'Al dente'

Toscanadas.
'Al dente'.
'Al dente'.

Ciudad de México

Para bien o para mal, la literatura mantiene un aura que no poseen otras actividades artísticas. Así, no es raro encontrar intelectuales que lo mismo han visto las películas de Buñuel que las de Stallone; pero novelescamente se ocuparían solo de autores de prestigio sin jamás verse tentados a leer a los Rambos de la literatura. Los propios novelistas se reirían si ven a alguien leyendo los libruchos de Jazmín o Deseo o Barbara Cartland, pero suelen estar al tanto de los acontecimientos de las telenovelas o incluso son aficionados a ellas. Para los humanistas solo vale la alta poesía; pero existen incontables versillos cantados por José José que les llegan al corazón. Y ya hablando de música, en el sitio de su alma donde se halla Beethoven queda un hueco para los Bukis, pero ahí donde está Cervantes no cabe Paulo Coelho.

Lo mismo pasa con la crítica. Las revistas literarias suelen consagrarse a “cierta” literatura, mientras que las de cine se ocupan de cualquier simplonada. Aunque deben de existir los críticos serios, la mayoría son meros cinéfilos cuyo esplendor calificador lo alcanzan con frases como “muy divertida” o “gran actuación” o “estupendos efectos especiales”. Esto sería tanto como hacer crítica de una novela basándose en su correcta ortografía o adecuada tipografía o calidad del papel.

En el mundo de las cortesías, las letras también se cuecen aparte.

Hace poco me invitaron a casa de cierto conocido para cenar. Mientras comíamos un espagueti tan cocido que parecía masa cruda, el ama de casa se puso a decirme que no estaba de acuerdo con tal y cual cosa sobre mi novela, me informó que cierta expresión que emplee era misógina, no le parecía correcto que hubiese matado al personaje central y ella hubiera terminado la novela de otro modo. Las críticas cara a cara siempre me han incomodado porque la otra persona espera que dé una respuesta y a mí solo me interesa recibirla, tal como si la estuviese leyendo en una revista. Pero en este caso la cena era tan mala que me puse a pensar en las injusticias de la vida.

Yo no podía decirle: “Creo que usted puso a hervir el espagueti cuatro horas” o “Antes que un carbonara esto parece huevos revueltos con Maruchan”. Todos sabemos que por terrible que sea una cena, debemos decir que fue deliciosa y hasta aceptar una segunda ración si nos la ofrecen.

“La portada es horrorosa”, me dijo una vez un periodista y yo nada le comenté sobre su abyecta corbata. “Todo está muy revuelto”, dijo un amigo sobre otra de mis novelas mientras pontificaba desde el sillón verde chillante de su casa desordenada y revuelta. “Me gusta más cómo escribe Volpi”, me dijo una muchacha y luego me presentó a su novio de rostro incompetente. Y como muchos lectores no saben distinguir entre texto y escritor, terminan haciendo las críticas sobre mi persona.

Y sin embargo no me lamento. Todo lo contrario. Me alegra que la literatura no sea un espacio para las cortesías sino para la crítica. Me alegra que nadie tenga por qué comerse una novela que no esté al dente.