Maite Ezcurdia. “La filosofía vive de la interacción con el otro”

Especialista en filosofía del lenguaje, ciencia cognitiva y epistemología, la investigadora e integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM traza la ruta que ha seguido su vocación
Maite Ezcurdia
Maite Ezcurdia (Araceli López)

Maite Ezcurdia cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Realizó una maestría y un doctorado en el King’s College de Londres y es investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Sus áreas de interés son la filosofía del lenguaje, la filosofía de la mente, la ciencia cognitiva y la epistemología. Ha trabajado en las expresiones referenciales, la división entre semántica y pragmática, la naturaleza de la comprensión lingüística, el conocimiento del lenguaje y el innatismo. Fue directora de la revista de filosofía Crítica, coordinó el Seminario de Filosofía del Lenguaje y participó en la coordinación del Seminario de Filosofía de la Mente. Con Olbeth Hansberg, compiló el volumen La naturaleza de la experiencia (UNAM, México, 2003). Es integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM desde 2015 y su miembro más joven.

¿Por qué estudiar Filosofía?

Quería ser escritora pero estudiar literatura es hacer puro análisis y crítica, así que más que desarrollar tu propio estilo teorizas sobre eso. Entonces decidí estudiar Filosofía. Entré a la Facultad de Filosofía y Letras sin mucha idea. Uno de los cursos era Lógica, que es increíblemente técnica. Yo le había huido a las matemáticas en la prepa, pero me fui a las “Islas”, en la explanada de Ciudad Universitaria. Me senté con el libro bajo un árbol e hice los ejercicios para ponerme al corriente. Los terminé en dos horas y pensé: “Creo que esto es lo que quiero hacer”. Ese fue el momento, bajo un árbol de la explanada, con un libro de lógica en las manos, cuando decidí que lo mío era la filosofía.

¿Por qué eligió ingresar a la UNAM?

En mi familia había la preocupación sobre de qué iba a vivir si estudiaba filosofía, pero en una cena, después de la presentación de un libro, mi madre habló con Carlos Monsiváis: “Estoy preocupada porque a Maite le interesa la filosofía. ¿De qué va a vivir?”. Monsiváis le contestó: “No te preocupes, déjala y ya se las arreglará”. A mi padre, en cambio, le pareció muy bien que entrara a la UNAM y que estudiara lo que quisiera, pero mi madre decidió que de todas formas tenía que solicitar admisión en otra universidad, por si no me admitían. Hice el examen para entrar a la Universidad Panamericana, sin saber que era del Opus Dei. De un ambiente laico, completamente liberal en términos de vida cotidiana, de repente estaba yo en la UP. Duré dos semanas y me salí, aún sin saber si iban a admitirme en la UNAM. Cuando comencé el primer semestre, decía: “Debo aprender de todo”. Tomaba clases de Estética con Adolfo Sánchez Vázquez, de Ética con Mark Platts, de Filosofía del Lenguaje con Lourdes Valdivia, y de Nietzsche con Lizbeth Sagols. Muy heterogéneo el asunto. Pero tuve una clase de Filosofía de la Historia con Carlos Pereyra, y en el libro que consultábamos había un capítulo sobre explicaciones causales que me encantó. Me di cuenta de que lo que a mí me llamaba más la atención era el método filosófico. Soy un poco obsesiva, y a la par que tomaba esos cursos me acerqué al Instituto de Investigaciones Filosóficas. Había en la Facultad una reacción fuerte en contra de la filosofía analítica, pero a mí me resultaba una línea argumentativa clara. Tomaba clases con Laura Benítez y empecé a colaborar con ella en la traducción de un libro de Bernard Williams sobre René Descartes. También me acerqué a Lourdes Valdivia, que estaba haciendo filosofía del lenguaje, y en el seminario de investigadores del Instituto un estudiante hizo una presentación sobre Gottlob Frege. Yo estaba en tercer o cuarto semestre y me dijeron: “¿Por qué no ensayas una réplica?” Era un poco pronto para eso, pero lo hice. Ese fue mi primer contacto con un seminario de investigación y así empecé a frecuentar el Instituto. Terminé la licenciatura en tres años y medio, en gran medida porque en mi generación no tenía con quién conversar; a nadie le interesaba la filosofía analítica. Hice mi tesis con Mark Platts y mucho de mi actitud hacia la filosofía proviene de mi interacción con él. Platts enseñaba que no solo hay que desarrollar argumentos finos, sino preocuparse de si lo que uno está diciendo es verdadero. Después de recibirme me fui a Inglaterra: ya se perfilaban mis intereses hacia la filosofía de la mente y un poco más hacia la filosofía del lenguaje.

Para poder estudiar el posgrado, se alejó de México. ¿También de la filosofía mexicana?

Hablar de filosofía mexicana puede querer decir una multiplicidad de cosas, pero a mí me interesa más saber si hay una filosofía que se hace en México y creo que sí. Los temas filosóficos no tienen por qué tocar la cotidianeidad, las particularidades del país. La filosofía mexicana se ha preocupado por los problemas filosóficos, y a partir de esto ha desarrollado argumentos, teorías, propuestas. Es una filosofía que se puede hacer en cualquier parte del mundo. Hay filósofos mexicanos que están en el extranjero pero siguen con la conciencia de que deben participar y contribuir a un mejor desarrollo de la filosofía en México.

Me fui al extranjero a hacer la maestría y el doctorado, pero me reincorporé al Instituto en enero de 1994 y entré al programa de repatriación de investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Estaba Olbeth Hansberg de directora del Instituto, donde fue posible hacer investigación. En un lapso de dos años se reincorporó mucha más gente y eso le dio un poco más de dinamismo al Instituto. La filosofía vive de la interacción con el otro, de discutir argumentos, propuestas, trabajos, ideas. Poco después, dirigí la revista Crítica; fui la primera mujer en el cargo. Hicimos cambios, pues la revista necesitaba mucho empuje, y entró a un montón de índices internacionales, como The European Reference Index for the Humanities. Estuve unos cinco años y luego pasé al comité de dirección. Era momento de que otros estuvieran al frente.

En el extranjero conoció a su esposo, con quien tiene una dinámica muy especial. ¿Nos puede contar un poco sobre eso?

Conocí a mi marido estudiando en el King’s College de la Universidad de Londres. Él es judío y neozelandés. Tenía una maestría en Derecho y sabía, como abogado, que el sistema de leyes que había estudiado es diferente al de México, por lo que parecía claro que después de Inglaterra tendríamos destinos diferentes, pues yo estaba obligada a volver a México. Cuando regresé, él recibió un dinero inesperado y vino a verme. Poco después, volví a Inglaterra a presentar el examen de doctorado y ahí nos vimos de nuevo. Volvimos a encontrarnos en Nueva York y en diferentes sitios. Con el correo electrónico, la comunicación se hizo más sencilla. Siempre pensábamos: “Bueno, vamos a ver qué pasa de aquí a dos o tres meses”, hasta que nos dimos cuenta de que lo nuestro era un rompimiento fallido. Entonces nos casamos. Llevamos 25 años juntos. Tenemos una casa allá y un departamento acá. Él viene a México en su verano y yo voy a Nueva Zelanda en el mío. Es una situación peculiar, lo sé, pero nos ha funcionado. Fue muy importante aceptar que ninguno se mudaría al país del otro. A la larga, la relación lo habría resentido. Pensamos: “Tenemos que estar bien con lo que está haciendo cada quien, con su desarrollo profesional y personal”, porque si no te vuelves una carga para la otra persona y te resientes. La boda se celebró en enero de 1998. Nos divertimos mucho, fue una gran fiesta. Hubo gente de todas partes.

Darle prioridad a la vida profesional no es siempre una decisión fácil para una mujer. ¿Cuál fue su caso?

Mi familia es un matriarcado. La figura de mi abuela materna nos estimuló a que tuviéramos un desarrollo personal y profesional. Generó, al menos en mi hermana y en mí, espíritus independientes. Mi hermano no lo necesitaba porque era hombre. Creo que hay generaciones en las que se espera que la mujer sea quien deba sacrificar algo para estar con su pareja. Parte de la gran libertad que hemos adquirido las mujeres es que podemos decidir y que se considera bien que el hombre quiera dedicarse a la familia y dejar que sea la mujer quien salga a trabajar. Esa es para mí la equidad de género: la libertad de decisión sobre lo que queremos hacer en la vida.

El poder de decisión es importante en todos los aspectos de la vida. Yo he tenido cáncer de mama y ha sido recurrente. En 2005 se pensaba que los márgenes estaban libres; llevé quimio y radioterapia. Permanecí libre cuatro años y medio y volvió. Estuve libre otros cuatro años y volvió. He estado libre, pero ha vuelto, y en cada ocasión he logrado la remisión completa, lo que significa que no hay indicio de la enfermedad en ninguna parte. He sido muy afortunada, porque la he atrapado a tiempo. He aprendido a notar cuando hay cambios, y hasta cierto punto he logrado controlarlo. Cuando he tenido que entrar a tratamientos me he mantenido activa, porque creo que las cosas tienen que ver con la actitud. Puedo elegir deprimirme y pasármela muy mal o decidir estar bien. Yo he decidido continuar trabajando, pasármela bien, viajar, disfrutar, y si hay un momento en que me deprimo también me doy el tiempo para eso, aunque sabiendo que puedo elegir estar bien. Hay cosas que físicamente se te imponen. Quisieras salir y brincar y asolearte y no puedes hacerlo hoy pero podrás hacerlo después. Mi decisión es vivir con las cosas que me tocó vivir. Me siento muy afortunada, porque muchos aspectos en mi vida están muy bien. A unos les tocan tragedias familiares, a otros les tocan tragedias personales. Yo he tenido una pareja estable durante más de 25 años: eso no es algo con lo que tengo que luchar.

¿Considera que hay equidad de género en la filosofía?

En 2015 me integré a la Junta de Gobierno de la UNAM, un órgano colegiado. Jamás me he considerado feminista, pues no soy parte de un movimiento ni he formado un grupo de discusión que esté preocupado intelectualmente por la equidad de género, pero es evidente, dentro y fuera de la UNAM, que la filosofía está dominada por hombres. A mí no me tocó vivirlo tan claramente en la licenciatura, porque en el Instituto había muchas mujeres: Olbeth Hansberg, Margarita Valdés, Salma Saab, Ana Rosa Pérez Ransanz… En King’s College, en cambio, había solo dos mujeres cursando la maestría. Recuerdo una conferencia que impartió Ruth Millikan en un sitio donde cabían 70 personas y solo había tres mujeres. Me había acostumbrado a vivir entre hombres. Todavía hay un problema de equidad de género, pero ya se reconoce. En la Junta de Gobierno hay solo cinco mujeres. Pero hay un sesgo: el Premio Belisario Domínguez: ¿a cuántas mujeres se les ha dado? Algo muy importante en esta discusión es que debemos reconocer —y evitar— los sesgos, pero también que las mujeres no queremos entrar por cuota, porque eso nos resta legitimidad.

Como filósofa, ¿cuál cree que será su legado?

Me gustaría ser recordada por mis estudiantes porque les aporté algo en su desarrollo filosófico, algo que importó al menos en su vida profesional. También por haber impulsado y defendido un tipo de filosofía en México y en América Latina, tanto en la dirección de Crítica como en los seminarios de filosofía del lenguaje y de filosofía de la mente y ciencia cognitiva. Y me gustaría ser recordada por el trabajo filosófico sobre demostrativos, un libro que espero que salga pronto: Complejidad semántica. La teoría filosófica me importa, pero me importa más el aspecto humano, de formación de grupo, de una cultura filosófica, y contribuir a la discusión y a la generación de una comunidad filosófica no solo en México, sino en América Latina. Yo impulsé la creación de la Asociación Latinoamericana de Filosofía Analítica pero aún queda un montón de cosas por hacer para construir un legado.