Mammón versus natura

Toscanadas
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Toscanadas

El capítulo siete del evangelio de Marcos nos relata el encuentro de Jesús con los fariseos en el que estos últimos le preguntan por qué él y sus discípulos comen pan sin antes lavarse las manos. Entonces Jesús les tira una perorata que concluye con estas palabras: “Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre”. Luego continúa en privado con los apóstoles, diciéndoles: “¿No entienden que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos”.

La última frase no es palabra de Dios, sino de algún editor paulista que quiso interpretar el texto a su conveniencia. Jesús hablaba de manos sin lavar; el editor aprovechó para limpiar todos los alimentos. Jesús nunca hubiese comido una torta de pierna de puerco ni un coctel de camarón, pero quienquiera que haya agregado la nota explicativa debió ser un gentil porcófilo. De hecho, la misma escena se cuenta en Mateo 15, sin que se declaren limpios todos los alimentos.

Pero más allá de minucias judeocristianas, hay que decir que el Hijo del Hombre se equivocó. Hoy sabemos que buena parte de lo que comemos no sale a la letrina, sino que entra en el corazón. También en el hígado, los riñones y otros órganos, deambula por el torrente sanguíneo, tapa las arterias y buena parte se nos queda embodegada en forma de manteca. Otra fracción nos pellizca algunas células hasta provocar que se multipliquen de modos malignos, provocando cáncer.

Tal vez las palabras del mesías funcionaban para una dieta mayormente compuesta por lentejas, habas, puerro, cebolla, aceitunas y aceite de oliva, pan, leche, ajo, uvas, higos, pescado, vino, granadas, dátiles, queso, huevos, pepino, miel y algún corderillo para la Pascua, todo natural; ¿pero quién puede hoy declarar limpios todos los alimentos cuando contienen tanta inmundicia?

Jesús no conoció el azúcar, pero hoy a casi todo le agregan azúcar. Incluso los productos que con letras grandes dicen no contenerla, aclaran con letra pequeña que tienen jarabe de maíz, o sea: un azúcar peor que el azúcar. Alimentos tradicionalmente sanos como el yogurt contienen media tabla de Mendéleyev. Al jamón, que desde siempre se hizo para conservar naturalmente la carne, hoy se le agregan no sé cuántos conservantes.

En su infinita sabiduría, Jesús no previó que un alimento podría contener ácido benzoico, sorbato de potasio, glutamato monosódico, benzoato de calcio, hidroxibenzoato de metilo, dióxido de azufre, metabisulfito de potasio, ortofenilfenato de sodio, natamicina, hexametilenotetramina, ácido propanoico, tetraborato de sodio y tantos otros, además de una variedad de colorantes, edulcorantes y saborizantes que no salieron de alguna cocina sino de un laboratorio.

Si hoy se apareciera Jehová en los corporativos de Nestlé, Coca–Cola, Pepsico, Kraft, Kellog, Bimbo, General Mills, Campbell, Danone, Mars y Unilever, no les hablaría de animales que rumian o tienen la pezuña hendida, no de aletas y escamas, sino del modo en que prostituyen aquello que natura ofrece en estado de pureza. Les daría un plazo breve para corregirse antes de hacer llover sobre ellos el azufre ardiente que en otros tiempos destruyera a Sodoma y Gomorra. Mas ellos seguirán haciendo lo que siempre hacen, pues saben que hace ya muchos años Jehová se volvió un dios secundario y hoy Mammón es el único dios todopoderoso, el que nos tienta, cuya voluntad se hace en la Tierra y nos da el pan Bimbo de cada día.