Los ojos de PJ Harvey

Los paisajes invisibles
La cantautora inglesa PJ Harvey
La cantautora inglesa PJ Harvey

La distancia se hace más corta entre lo que se encuentra y lo que se (d)escribe. La distancia desaparece en la contemplación del hormiguero existencial que abarrota otros espacios, es como hurgar en el espejo de la extrañeza solo para reconocer la analogía en la diferencia. A pesar de las fronteras, muy a su pesar, el mundo es uno solo, la desdicha, la fealdad, el caos, la penuria tienen un ímpetu salvaje, ningún sitio es mejor ni peor, el otro eres tú mismo.

La insólita PJ Harvey escribe: “La gente pasa delante de la mano./ Hay sonidos de bocina y música./ La gente pasa delante de la mano que pide”. Halló esa imagen en Afganistán. “Tres niños con capuchas cruzan los brazos/ y se apartan de la mano,/ la mano que pide bajo la lluvia”. Antes miró secuencias paralelas en Kosovo. Sucederá lo mismo en Washington D.C. “Una mujer de azul no mirará/ la mano que pide,/ que se estira bajo la lluvia”. Las calles que recorre PJ Harvey parecen senderos simultáneos, acaso la demarcación de cada trazo pueda distinguirse en la tierra baldía o en el asfalto enmugrecido. También, quizá, sean las máculas de la piel o los andrajos. “La gente va y viene, mirando sus teléfonos./ Nadie toma la mano/ que se estira, que brilla bajo la lluvia”. O tal vez sea el talante de la frialdad, la indiferencia, o el andar de los enfermos lo que marca la línea imperceptible de la lengua. “En el hueco de la mano/ hay un cuadrado doblado/ de papel,// pero nadie mirará dos veces el papel blanco/ que reluce en la mano que pide,/ que se estira y brilla bajo la lluvia”.

El hueco de la mano. Silo fúnebre de una extremidad privada del don del tacto pues ya solo implora la limosna. El hueco y la metáfora del depósito universal de una absurda, inútil supervivencia, porque los poemas de PJ Harvey, emplazados en una secuencia epigramática en torno del fracaso planetario, persuaden a meditar y responder aquella pregunta fundamental de si la vida vale la pena de ser vivida en esos guetos, esas aldeas o ciudades polvorientas en las que la civilización confirma su irónica proclividad por la decadencia.

Desde su debut en 1992 con el álbum Dry, la pequeña y delgada PJ Harvey reveló que sus ojos poseen el atributo de congelar instantes y escenarios, y vertió esos fotogramas en canciones como “Dress” o “Happy and Bleeding”. Y luego vendrían los discos Rid of Me y el celebérrimo To Bring You my Love (¿quién puede olvidar el track “Down By the Water”?), que en 1995 confirmó lo que la crítica y el público habían prefigurado tres años atrás: la mirada de PJ Harvey extrae la esencia de las cosas y solo las revela, las exhibe, ahí no hay sentencias ni expiaciones y quizá es por eso que su primer poemario, El hueco de la mano (en español por Sexto piso), en mancuerna con el fotógrafo Seamus Murphy, es un libro honesto y sobrio, ahí no hay martirologios ni lamentos a pesar de los atribulados personajes que habitan cada línea: niños de piel escarapelada, mutilados, manadas de perros color de arena, indigentes haciendo fila para recibir mendrugos, convoyes militares, ganado famélico, suciedad, centros psiquiátricos, estaciones de tren con hedor a orines y abandono, mucho abandono: “Creí ver a una joven/ entre dos murallas agujereadas de viruela.// La busqué en la casa blanca/ que desmigaba barro del techo que se derrumbaba.// En un clavo de la cocina/ un delantal deshilachado// […] Busqué a la joven en el piso de arriba. Encontré/ un cepillo, flores secas, un ovillo de lana roja// desenredándose. Un ciruelo había crecido/ a través de la ventana/ en la repisa de la ventana una fotografía// en blanco y negro, pero le falta la boca,/ deteriorada y descascarada, hecha una nada blanca”.

La poesía de PJ Harvey no es como la de Leonard Cohen ni como la de Patti Smith. Me gusta más pensarla como una Road Movie, sí, con esas señas: de nada sirve escapar, es inútil desplazarse, el mundo es todo igual, es uno solo.