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Viernes , 14.12.2018 / 20:48 Hoy

Los libros, Nezahualcóyotl y la vida errante

Guillermo G. Espinosa

En esta conversación, la poeta uruguaya, que recibe hoy el Premio de Literatura y Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, habla de la lectura, de su poética, del exilio y la amistad
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Cuando era niña, Ida Vitale encontró que los libros tenían vida. Una pequeña pero significativa herencia familiar la llevó a ese hallazgo. “A mi abuelo no lo conocí. Es decir, mi abuelo fue como un mito para mí. Me daba cuenta de qué era lo que él había dejado. En casa había un altillo al que solo subía yo, encargada de llevar ahí lo que sobraba. Un día me encontré un libro, la Ilíada, en griego y latín. Ya ni tapa tenía. Era un libro gordo, deformado, como un libro que había padecido mucho. Yo le dije a mi abuela: ‘¿por qué este libro está suelto allá arriba y tan en mal estado?’ ‘Es que ese fue el que trajo tu abuelo en el barco cuando vino al Uruguay’, me contó ella”.

El abuelo fue un inmigrante italiano, abogado, afiliado a las aspiraciones independentistas de Giuseppe Garibaldi, en la segunda mitad del siglo XIX. Ida, como prefiere que la llamen, lo narra en una entrevista, en su casa, en Malvín, un barrio acomodado del este de Montevideo, a un costado de la playa del mismo nombre, notable porque tiene una isla enfrente. Desde el balcón del departamento de la escritora puede verse el Río de la Plata en una tarde de la primavera austral en la que conversa de poesía, de escritores, de su vida en México, Austin y su natal Montevideo, de libros y de las bibliotecas que suele perder la gente de vida errante.


Nació en 1923. Creció en una familia que la acercó al mundo intelectual de Montevideo en un tiempo de auge económico regional. Estudió en el Lycée Francais, en el punto más representativo del centro de la ciudad; sus vecinos son dos edificios de estilo neoclásico y neorrenacentista, la Biblioteca Nacional y la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, donde se formó la escritora, traductora del francés y el italiano y profesora de Literatura.

Ha publicado títulos inquietantes: Procura de lo imposible (1998), Reducción del infinito (2002), El ABC de Byobu (2005). Poesía reunida (2017) es el más reciente con el sello de Tusquets. En septiembre estaba aún corrigiendo pruebas de Shakespeare Palace, donde recoge “memorias muy parciales” del tiempo en que fue a México exiliada, alejándose de Uruguay en 1974. Fue al año siguiente de que los militares tomaran control del gobierno, algo que los uruguayos no experimentaban desde los tiempos de los presidentes Gabriel Terra (1931–1938) y Alfredo Baldomir (1938–1943). Desde entonces, Ida ha recibido los premios Octavio Paz, Alfonso Reyes, García Lorca, Reina Sofía, Max Jacob y Nacional de Uruguay. 

Ida Vitale ha recibido dos notificaciones de significativos reconocimientos a su obra en menos de dos meses: el de Literatura y Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Cervantes. “Siempre alguien lleva la voz cantante en jurados literarios. Sé que, cuando la gente está indecisa, hay alguien que es artífice de ver en lo lejano e intervenir cuando las fuerzas están medio divididas. No soy una experta en eso, porque he estado en pocos jurados. Es feo ser jurado, es horrible, porque de pronto a uno le gustan cosas distintas. Es una lotería. Tal vez influyó la edad”.

Los muros de su departamento están casi sin excepción cubiertos de libreros, donde aparecen lomos con los nombres de Pound, Onetti, Benedetti, Neruda, Lampedusa y su Gatopardo, Fernando Benítez y Los Indios de México.

—¿Por qué la poesía?

—En mi caso, nada, no sé si afectos. No era que en mi casa se hablara de poesía; había muchos libros. Era gente muy seria, todos al grano. Y sobre todo había libros de una tía.

Ida hace una pausa para tomar un té que ella misma preparó para pasar la tarde y vuelve sobre el tema.

—En Uruguay crecimos un poco a la sombra de Delmira Agustini, de Juana de Ibarbourou, que a mí nunca me gustó mucho, de María Eugenia Vaz Ferreira, que era la menos llamativa. Yo no leía poesía. Me interesaba Guerra y paz de Tolstoi. Leí a Gabriela Mistral, que tenía un poema no muy claro, de un tema muy sencillo, lleno de ambigüedades.

Para dar puntualidad al caso, en un ejercicio de memoria, la poeta recita, de improviso, fragmentos de Cima: “La hora de la tarde.../ una pierde angustiada.../ en este atardecer el solo pecho/ contra el cual estrechaba”.

—Yo decía: “el solo pecho...”. No lo veía desde único. “Una pierde angustiada...”. No entendía muy bien el poema y entonces me dio vueltas en la cabeza hasta que lo comprendí. Quizá me asombró eso de que hubiera algo que no se entendía, pero que un día sí podía comprenderse.

“A mí me gustaba leer. Guerra y paz la leí cuando tenía 12 años y me pareció fascinante, hasta que descubrí La montaña mágica, que leí seis veces. No era la poesía lo que más me interesaba, llegué después”.

De manera accidental, fue una conferencia académica sobre Nezahualcóyotl lo que marcó la despedida de Ida de Uruguay, un año después del golpe de Estado.

—El clima era tremendo. Los que nunca vivieron eso no se lo imaginan. No se hablaba con un vecino si uno no sabía exactamente quién era. Eso me lo comentaba ayer en el autobús una mujer muy simpática, relata Ida.

Días después de que su esposo Enrique Fierro (1941–2016) dictara una conferencia sobre el poeta y gobernante texcocano del siglo XV, Julio Zamora Bátiz, el embajador mexicano en Uruguay en 1974, confió a Fierro saber “que todo eso iba a evolucionar de muy mala manera” y lo invitó a radicar en México. “Nosotros no éramos tupamaros, ni nada de eso, pero la vida acá fue muy horrible, cambió mucho”.

La pareja inició su vida en México en un momento de explosión pluralista que desembocaría en la reforma política de 1977, clave en la transición que vendría en el siglo XXI. Ahí convivieron con escritores, pintores, periodistas y académicos, autores en La Cultura en México de Novedades, Diorama de la Cultura de Excélsior, Plural, Vuelta, unomásuno: Octavio Paz, Efraín Huerta, Huberto Batis, Álvaro Mutis, Ulalume González de León, Inés Arredondo, Fernando Benítez, Tomás Segovia, Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Hernández Campos, Homero Aridjis, José Luis Cuevas, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. A Elena Garro la tuvieron siempre en la mejor estima de la narrativa mexicana, aunque no la conocieron.

“Justo a mí me tocó ese momento de bisagra”, recuerda. Para alguien que había convivido en Uruguay con la poeta Sara Ibáñez y su esposo, el investigador y profesor de Literatura, Roberto Ibáñez, con los poetas españoles exiliados de la Guerra Civil, José Bergamín y Rafael Alberti, caminar entre la gente destacada de las letras parecía algo habitual.

El primer contacto de Ida con la literatura de Paz ocurrió en los años cuarenta, cuando Bergamín le regaló uno de sus libros, “que él traía y me imagino que él se lo habría dado” en México, por donde antes había pasado el literato español, al principio de su exilio. Años después, en un museo de la capital mexicana, un primo de Fierro que había trabajado a las órdenes del mexicano le presentó a Ida, quien todavía conserva algunos ejemplares firmados por el propio Paz en su biblioteca de Montevideo. “Sus regalos venían con dibujito: un pajarito en una rama, que era él”, comenta la escritora, sonriente y satisfecha de haber tenido una relación franca con el autor de Piedra de Sol.

“Era un apasionado de los románticos italianos”, afirma como penetrando en la intimidad intelectual del poeta. “En realidad, uno ponía la distancia con Octavio, porque era un señor en todo. Uno nunca lo iba a pescar en un falso, en un error. Y eso que Octavio todo el tiempo, cuando estaba hablando, te miraba y preguntaba: ¿Está de acuerdo? ¿Le parece? Una cosa de nunca imponerse. Porque la gente tiene un poco la sensación de que Octavio era así. No, nada de eso. Uno, si tenía la sensatez de vida, se ponía allá abajo. Pero no que lo pidiera él”.

A Ida no deja de sorprenderle la capacidad de México de haber recibido gente de América del Sur y de España y de abrirles un espacio en circunstancias políticas difíciles. Esa común condición de expatriados parece haber sido la causa de su amistad con Mutis y su esposa Carmen, española.

“Con Octavio era acercarse a la montaña. Con Álvaro, a quien tengo el mismo respeto y el mismo cariño, la relación era más de iguales. Tuvo una vida complicada, se fue de Colombia, volvía alguna vez, pero después ya no fue más. Era como nosotros, un exiliado”.

A Ida le han gustado siempre poetas como Lope, Quevedo y Sor Juana, pero también aquellos formalistas del siglo XX que escribieron sonetos: Alberti, Gerardo Diego, los Ibáñez.

La entrevista salta del tema de la formalidad literaria a las reglas del Derecho, que de inmediato la lleva a recordar sus años en la Facultad de Derecho. “Me gustaban mucho los códigos, me fascinaban”, dice mientras ríe, algo sorprendida de su situación. “Aprendí a leer con los códigos, porque exige la forma más abreviada y más exacta. Aprendí muy pronto que una coma puede ocasionar un pleito. El Derecho es un corsé, legítimo, porque tienen que existir las normas”.

—Llama la atención que le atraigan los códigos, pero usted se aleja de las reglas...

—¡Ah, mis reglas! —exclama con risueño cinismo—. Bueno, no hago sonetos, no porque no me gusten, me encantan, pero creo que la misma responsabilidad que uno tiene o que tuvo el que escribió el código la tiene el que escribe poesía, porque hay que ser fiel a una idea.

Ida se reinstaló en Montevideo recién a mediados de 2018. En las últimas semanas ha estado en los medios de comunicación y en eventos públicos donde ha dado lectura a su pequeña obra de prosa poética: El ABC de Byobu. Con su educada voz, una melodía, narra “Una historia”, que la gente aplaude agradecida, agraciada, bendita, en un auditorio de la Intendencia Municipal de Montevideo. “Hay una historia. No se sabe con precisión cuándo ha empezado. Quienes podrían estar relacionados con ella, en realidad ignoran que la historia no existe. No tiene un nombre que la identifique y no es claro si tiene un protagonista o dos. Puede ser la historia de A que B no acepta o al revés. También puede ocurrir que ninguno sepa que la historia existe y les concierne. Es harto probable que uno muera sin saber que él es el verdadero protagonista de la historia y que el otro ha usurpado su lugar”.

Desde una butaca, cualquier persona que haya escuchado a Ida aquella noche de octubre pudo tener la impresión de que ella, en realidad, es Byobu, ese personaje reflexivo, quizá melancólico, que ha venido a colmarnos de su lírica y su prosa, que “cada vez que me propuse ser otro, suspira, insistí en ser el mismo”.


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