Luis Barragán en estado metaestable

Desmetáfora
El anillo confeccionado con las cenizas de Luis Barragán
El anillo confeccionado con las cenizas de Luis Barragán (Jill Magid)

Una mañana de septiembre Magid llegó al cementerio de Guadalajara acompañada de notarios, burócratas y excavadores de tumbas. Ese día la rotonda que hace distinción a los hijos ilustres de Jalisco, a un costado de la catedral, fue profanada por una obsesión artística.

El propósito de la visita concluyó cuando los peones, después de romper concreto y desempolvar el nicho, llegaron hasta la urna funeraria que guardaba las cenizas del arquitecto mexicano Luis Barragán. Con el cuidado pertinente se la entregaron a la  controvertida  artista,  quien se encargó de extraer medio kilo de reliquia en polvo para colocarla en una bolsa de plástico. Al día siguiente, Jill Magid volaba a Nueva York llevando las pavesas  en su equipaje de mano.

Poco tiempo después los vestigios funerarios regresaron de Suiza convertidos en diamante. Las manos de la artista profanadora de tumbas temblaron de emoción al recibir el paquete que contenía la metamorfosis mineral.

Dicen que las jacarandas estaban en flor cuando la norteamericana regresó a Guadalajara. En esa época la ciudad tiene luz violeta y el aire de lilas se confunde con una alfombra del color de las malvas. Magid vino de nuevo, en esta ocasión para mostrar la piedra cristalizada a los familiares de Luis Barragán. Entonces la joya brilló en la mesa que se había preparado en el jardín. Los rayos de sol que Barragán supo administrar en la construcción de esa casa se reflejaban ahora en los planos que se forman cuando los átomos de carbono están dispuestos en una red cristalina. Otra manera de dispersar la misma luz.

Hay dos tipos de diamantes: los naturales, que se han formado en procesos geológicos a lo largo de miles de millones de años en las entrañas de la Tierra, y los sintéticos, que en los medios académicos conocemos como diamantes CVD de las siglas en inglés Deposición de Vapor Químico (Chemical Vapor Deposition) o bien HPHT de las siglas en inglés para Altas Presiones Altas Temperaturas (High Presssure High Temperature)—. Estas son las dos técnicas más comunes para la producción de diamantes en laboratorio. La formación de diamante por deposición química es más usada para la fabricación de películas mientras que la aplicación de altas presiones y temperaturas no solo genera diamantes con volumen,  es también usada para depurar los diamantes naturales. Estos son más blancos cuando han pasado por el proceso que los libera de impurezas.

Los diamantes naturales llegan a ser lo que son cuando las condiciones de presión y temperatura son las adecuadas en un medio con abundancia de carbono a miles de metros por debajo del nivel del suelo. Más aún: es necesaria la cooperación del tiempo. Sin su participación, el crecimiento pausado del cristal no sería posible. Los diamantes son un arreglo geométrico peculiar en que los átomos de carbono se acomodan formando lo que, para los cristalógrafos, es una variante del arreglo cúbico centrado en las caras. En los diamantes cada átomo de carbono ocupa el centro de un tetraedro.  

Para la formación de los diamantes naturales lo más importante es que el tiempo se prodigue sin reservas; así la naturaleza llega a producir la estructura con la más alta dureza de todos los materiales que conocemos. Para que las profundidades de la Tierra construyan un diamante es necesario contar con por lo menos mil millones de años. En cambio, los diamantes artificiales prescinden de esta larga espera. Se los forma en el laboratorio en el curso de pocos meses y con procedimientos que permiten incluso darles la coloración deseada. Los diamantes sintéticos están hechos del mismo material que los diamantes naturales, es decir, son también carbono puro cristalizado de la misma manera. Una vez crecidos se los puede cortar en gemas para empotrar en una sortija como se hace con las joyas naturales extraídas de las minas.

Para distinguir diamantes naturales de artificiales se requiere el uso de técnicas especiales y dispositivos de espectroscopía avanzada. Los diamantes artificiales pueden ser tanto o más duros como de mayor pureza química que los naturales. De hecho, son más usados en aplicaciones tecnológicas. A los diamantes sintéticos no les falta nada, aunque carecen del romanticismo que viene con el trabajo geológico paciente. A pesar de que ambas versiones de la joya más famosa son indistinguibles para el hombre de la calle, un experto advierte la diferencia. Los errores que comete la naturaleza al fabricar diamantes no son los mismos que comete el fabricante. Los conocedores distinguen a unos de otros por las fallas en el proceso de elaboración.

Es curioso que el valor que un diamante adquiere tenga que ver con las equivocaciones de la naturaleza y no con el grado de perfección de un proceder sosegado en la morosidad de los milenios. Estos desaciertos son mejor cotizados que los entuertos cometidos por el productor de diamantes.

Las imperfecciones pueden reducirse mucho y un diamante natural puede acabar con más defectos en cantidad pero es la historia geológica la que acabará convenciendo al comprador. En el ámbito del mercado de joyas es la historia la que confiere valor.

¿Quizá de la misma forma, el diamante que se construye con las cenizas de un hombre adquiere su biografía y esa sutil peripecia le acabará dando un valor inusitado?  

Con temperaturas de miles de grados y presiones del orden de las 60 mil atmósferas, el grafito se convierte en diamante. Para los físicos el diamante es un arreglo metaestable de átomos. Esto significa que la geometría alcanzada no es la que minimiza la energía del sistema. La forma estable del diamante es el grafito pero la transición de diamante a grafito es extremadamente lenta. Si aumentamos la temperatura, la velocidad de la transformación se incrementa. Eventualmente, el diamante regresará a su estado estable y acabará como el carbono de los lapiceros.

Con todo y todo, un diamante es ahora la concreción del agua y la luz con que se pensó siempre a la arquitectura de Luis Barragán.

Convertir unas cenizas en diamante es reconstrucción atómica y es también arquitectura. La reconstrucción del carbono como la de un edificio es, además, colaborar con el tiempo, es la prolongación de plazos, la extensión de una vigencia y la búsqueda de la perpetuidad. En esta maniobra deliberada de la asociación intencional entre el artífice y la materia hay más que la profanación de una tumba. Entre estos, el objetivo común es el de llegar más lejos, alcanzar un futuro más distante.

Y si los cristales son bellos, nada mejor que un diamante para prolongar el tiempo.

Barragán le diseñó un estudio de cine al conocido director Francis Ford Coppola. El estudio nunca fue construido y luego la relación contractual cobró grandes proporciones cuando el heredero del arquitecto demandó a Coppola por el retraso en los pagos del trabajo.

Poco se ha dicho de la relación que el popular director de cine tuvo con Luis Barragán pero  Coppola también vivió obsesionado con el espacio y la luz. Por razón de su oficio, se interesó en el transcurso de los acontecimientos. Miró con singular detalle el tránsito de las imágenes y supo administrar el tiempo en sus obras fílmicas. Sin embargo, seguramente no pensaba en el poeta del espacio cuando dijo lo que ahora es más atinado que nunca para el mejor de nuestros arquitectos: “el tiempo es el cristal a través del cual se capturan los sueños”.