La derrota de la cultura

La presencia de Marine Le Pen en la segunda vuelta de la elección francesa no ha suscitado la ola de indignación ni la movilización masiva que podrían esperarse
(G. Van Der Hasselt/AFP)
(G. Van Der Hasselt/AFP)

La presencia de Marine Le Pen en la segunda vuelta de la elección francesa no ha suscitado la ola de indignación ni la movilización masiva que podrían esperarse ante la amenaza de que un partido de extrema derecha acceda al poder. Podría pensarse que, desde 2011, al tomar la dirección del Frente Nacional, los esfuerzos de la candidata por ocultar las ideas racistas, antisemitas, xenófobas y nacionalistas (la llamada “desdiabolización”) de su partido han sido fructíferos, en particular entre los jóvenes y la clase obrera. Marine Le Pen se nos ha presentado así como una candidata más, dejando atrás la historia de la extrema derecha francesa a la que pertenece y que va desde el negacionismo hasta la complicidad en la tortura durante la guerra de Argelia. La preferencia nacional que busca instaurar, así como la salida de la Unión Europea y el restablecimiento de las fronteras, cobran toda su significación si se recuerda lo que se encuentra detrás de la idea de una Francia fuerte y orgullosa, que no se arrepiente de su pasado colaboracionista ni colonial.

Ante la perspectiva de la llegada al poder del Frente Nacional, las reacciones del mundo de la cultura han sido en su mayoría tardías e insuficientes. Los medios de comunicación —en particular las cadenas de información continua— les han otorgado poca atención. Como si el lenguaje de odio y desprecio que caracteriza a su partido no afectara ya a nadie, como si la divisa de la República —Libertad, Igualdad, Fraternidad— simplemente hubiera pasado de moda, como si la lengua misma hubiera perdido su sentido, reducida al insulto y la invectiva. Así, por ejemplo, la reacción del Premio Nobel de Literatura Jean-Marie Le Clézio, “Si gana Marine Le Pen, devolveré mi pasaporte francés”, apareció únicamente en la revista argentina Ñ y tuvo una débil resonancia en Francia. De igual forma, la tribuna publicada a principios de abril en el diario Libération por una centena de artistas e intelectuales pasó casi desapercibida, a pesar de su pertinencia o, tal vez, precisamente a causa de ella: “En su último discurso sobre la cultura, Marine Le Pen desea de todo corazón una Francia que recobre su grandeza. Pero no se hace arte para servir a la grandeza de Francia y de hecho es así como se la sirve mejor. […] La libertad de pensar y crear, la libertad de inventar y afirmar, la libertad de interpretar y criticar lo que va bien en el mundo o lo que no, es algo en verdad preciado. […] Si Marine Le Pen es presidenta sin duda pondrá término a todo esto”. En efecto, el programa de Marine Le Pen en torno a la cultura se concentra en la defensa de la lengua francesa y del patrimonio histórico y cultural. Propone dar voz al “pueblo” mediante el desarrollo de un mecenazgo popular o bien al permitirle participar en el control de los medios del servicio público. La hostilidad de la candidata hacia los periodistas ha llegado a tal punto que ha pensado en crear una instancia de control que pueda sancionarlos cuando, según ella, no respeten la deontología periodística.

Otro rostro de Francia es el que muestra el candidato Emmanuel Macron que creó su movimiento político En Marche! apenas en abril del año pasado, tras su renuncia al Ministerio de Economía. Se le conoce principalmente por su carrera como alto funcionario del Estado y por su trabajo con la Banca Rothschild. Sin embargo, como él mismo lo destacó en uno de sus últimos mítines, la filosofía ha influido en su concepción de la política, especialmente el pensamiento de Paul Ricoeur, a quien conoció durante sus estudios de filosofía (de hecho, fue su asistente editorial para la redacción de La memoria, la historia y el olvido, publicado en 2000).

No obstante, la campaña de Emmanuel Macron, al igual que su programa, no otorgan mayor importancia a la cultura. Fuera de su voluntad por “hacer del acceso a la cultura un tema prioritario”, sus propuestas son puntuales y pragmáticas. Por ejemplo, propone que al cumplir 18 años, los jóvenes reciban la suma de 500 euros para acceder a actividades culturales o que se financien proyectos que permitan que todos los niños reciban una educación artística. Su apego a la idea de una Unión Europea es lo que caracteriza su propuesta para el país y lo diferencia de Marine Le Pen. En sus discursos, trata de hacer resurgir, casi de proteger, la imagen de una Francia que no cierra sus fronteras, que acoge a los inmigrantes y que acepta la diversidad de la cultura en el país —la cual no se reduce, como lo afirma la candidata de extrema derecha, a la de los franceses de arraigo.