La palabra: un espejo

Merde!
Elena Garro por Geney Beltrán Félix
Elena Garro por Geney Beltrán Félix

Uno se refleja en sus palabras. Mágicas o fársicas, son la maldición y bendición de comprender infortunios. Usar el lenguaje como descubrimiento de nosotros mismos es cuando la literatura se acerca a la comprensión del mundo. Sus obras de teatro abren puertas oscuras llenas de luz. Sí, hablo nuevamente de Elena Garro porque Geney Beltrán Félix la recicla en una antología donde el teatro abre su literatura de presagios. Conocida más como novelista, el teatro fue su origen en las letras. Casi ningún dramaturgo ha transitado a la prosa con impecable solidez como ella. Rodolfo Usigli, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña —algunos otros—, intentaron pero fueron superados por su teatro (Sabina Berman es el otro caso, que ha logrado ser tan buena en el teatro como en la narrativa).

Garro hizo la novela Los recuerdos del porvenir y, antes, la obra escénica Un hogar sólido, adelantándose al realismo mágico en todos los sentidos. Y más allá de aquel estilo literario, escribió la pieza teatral Felipe Ángeles, con el más duro realismo —a secas—, de impecable y clásica factura. Pero también incursionó en el terror psicológico con la novela Reencuentro de personajes, que la antología de Beltrán nos regresa para regocijo de lectores acuciosos. Habrá un redescubrimiento de Elena Garro a pesar de sus detractores y el encasillamiento al que se le quiere reducir.

La antología publicada por Cal y Arena abre con su teatro: El rey mago, La señora en su balcón, Los perros y El rastro. Ni a cuál irle por la profundidad temática —la soledad, la muerte y la vida, emociones y razones como cascada para filosofar, y la maldad como traje inherente a los hombres, donde las mujeres son apenas un plato de lentejas, bien servido.

Esta vez me quedo con El rey mago: volar al cielo o quedarse en la tierra —encarcelado— depende de los sueños. La libertad como ilusión está a un paso si somos capaces de mutar en la realidad e irnos con un niño y su Pegaso —un caballito de cartón— a disfrutar los deseos del espíritu. Literatura pura donde el ensueño despierta la mente del lector. La capacidad de un director escénico será la dificultad de llevar a cabo esos arranques donde la razón no tiene cabida. “Fisura fantástica en la escena”, le llama Beltrán Félix en su introducción.

Ninguna pieza teatral demerita frente a los cuentos y novelas seleccionados, más allá de la preferencia de un lector que opta por la prosa frente al teatro escrito, sin intervención escénica. Anímense. Es un deleite el diálogo donde podemos leer, por ejemplo: “¡Mala suerte tiene el hombre de suerte!”. O bien el momento cumbre de la obra cuando un niño se eleva en su caballito y desaparece. Escena imposible en la vida real, pero probable en el arte.

Releer a Elena Garro, necesario ante tantas mentiras de la literatura mexicana.