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Las almas bellas

Bichos y parientes

Nadie está exento de la tentación del Alma Bella
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“Nada más cumplir ocho años tuve un vómito de sangre y al instante fue mi alma todo sensibilidad y memoria... Sufría y amaba, y ésa era la auténtica figura de mi corazón”, escribió Aurelia en su treno muriente, la carta que le encarga a Willhelm Meister. ¿Qué hacer con eso? El problema es la genialidad de Goethe, que en vez de analizar nada, deja la carta así, como capítulo independiente y no incurre en juicios simplones, ni pone en boca del narrador ese conflicto imposible entre el Alma Bella y todo acto humano. Schopenhauer decía que el Willhelm Meister era una de las cinco grandes obras de la historia. Sea, pues. Pero su impacto y la secuela que ha dejado la cartita de marras siguen inficionando la moral del mundo: esas conciencias invulnerables, sufrientes, intactas ante todo acto. El Alma Bella “arde consumiéndose en sí misma y se evapora como una nube informe que se disuelve en el aire”, dice Hegel, un hombre malo, cuya malicia literaria transforma una vocación sublime —el “Alma Bella” es un tópico de los románticos, enamorados de la altura y generosidad de sus sufrimientos— en la fuente de la estupidez moral: al Alma Bella “no le resulta difícil mantenerse en la pureza, pues no actúa; es la hipocresía que quiere que se tomen todos los juicios por hecho efectivamente real y que demuestra la rectitud, no por medio de actos, sino mediante la proclamación de convicciones excelentes”.

Hegel evapora la bondad del alma que consiste en denunciar, a modo de un sufrimiento enaltecedor, el mal acto de los demás. Algo como: me gusta cuando actúas porque estás como objeto de la superior bondad de mi alma. Todo acto, de suyo, es complejo frente al análisis y la crítica, pero solo el alma bella carece de dudas acerca del bien (ella misma y su sublime juicio) y del mal (el acto ajeno). Nadie está exento de la tentación del Alma Bella. Por supuesto, tampoco quien escribe para criticarla. Pero hay actitudes nocivas. Las almas bellas de Goethe, Jacobi, Hegel, no quedaron aisladas en su época; evolucionaron y cundieron por la vida civil y las sociedades políticas. Cuando Albert Camus las descubre en los periódicos y corrillos intelectuales, conformando un nuevo fenómeno de la opinión pública, las contrasta con las almas de quienes no pueden ignorar que sus actos buenos también son el mal: los terroristas. Son “dos castas distintas. Una de ellas mata una vez y lo paga con su vida. La otra justifica millares de crímenes y consciente que le paguen con honores”. Y jamás me imaginé citar a Slavoj Žižek como autoridad, pero aquí va: “el mal absoluto es el punto de vista inocente que ve el mal en todos lados”.

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