Exiliados de la cama

Merde!
Una escena de Exiliados
Una escena de Exiliados (Especial)

Me acordé de León Tolstoi y su Novela del matrimonio, el escabroso camino de la cotidianeidad en pareja, con diferencia de años, distintos intereses intelectuales, esa ascensión y caída donde las emociones ganan a las razones y hay que poner un hasta aquí a la aburrida vida. No es el clásico Guerra y paz pero sí el retrato íntimo de relaciones peligrosas, tanto como el mapa de las naciones. Porque no hay nada más importante que una persona antes que la patria. ¿O no?

Me acordé de la tragedia de August Strindberg, su relación sentimental con Siri von Essen, vida que llevó a la dramaturgia primero con La mujer de siri Bengt, hasta enfrentarse con las tesis feministas en el teatro de Henrik Ibsen con Casa de muñecas, y terminar en la locura, en ese ensayo profundo que es Inferno, para terminar en el descrédito público de su época —por misógino, se dice ahora—, y al final el fracaso de su teatro, hasta hoy rescatado por calidad histriónica.

No sé por qué pero al ver el montaje Exiliados, de James Joyce, pensé: de matrimonios, hasta Ingmar Bergman se ha ocupado en el teatro y en el cine. Ser pareja —casada, separada, en amasiato, con hijos o no, con traiciones o sin ellas— implica conocer a profundidad las complejas vidas de seres humanos donde todo lleva a la deriva si se salen de la razón. ¡Y vaya que Ibsen, Tolstoi y Joyce lo intentaron! Conocer a sus mujeres les llevó a finales tensos junto a su trepidante literatura —desde luego, Anton Chéjov no se quedó atrás con su obra La gaviota—. Pero Joyce fue más allá: el marido asume las relaciones de su mujer con otro hombre… en teoría, porque la pieza resulta ambigua en su final.

No es fácil vivir en pareja —de la diversidad sexual que sea—. Difícilmente puede llevarse una vida, digamos, tersa, en compañía de quien sea. Peor si los intereses no son afines, entre ser ama de casa y escritor, por ejemplo, como en la obra del autor de Ulises. Una pieza inspirada en su propia vida (como Tolstoi, Strindberg, Ibsen, Bergman y Chéjov). Una delicia observar en el teatro conversaciones racionales con emociones soterradas para no estallar en cólera, sin morir en el intento.