Los maestros de un maestro

Toscanadas
Para no confundir frases de alcoba con literatura, un escritor debe recordar en todo momento a sus mentores literarios.
Para no confundir frases de alcoba con literatura, un escritor debe recordar en todo momento a sus mentores literarios. (Especial)

México

Digamos que un magistral escritor se reconoce discípulo de William Faulkner y pretende escribir una escena erótica entre dos mujeres. Lo mejor que podría hacer es releer en ¡Absalón, Absalón! la escena en que se tocan Rosa y Clytie.

"Entonces me tocó y me detuve en seco. Quizá no fue mi cuerpo el que se detuvo... No lo sé. Pero estoy cierta de que todo mi ser se precipitó con ciego impulso contra algo monstruoso e inmóvil al sentir sobre mis carnes de mujer blanca aquella serena mano oscura. Porque hay algo en el contacto de una carne con otra que corta el pudor con tajo hondo y certero. Los enemigos lo saben tan bien como los enamorados, pues eso les convierte en lo que son; ese contacto de la verdadera ciudadela del Yo, de su íntimo reducto: con el del alma, el espíritu: esa mente ebria y lúbrica está a merced de quien quiera adueñarse de ella en cualquier corredor oscuro de esta casa terrenal. Pero dejen que la carne toque la carne y verán caer los frágiles prejuicios de la casta y el color... aún no se había convertido en ofensa, pronto sería terror... Permanecimos inmóviles: yo en actitud de correr; ella, rígida en su furiosa resolución; ligadas ambas por un brazo y una mano que nos retenía a manera de cordón umbilical".

Si uno se olvida de su maestro, podría escribir cosas como: "Sorprendida, avergonzada, preguntándose de nuevo si estaba despierta o soñando, Marisa tomó por fin conciencia de lo que su cuerpo ya sabía: estaba excitada... y, seguro, si deslizaba una de sus manos por la entrepierna la encontraría mojadita... ¿Excitarte con una mujer? ¿De cuándo acá, Marisita?... Que ella recordara, con una mujer, ¡jamás de los jamases!".

O bien, puede tenerse a Gustave Flaubert como maestro; así sea un estilista de más blando corazón que Faulkner, y echar un ojo a lo que nos cuenta sobre la felicidad matrimonial de Charles Bovary: "Él estaba feliz y sin preocupación alguna. Una comida los dos solos, un paseo por la tarde por la carretera principal, acariciarle su pelo, contemplar su sombrero de paja, colgado en la falleba de una ventana, y muchas otras cosas más en las que Charles jamás había sospechado encontrar placer alguno, constituían ahora su felicidad ininterrumpida. En cama por la mañana, juntos sobre la almohada, él veía pasar la luz del sol por entre el vello de sus mejillas rubias medio tapadas por las orejeras subidas de su gorro... Él se levantaba, ella se asomaba a la ventana para verle salir; y se apoyaba de codos en el antepecho entre dos macetas de geranios, vestida con un salto de cama que le venía muy holgado".

Si no aprendemos de esas sutilezas universales, podríamos escribir: "Tres años —rememoró Quique, conmovido—. Todo lo que ha pasado desde entonces, ¿no, amor? De todas las cosas que nos han ocurrido ¿sabes cuál es la única que me importa? Que, desde entonces, te quiero más que antes. Ahora sí, nuestro matrimonio se ha vuelto irrompible. Gracias a todo eso que pasamos, ahora vivo enloquecido de amor por la maravillosa mujercita con la que tuve la suerte de casarme".

Las tramas son para los lectorzuelos. El arte se construye con prosa. Para no confundir frases de alcoba con literatura, un escritor debe recordar en todo momento a sus mentores literarios. Debe estar siempre unido a ellos con cordón umbilical, porque darle más oído al mundo que a la literatura es quedarse sordo.