La madre sin Edipo

Poesía en segundos.
'La provincia inmutable' (La Otra/ Conaculta/ IZC, 2015) de Marta L. Canfield.
'La provincia inmutable' (La Otra/ Conaculta/ IZC, 2015) de Marta L. Canfield.

La provincia inmutable (La Otra/ Conaculta/ IZC, 2015) de Marta L. Canfield es un libro apasionante. Este texto, primera edición fuera de Italia, propone desentrañar las claves “analíticas” de la poesía de Ramón López Velarde. Hace más de 15 años, José Emilio Pacheco comentó la edición florentina y ponderó su importancia. Por eso, la nueva versión significa un aporte a las lecturas sobre “nuestro poeta de mañana”, como dijo Julio Torri.

En términos concretos el ensayo de Canfield es claro, minucioso, revela aspectos técnicos relevantes y va al fondo tanto de la “retórica” como del alma poética. La aplicación del enfoque psicoanalítico en forma amable, sin impostaciones y sin la jerga confusa y pretensiosa de los estructuralistas, hace que el estudio resulte muy útil y, muchas veces, iluminador. Al leerlo comprendemos mejor la oscuridad lópezvelardeana y sus obsesiones. Canfield va al meollo del asunto: la idealización de la mujer y la identidad entre ésta y la provincia y la infancia. López Velarde creó su visión en un principio edénico, pueril y materno. Así, todas las piezas del poeta alcanzan su unidad en el pasado. Cuesta pensó lo mismo, pero lo concibió como parte del irracionalismo.

Sin embargo, no faltan las dudas.

El examen analítico lleva a Canfield a sostener que López Velarde sufría el complejo de Edipo, es decir, los poemas son la expresión del amor y el deseo hacia la madre. La presencia de imágenes infantiles, de ternura y de una sensualidad láctea ¿son sin duda una “transferencia” y una “fijación”? No necesariamente.

En primer lugar, hallamos textos, tanto en “Primeras poesías” como en La sangre devota que pueden ser vistos como un panteísmo sexual y como la reencarnación extrema del fetichismo tétrico que tiene en Edgar Allan Poe y en Baudelaire su expresión original. López Velarde es un poeta romántico por su tenebrismo y su concepción del amor fallido, pero no lo es porque en lugar de liberar el lenguaje lo comprime de un modo radical bajo la lujuria verbal de Lugones, la forma de la complicación barroca y el uso de la rima vanguardista aún hoy. En segundo lugar, Zozobra y El son del corazón nos revelan una plenitud erótica e intelectual que un autor bajo el efecto de la “represión” no tendría. El poeta de Jerez conoce perfectamente sus contradicciones y las usa para autoironizarse y escribir. Él, con rebeldía, superó el imperio de la madre y el padre y especuló, con una libertad inusual, sobre la mujer a través de una alabanza voluptuosa y temeraria, tan teológica como escatológica. Por ello, abordó el carácter femenino de la patria mexicana y vio en el arte de la suavidad, en oposición a las formas violentas de la autoridad (familiar, académica o revolucionaria), una solución para el presente y el futuro. Si hay “inconsciente” en él, lo hay porque reconoció la sed de sus “cinco sentidos vehementes” y porque escribió “en la pizarra del colegio anciano” las “ecuaciones psicológicas” que revelan su drama interior.

Si volteamos al revés la fórmula de Canfield, si comprendemos que la rebeldía de López Velarde superó a la madre y al padre para entregarse a su propio destino y libertad, podemos entender mejor la singularidad de su poesía y podemos vislumbrar que la tierra original, la infancia y el pasado —en su irremediable carácter inmutable— pueden ser también una forma de beneficiar el instante presente y oír lo que aún no oímos ni tocamos. Eliot se acercó al mismo problema: “El tiempo presente y el tiempo pasado/ Están quizá ambos presentes en el tiempo futuro”.