieron ver que no hay buen título sin la letra “r”. Jamás lo hubiese pensado pero el hecho es que una palabra perfectamente inteligible lleva casi siempre la letra r y en mis dos libros precedentes —Viernes, El rey de los alisos y en Los meteoros— la “r” ocupa un lugar importante. Luego de varias reflexiones, decidí retomar el título que había descartado para Los meteoros y que era El viento paráclito. Quería titularlo El viento paráclito porque quería hacer de este libro una suerte de resacralización de los fenómenos meteorológicos, es decir, restituir al sol, al viento, a la lluvia, a la nieve, su valor sagrado. Lo hice un poco pero, en fin, a mi entender no lo suficiente para que la novela pudiera llamarse El viento paráclito. Así es que el título estaba disponible y, dado que en mi nuevo libro se aborda mucho la creación literaria, la inspiración, los problemas de la escritura, pienso que llamar a eso El viento paráclito y suponer que, antes de trabajar, suplico al Espíritu Santo que aliente mi vida, la llene de inteligencia y la fecunde con ideas nuevas, entonces podía justificarse. De modo que no hay más Mutación. Ahora es El viento paráclito. Y El viento paráclito será publicado en febrero.

Ayer fui a la Maison de la Radio para ver una película cuyo guión escribí. Es la historia de dos choferes foráneos que viajan en un enorme tráiler de cuarenta toneladas entre París y Lyon. Le había dado un resumen a la televisión y me olvidé del asunto hasta que un día me pidieron escribir el guión. Lo hice sin mucho entusiasmo. Eso me demostró, justamente, que no me gustaba hacer guiones, lo cual yo ignoraba; y no solamente no me gusta hacer guiones sino que tampoco me gusta que otra persona los haga. Como no soy director de cine, me presentaron a uno. Me dijo: “Me mostraron su texto, me gusta, lo encuentro interesante y quiero llevarlo a la pantalla”. Yo le dije: “Pues mire, hay dos personajes, dos choferes en este camión. Uno de ellos es viejo, frágil, pequeño y citadino —es un hombre de París— y luego, el otro, es un joven grande, un bruto de campo, un muchacho frustrado que tiene problemas, que es complejo”. Entonces me dijo: “Sé qué actores podrían hacer los papeles. Volvamos a vernos en quince días y se los presento”. Y me presentó, al cabo de quince días, a un viejo que era un coloso y que no tenía absolutamente nada de parisino, y a un joven que era un don nadie y que era típicamente parisino. Entonces le dije: “Escúcheme, no quiero inmiscuirme en su trabajo. Yo hice el guión. Yo le di ese guión. Usted ha decidido realizarlo. Pues adelante. No es lo mío, no tengo intención alguna de hacerlo. Usted es un adulto. Cumpla sus responsabilidades. Sea infiel si así lo desea. Lo esencial es que la película sea buena”. Y abandoné todo con la casi certitud de que sería un fiasco. Pues ayer vi la película. Mala no era. Eso no podía ser malo. Más bien mediocre. Queda alrededor de un tercio de lo que yo escribí, y digamos que soy generoso. Sería más bien la cuarta parte. Podría ser muy buena sin apegarse tanto al guión. Cuando Antoine Vitez hizo un espectáculo en el Palais de Chaillot para los niños basado en Viernes, no se apegó para nada al libro y el resultado fue excelente. En este caso que se apegaron más —yo esperaba que fuera un desastre—, resultó algo ordinario. Pasará inadvertida. Me da igual. ¿Sabes?, lo que hay de maravilloso en un oficio como el mío es que uno nunca pierde el tiempo. Haga lo que haga, no hay desperdicio. Hago el guión y eso me hará ganar algo de dinero, no tanto pues la televisión paga mal. Ya he ganado 12 mil francos y ganaré otro tanto. Pero sobre todo tuve entre manos un trabajo considerable con el que hice un cuento que, para mí, tiene algo de extraordinario, de inhabitual, hay muchos diálogos (debido a que está hecho a partir de un guión de película) y, por lo tanto, para mi próximo libro de cuentos tendré un texto que se llamará “A6 en televisión”. A6 es el nombre de la autopista París–Lyon pero en el libro le cambiaré el título. Mejor hacerlo, si no tendría problemas con la televisión. Firmé un contrato de exclusividad, de modo que lo llamaré “L’Aire du muguet”, con la palabra aire escrita a i r e; en francés los “aires” son las zonas de descanso en las carreteras, en alemán corresponde a “Rastplatz”.

Y llevado por el ímpetu, retomé otro proyecto que había hecho para la televisión pero que, en esta ocasión, no se concretó en un guión y sin embargo había escrito cantidad de diálogos. Y escribí algunos cuentos, muy largos —digo, para mí—. Mis cuentos son por lo regular de quince hojas. Escribí dos que tienen 45 hojas cada uno, lo que para mí es mucho. Este otro cuento que escribí, creo que ya te había hablado al respecto. Es una historia en la línea del “El fetichista”. Es un personaje conmovedor y anticuado y ocurre también en Alençon que, para mí, encarna el pueblo retrograda, timorato y además militar porque ahí había durante la guerra un regimiento de caballería. Se va a llamar “El urogallo”, porque es así, afectuosamente, y con cierta burla, como llaman al héroe de esta historia quien es un coronel retirado, de 60 años, que tiene una esposa muy bella, noble, muy digna, pero que no está hecha para el amor. Entonces él la engaña. La engaña demasiado, hasta que un día va demasiado lejos: instala en un departamento de soltero en Alençon a una de sus queridas, y naturalmente todo mundo lo sabe. Un día, vuelve a casa; vuelve y se da cuenta que su mujer, a quien ve por la ventana, está leyendo y, rápido, cierra el libro, lo esconde en su cesta de labores y se levanta. Él entra a la casa, esculca en la cesta para ver lo que leía su mujer y encuentra… ¿qué? Un alfabeto Braille, un alfabeto para ciegos. Entonces va donde su mujer. Le dice: “¿Qué es esto?”. Ella empieza a llorar y le responde: “Yo no quería decírtelo. Desgraciadamente es una certeza. Me estoy quedando ciega”. Él está conmocionado. Es un hombre sencillo y un hombre de honor. A una mujer ciega no se la engaña. Promete quedarse con ella, terminar sus amoríos con su amante. Y se convierte en el mejor marido del mundo. Al cabo de algunas semanas, su mujer recupera la vista. Él se enfurece, tiene la impresión de que lo han engañado. Y ése es el inicio del cuento.

Hay otra cosa más en mi pequeña vida literaria. Claude Gallimard me pidió formar parte del comité de lectura de Gallimard. Evidentemente, habría debido decir no. Son inquietudes extras que entorpecen mi vida. Ninguna necesidad tengo de ello. Pero no sé decir no. Y además, pese a todo, con la Academia Goncourt formo parte del jurado literario más importante. Pero bueno, ahora formaré parte del comité de lectura más importante de Francia. Esto significa que todos los martes, a las cinco, teóricamente, debo ir a Gallimard y participar en una conferencia que reúne a cinco o seis personas que deciden lo que se publica y lo que no. Pues esas son mis novedades literarias. No necesito decirte que Los reyes magos avanzan poco pero avanzan. He pensado mucho en Egipto. Naturalmente la visita a las tumbas y a las pirámides me impresionó por el problema de la escritura. Sin duda, Los reyes magos será para mí, como ya lo había sido en parte Los meteoros, una reflexión sobre la palabra y la escritura.

*Título de la Redacción.

Nota y traducción de José Abdón Flores.