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Miércoles , 17.10.2018 / 05:25 Hoy

Los van a matar

Toscanadas

Cuando se recorren largas distancias en bicicleta, uno se topa con muchos actos de solidaridad
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Este tipo de ciclista no va vestido como tránsfuga del Tour de France, sino como un bicicletero desarrapado, hambriento, asoleado, cargando a cuestas todo lo que posee, que apenas es la comida del día, una carpa, mínimas herramientas y un saco de dormir. Esa aparente fragilidad y desamparo hace que la gente de buen corazón se comporte con nobleza.

En cierta ocasión, en un viaje Monterrey–Mochis, al cruzar el desierto de Coahuila, nos hallábamos sin agua y sin comida, pues el mapa del INEGI nos prometía pueblos donde no había nada. Llegamos a un portón en un paraje desolado. Era una estación de bombeo de mineral. A nuestra petición de agua nos respondieron con carne asada, quesadillas, guacamole, cerveza en abundancia y una cabaña para ducharnos y pernoctar.

Algo parecido nos había ocurrido en Icamole, donde un sacerdote que colgó los hábitos nos recibió en casa y preparó una opípara cena pródiga en vino mientras conversábamos sobre la restauración de obras de arte en El Vaticano.

En Chihuahua un campesino detuvo su camioneta llena de sandías para darnos una. “Se ven sedientos”, dijo. Nunca disfruté tanto una sandía.

Como viajero bicicletero puedo contar muchas anécdotas más de gestos generosos.

Pero esa misma impresión de fragilidad y desamparo convoca a ciertos patanes de vocación maligna. Y eso pasa en todo el mundo.

Cuchillo en mano tuvimos que enfrentar a nazis en los bosques de la Alemania Oriental y en Austria. Con violencia rescatamos las bicicletas que nos habían secuestrado unos indios y por las que pedían dinero a cambio. En un pueblucho de Coahuila, donde recién habían descuartizado a un tipo, nos rodearon alrededor de cincuenta hombres. “De aquí no salen”, dijeron. Y hube de hacer uso de toda mi diplomacia con el cacique local para que finalmente avisara a los demás: “Los señores ya se van”, mientras mi compañero de andanzas, un alemán que no habla español, captaba la gravedad del asunto.

Y ni se diga de esos automovilistas de cerebros bisoños que perciben en la diferencia de tonelaje el derecho de agredir.

Cuando fui a un club de ciclismo para preguntar por rutas para el viaje Monterrey–Mochis, no me dieron mapas ni información, sino apenas un vaticinio: “Los van a matar”. Quizá alguien dijo lo mismo a Krzysztof Chmielewski y Holger Hagenbusch.

Las cómplices autoridades de Chiapas se apresuraron a decir que fue un accidente. Semejante babosada no es incompetencia sino complicidad. Es la costumbre de mentir. En este país la procuración de justicia no opta por la verdad. ¿Cómo decir que un hombre decapitado murió por traumatismo craneoencefálico? ¿Cómo decirlo en un video con el tono de quien invita a una kermés? Además, cuando el ciclista alemán estaba en calidad de desaparecido, ya la Lic. María Susana Palacios García, responsable de la Fiscalía General del Estado, había ordenado encontrar su cadáver.

Luego de que se volvió insostenible la chupaleta del accidente, las autoridades pasaron a decir que los mataron para robarles. Otra vez hablando por hablar, dictaminando sin investigar. ¿Qué pueden robarle a unos menesterosos sobre ruedas? Solo su espíritu aventurero.

Los mataron porque un ciclista es vulnerable y porque las rutas de México están repletas de hijos de puta. Hace ochenta años Graham Greene les llamó lawless roads y escribió que el viaje a Palenque fue el peor de su vida, tal como lo fue para Chmielewski y Hagenbusch.

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