El amor tiene su canción

Opinión 
Luz estéril es la historia de un amor que jamás será creación, como la mayoría de los amores.
Luz estéril es la historia de un amor que jamás será creación, como la mayoría de los amores. (Especial)

Ciudad de México

Cuando Iván Ríos Gascón me obsequió su libro Broadway Express tuve miedo. Después de haber leído algunos de sus artículos y haberlo visto destrozar varias novelas (merecidamente, dicha sea la verdad), temí que fuera uno de esos críticos literarios que, por no haber escrito un gran libro, se ensañan en acabar con los de los demás.

Nada más lejos que eso. A lo largo de los cinco relatos que componen ese título, y cuyos personajes se repiten de forma aleatoria —creando una especie de novela deconstruida o en proceso de construcción—, acabé rindiéndome a su pluma. Con una prosa elegante, despiadada y sensual a la vez, fue capaz de recrear —con extrema precisión— el más fatuo y altisonante universo neoyorkino, así como los dramas internos de sus pobladores.

Mis relatos favoritos: el primero, la historia de un hombre que preso por su descontento emocional se deja llevar por la ilusión de la física cuántica, y el último, el drama de un intelectual de éxito que después de ser humillado por un enamoramiento maldito acaba haciendo uso del poder de la decretación —o de la negación— en un cierre de cuento —y de libro— tan sorpresivo como magistral.

No en balde Broadway Express es considerado por Nicolás Alvarado como una de las mejores novelas publicadas en México en los últimos cuarenta años. Sin embargo, estoy segura que este juicio se debe a que aún no ha leído Luz estéril. Publicado anteriormente, este iluminado libro pertenece a esa categoría que, por razones ajenas a su calidad, no obtiene la atención merecida en sus primeros pasos pero que, con el tiempo, fue incrementando su fuerza y acabará por convertirse en el clásico exponente de una era, los años noventa, y de una ciudad, la nuestra. Ediciones B lo reeditó y no era para menos: es una historia poderosa, un frenético recorrido por una época de excesos y vacíos, cuyos representantes son una generación de veinteañeros que, a pesar de su juventud, viven un ocaso implícito. Un texto que, conforme avanza, crece y crece, en intensidad y tensión así como en pericia literaria, y termina por rebasar toda expectativa. 

Más allá de adentrarnos en la vida de su popurrí de personajes, cada uno armando su soundtrack —en la época donde la música definía quién eras— Luz estéril es, sobre todo, un himno al amor. El amor en su modalidad más pura, la de la imposibilidad. Porque ¿no es acaso el amor un juego de incomprensiones, en donde entre más uno desea acercarse al objeto de su pasión, más el otro se retrae y más el primero se enamora?, como si la condición necesaria para que ese sentimiento florezca fuera la dificultad, alcanzando incluso su máxima sublimación en la imposibilidad. Y ningún amor es más imposible que el incestuoso, el que aflige y al mismo tiempo regocija a Gabriel, el protagonista de esta novela. Un introvertido y melómano junior, letrado y reventado, que eleva su necesidad de sufrimiento al grado superlativo: ama, con pasión y sin retorno, a su propia hermana, Alejandra, la heroína etérea y eterna, con quien sostiene una relación, todo menos platónica, pero sin duda extremamente romántica: “Entonces Gabriel giró sobre su eje y abrazó a Alejandra, ‘Ejem… mmm, pienso que somos luz estéril’… Alejandra quiso llorar al advertir el estado de Gabriel. Ebrio y drogado, era tan vulnerable que por primera vez mostraba la genuina dimensión de su melancolía y su soledad. El tamaño real de su amor por ella”.

Un periplo, el de la adicción de Gabriel a las sustancias prohibidas —incluyendo a su pariente— contado con creativas imágenes y con un admirable conocimiento de la psique, que lleva no solo a entender lo incomprensible sino a justificar el amor perverso, maldito, que se profesan el par de protagonistas: “Cuando se ama a una mujer, la más exigua lejanía se abre bajo tus pies como el suelo al resquebrajarse por un terremoto. La nostalgia es el padecimiento recurrente, la obsesión te persigue como una telaraña sobre el nimio plafón de tus recuerdos, de tus voraces paranoias”.

Un abanico de jóvenes con dramas propios, cuyos rasgos comunes son la soledad y la incomprensión, rodean a la que no puede ser pareja a pesar de la entrega mutua, a pesar del dolor que la envuelve y ata y que se cuela en el lector, recordándole sus propias heridas amorosas. Ni las abundantes referencias literarias, musicales, pictóricas y cinematográficas, merman la consistencia y verosimilitud de estos seres, ni el placer de sufrir con ellos al verlos debatirse en sus trampas autoimpuestas que siempre suenan, eso sí, al ritmo de sus canciones favoritas: “ ‘There is a light that never goes out’ terminó, siguió ‘Some girls are bigger than others’ y nosotros, desnudos en la alberca, quedamos abrazados hasta que dejó de sonar el disco. El sol de Acapulco fue la única luz entre nosotros”.

Luz estéril es la historia de un amor que jamás será creación, como la mayoría de los amores. Solo queda esperar la llegada del siguiente, así como la próxima entrega de este apasionante autor.