Ciudad

Lo que contemplas.
Zócalo de la Ciudad de México
Zócalo de la Ciudad de México

Visito la Ciudad de México tras cuatro años de ausencia. No veo la ciudad que imaginaba, amedrentada por el signo de la violencia. Veo en cambio un Centro Histórico revitalizado, tomado por los jóvenes. Quizá responden los artistas callejeros al lenguaje de lo atroz desde la veta oscura de sus disfraces, no intimidados sino desafiantes, entre la destemplada tradición de los organilleros.

El Centro parece más seguro que nunca, calles de los ciudadanos. Lo gozo, pero me pregunto por el costo: esta transformación no se habrá dado sin desplazamientos. Y los desplazados, ¿dónde están? Si disfrutamos de espacios ciudadanos que parecen pertenecernos, ¿desde qué perspectiva definimos esa pertenencia? Las preguntas no son fáciles, ni es posible ignorar cuánto de ese renovado paisaje urbano está directamente relacionado con quien era hasta hace poco el hombre más rico del mundo, virtud que no puede ser sino obscena en este país.

Paso diez días en el ojo de la contradicción, en la Feria Internacional del Libro del Zócalo: una feria rebelde, enclavada en la plaza pública más importante del país, entre un Palacio Nacional donde no deja de cocinarse iniquidad, y la Catedral. Durante diez días no cesan las exigencias de justicia por Ayotzinapa y los otros miles de desaparecidos, asesinados, ni las denuncias de corrupción e impunidad. Cada foro es un espacio abierto de palabra libre, un llamado a recordar lo que nos une: solidaridad, dignidad y celebración en medio del desastre perpetuo, cada vez más cruento, evocado en la conmemoración de los 30 años del terremoto e invocado de nueva cuenta para enfrentar el horror de nuestros tiempos. Poetas, narradores, editores, filósofos, músicos desafían o escarnecen a un presidente que no sabe leer ni pensar, o al cardenal que encubre a pederastas. Funcionarios que hablan como ciudadanos suman su propia voz a la denuncia. Rebeldía jubilosa o furiosa, o con la voz más valiente que quebrada de la madre de cuatro jóvenes desaparecidos.

Más aun que denuncia, la feria es una invitación a recobrar el poder de la palabra como fuente de conocimiento y liberación. De cara a Palacio Nacional se le reclama al presidente iletrado: “¡Lee! ¡Escucha! ¡Despierta!”. Un filósofo termina su intervención nombrando las tres llaves que aún pueden abrir la puerta de esta prisión hecha de sangre derramada, cinismo y estupidez: “bondad, verdad y belleza”.

Si días así pueden suceder, y sembrar tanto, en el corazón de la patria herida, habrá sin duda motivos de optimismo.

Y entonces, días después, el cuerpo torturado colgando de un puente, siniestra instalación del oficio de la muerte; el cuerpo calcinado en un tambo de basura; mensajes de advertencia: el horror está aquí.

Luego en la carretera me pregunto sobre la sustancia, o la verdad, de la esperanza. Un espectacular pide justicia para otro hombre desaparecido. Paso por el motel Pistolas, dos armas cruzan su blasón. Más allá, quietos y majestuosos, los volcanes.