La ciudad contra ella misma

Teatro 
La obra dirigida por Hugo Arrevillaga se presenta de miércoles a domingo en el Teatro de las Artes del Cenart.
La obra dirigida por Hugo Arrevillaga se presenta de miércoles a domingo en el Teatro de las Artes del Cenart. (Especial)

Ciudad de México

La muerte de personas jóvenes tiene un eco que no alcanza el silencio. A casi dos años sin respuesta clara sobre la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, los casos sin resolver, a los que cada día se agregan nuevos, levantan más energía, ímpetu y voces en busca de una brizna de consuelo.

Wajdi Mouawad encontró durante la visita que hizo a México, en noviembre de 2014, dos meses después de los lamentables hechos ocurridos en Tixtla de Guerrero, un país estremecido que lo impulsó a escribir Las lágrimas de Edipo, obra que dirige Hugo Arrevillaga. El dramaturgo franco–canadiense–libanés, autor de la tetralogía La sangre de las promesas, que incluye LitoralIncendiosBosques y Cielos, estrenadas también bajo la dirección de Arrevillaga Serrano, retoma la tragedia de los estudiantes mexicanos desaparecidos, a partir de la muerte de Julio César Mondragón, desollado a los 22 años de edad, y la de Edipo en Colono.

El héroe griego se encuentra ciego, al final de su vida, acompañado de su hija–hermana en un teatro abandonado, donde coinciden con un joven llamado Corifeo, que huye la noche del 26 de septiembre de 2014.

La obra dolorosamente poética de Mouawad, característica que define sus textos, y la depurada actuación que Arrevillaga genera en sus actores, unen la urgente necesidad de refugio, presente en autor, director, actores y espectadores, ante una guerra que, como dice el texto, libra la ciudad contra ella misma.  

En Las lágrimas de Edipo, por encima de la certeza de vivir “una vida invertida”, donde los pájaros vuelan hacia atrás, los hijos mueren antes que los padres, y caer o levantarse causa el mismo dolor, hay un llamado a retomar el valor de las palabras, la urgente necesidad de contar historias, de dar testimonio, de acudir a los felices abrazos y paisajes de infancia, por encima de la afonía que padecen los dioses.

Edipo se pregunta al interior de las ruinas del teatro donde se encuentra esperando la muerte cómo es que la rabia pudo cegarlo tantas veces, cómo es que el mundo cree ver y no cesa de sacarse los ojos, al tiempo en que advierte sobre el monstruo del odio que se asemeja a la esfinge devoradora en espera de la respuesta precisa. Males frente a los que contar la propia historia es parte del consuelo, en tanto se aprende a nombrar cada muerte y se busca “la paz perdida entre los pliegues de la noche”.

Arrevillaga, conocedor de la obra de Mouawad, es su traductor escénico en nuestros escenarios desde donde le ha abierto paso a una dramaturgia insoslayable, para la que ha encontrado un lenguaje sólido y terso. Por lo general, los actores se desenvuelven en distintos planos sobre tablones de madera, iluminados por una luz que puede emerger de los laterales o del suelo, para perfilar el movimiento, la voz, el cuerpo de unos actores que abren el corazón con sus propias manos, se trate de la obra que el director elija.

En Las lágrimas de Edipo, traducida y adaptada por Humberto Pérez Mortera, quien ha trabajado y pulido la obra del también autor de Pacamambo, tanto como el propio Arrevillaga Serrano, actúan Vicky Araico, Ulises Martínez y David Illescas, actores que conforman un elenco distinto a los que habían trabajado con este director y que aportan una nueva mirada, otra calidad de movimiento, sobre todo en el caso de la actriz, y un equilibrio entre el aplomo joven y una madurez abierta, un tanto inocente, que refresca la interpretación.

Nadie sale indemne del entramado conseguido por la mancuerna Mouawad–Arrevillaga, aunque algo parece diluirse cuando se ha alcanzado el mejor destilado. Quizá sea el momento de abrir un distinto camino, de hallar otra estructura escénica, otra estética que evite detenerse en la búsqueda incesante del ser humano por encontrar las respuestas que lo sosieguen y el equilibrio interno que lo contenga.