En lugar de biografía

"Pero no escribo la historia seca, desnuda, del hecho, del acontecimiento; escribo la historia de los sentimientos. La historia de lo que se deja pasar".

Durante mucho tiempo busqué el género que respondiera a la forma en que veo el mundo. Cómo está construida mi visión, lo que escucho... Me probaba a mí misma....

Escogí el género de las voces humanas... Examino mis libros y escucho en las calles. Detrás de la ventana. En ellos las personas reales dan cuenta de los acontecimientos principales de nuestro tiempo: la guerra, el desmoronamiento del imperio socialista, Chernobyl, todo lo que constituye la historia del país, la historia general. Lo antiguo y lo novísimo. Y en cada caso, la historia del propio y pequeño destino humano.

Hoy, cuando el mundo y la persona han alcanzado tantas variantes y semblantes (el arte cada vez más reconoce su propia debilidad), y lo documental en el arte se ha convertido en algo cada vez más interesante, es imposible ya presentar sin este factor el cuadro completo de nuestro mundo. Él nos acerca a la realidad, nos afianza e impregna los originales del pasado y de lo que sucede en la actualidad. Tras más de veinte años de trabajo con material documental, habiendo escrito cinco libros, me persuado todo el tiempo y me repito que son muchas las cosas que ni siquiera sospechamos, ni adivinamos, y que todo lo no conocido desaparece sin dejar huella.

Pero no escribo la historia seca, desnuda, del hecho, del acontecimiento; escribo la historia de los sentimientos. La historia de lo que se deja pasar. ¿Qué pensaba la persona, qué comprendía y recordaba durante el acontecimiento? ¿En qué creía o no creía, qué ilusiones tenía, qué esperanzas, qué miedos? Qué había comprendido de él mismo y del mundo... Todo lo que es imposible de imaginar, de inventar, en tal cantidad de minucias y detalles auténticos. Con rapidez olvidamos lo que fuimos hace diez, veinte, o cincuenta años. Y a veces nos avergonzamos, o no creemos que así o asá fuimos alguna vez. El arte puede inventar, pero el documento no engaña... Aunque el documento también sea la voluntad de alguien, la pasión de alguien. Pero colmo el mundo de mis libros de mil voces, destinos, mil trozos de nuestra vida cotidiana y nuestra existencia. Escribo cada uno de mis libros de cuatro a siete años, me encuentro y hablo, hago anotaciones de 500 a 700 personas. Mi crónica abarca decenas de generaciones. Comienza con relatos de personas que recordaban revoluciones, que pasaron guerras, los campamentos de Stalin, hasta llegar a nuestros días: casi 100 años. La historia del alma, del alma rusa. O, exactamente, del alma ruso-soviética. La historia de la gran y terrible utopía del comunismo, idea que no ha muerto del todo no solo en Rusia sino también en todo el mundo. Todavía intentará atraer las mentes humanas. Y yo quería dejar los relatos de sus propios testigos y participantes. Mi crónica continúa. Voy por el tiempo con mis héroes.


El primer libro: La guerra no tiene rostro femenino

En los frentes de la Gran Guerra Patria en el ejército soviético combatieron más de un millón de mujeres. La mayoría de ellas tomó parte en la resistencia guerrillera y clandestina. Tenían de 15 a 30 años de edad. Dominaban todas las especialidades militares: aviadoras, tanquistas, francotiradoras, manejaban ametralladoras y armas automáticas... Las mujeres no solo salvaban, como lo habían hecho antes trabajando como hermanas de la caridad y como médicos, sino que también mataban.

En el libro las mujeres cuentan la guerra, lo que los hombres no nos habían contado. De tal guerra no sabíamos. Los hombres hablaban de las hazañas, del movimiento de los frentes y los jefes militares, y las mujeres hablaban de otra cosa: de lo terrible que era matar la primera vez… o ir después del combate por donde yacían los muertos. Yacían desparramados, como papas. Todos eran jóvenes, una pena por todos, ya fueran alemanes o soldados rusos.

Después de la guerra las mujeres tuvieron todavía una guerra más. Escondieron sus libretitas militares, sus  informes sobre las heridas, porque era necesario de nuevo aprender a sonreír, llevar tacones altos y casarse. Y los hombres olvidaron a sus amigas de combate, las traicionaron. Les robaron la Victoria. No la compartieron.


El segundo libro: Los últimos testigos (100 relatos no infantiles)

Los recuerdos de la guerra de aquellos que en la guerra tenían de 7 a 12 años. Sobre la guerra hablan los niños. No los políticos, no los soldados, ni los historiadores. Sino los testigos más imparciales. La guerra vista por los ojos infantiles es aún más terrible...


El tercer libro: Los muchachos de zinc

El libro sobre la guerra, que fue desconocida y escondida al propio pueblo, la guerra del ejército soviético en Afganistán. La gente la adivinaba solamente por los ataúdes de zinc que llegaban del país desconocido.

Esta ya era otra guerra y la gente en ella era otra. Después veremos gente así en nuevas guerras: en Yugoslavia, Chechenia, en Karabaj...

Me preguntan a menudo: ¿por qué tantos libros sobre la guerra? ¿Usted es mujer, y sobre la guerra escriben habitualmente los hombres? Porque no tuvimos otra historia, toda nuestra historia es militar. O combatíamos o nos preparábamos para la guerra. De otro modo no vivimos nunca. Ni siquiera sospechábamos lo militares que éramos. Nuestros héroes, nuestros ideales, nuestras ideas sobre la vida eran militares. Es por eso que fluye tan fácilmente la sangre en la tierra del antiguo imperio.


El cuarto libro: Voces de Chernobyl (Crónica del futuro)

Después de Chernobyl vivimos en otro mundo. Pero coincidieron dos catástrofes: una espacial representada en Chernobyl, y otra social cuando se sumergió el enorme continente socialista. Y este segundo naufragio eclipsó la primera catástrofe porque nos es más próximo y entendible. Lo que sucedió en Chernobyl fue la primera vez que ocurrió en la tierra, y somos las primeras personas que sobrevivimos a ello. Convivimos con eso, en nosotros algo sucede: cambios en la composición sanguínea, en el código genético, desaparece el paisaje conocido... Pero para la interpretación son necesarias otras experiencias humanas y otro instrumento interior, que todavía no tenemos. Nuestra vista, nuestro olfato no ve y no oye al nuevo enemigo, el enemigo, diría yo, del futuro: la radiación; incluso nuestras palabras y sentimientos no están adaptados a lo que ha pasado, y toda la experiencia de sufrimientos, que es nuestra historia, no ayuda aquí. La medida del horror es para nosotros una: la guerra. Más allá la conciencia no se mueve. Se congela.

Es difícil defenderse de lo que no sabemos. De lo que la humanidad no sabe. Alguna vez estos años, nuestros años, los años de Chernobyl, serán mitológicos. Las nuevas generaciones, una tras otra, voltearán hacia atrás, hacia nosotros y se preguntarán: ¿cómo sucedió todo eso, qué gente vivió entonces, qué sentía, qué pensaba sobre lo que le sucedió, qué contó y qué recordó?

Este libro no es sobre Chernobyl, es sobre el mundo después de Chernobyl. Los testigos cuentan su historia... Alcanzaron a contarla... Muchos de ellos han muerto ya... Pero nos han mandado una señal.


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El quinto libro: El fin del hombre rojo o el tiempo del desencanto

Sobre cómo la gente mataba y cómo la mataban, cómo construía y creía en una Gran Utopía, cómo la vida humana entre nosotros fue siempre igualada a algo: una idea, el Estado, el futuro. Vivíamos en las trincheras, en las barricadas, en las construcciones del socialismo. “¿Pero, –me preguntaba– todo esto es una verdad terrible, aunque no toda la verdad sobre el ser humano?” Así nació la idea del libro que en principio de llamaría El ciervo maravilloso de la caza eterna (cien relatos de amor ruso). Un libro sobre cómo el ciudadano ruso quiere ser feliz, sus sueños, pero no lo logra... ¿Por qué? ¿Y cómo se imagina la casa? ¿La felicidad? ¿El amor? ¿Y, al fin y al cabo, en qué radica para él el sentido de la vida? ¿Quiénes somos?

La gente cambia. Nuestro mundo cambia. La crónica continúa.

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Traducción del ruso de Jorge Bustamante García.