Ladrar en la noche

Escolios
'Noche'
'Noche' (Especial)

Uno de estos fines de semana llegué a mi casa de madrugada en ese estado angélico de ataraxia que produce la plática con los buenos amigos, aderezada con muchos tragos. Cuando abrí la puerta, mi perra aprovechó un descuido y se lanzó a la calle para practicar el extenuante juego en el que ella corre sin rumbo y yo trato de alcanzarla. Esa noche no hubo competencia y la perra se perdió entre las calles mientras yo trotaba con torpeza. Recorrí el barrio llamándola a gritos y, casi desfalleciente, me fui a dormir pensando que por la mañana ella estaría echada en la puerta de la casa, entre satisfecha y contrita de su travesura. Aún era oscuro cuando desperté, deseando que la huida y ridícula persecución de la perra hubieran sido un mal sueño, pero no: el silencioso hogar bufaba por su ausencia. Fue el inicio de una jornada frenética: recorrí otra vez las calles, regresé a casa para hacer un cartel anunciando su desaparición y ofreciendo una recompensa; recluté a una pequeña turba de niños para buscarla y yo mismo me di a la tarea de recorrer milímetro a milímetro los confines del barrio. A medida que pasaban las horas la esperanza flaqueaba: la imaginaba atropellada o famélica o capturada por pervertidos sexuales o, como decía la burlona profanación callejera de unos de mis carteles, “vuelta barbacoa”.

Hay quienes se extrañan del apego a los animales y lo achacan a la soledad y anomía modernas. Sin embargo, los testimonios de amistad entre animales y humanos son inmemoriales, como compañeros de trabajo y aliados contra los peligros de la vida salvaje. La literatura clásica es pródiga en el amor a los animales: muchos epitafios griegos están dedicados a mascotas y una de las escenas climáticas de la Odisea ocurre cuando Ulises llora al reencontrarse con su perro después de 20 años. Lo cierto es que en la amistad entre distintas especies de animales los participantes recordamos nuestra naturaleza común, nos reconocemos lo mismo en los gestos de crueldad predatoria que en el placer del juego, deponemos o afinamos ciertos instintos, practicamos una comunicación más allá de las palabras y aprendemos una enigmática forma de tolerancia y respeto. Sin la amistad con los demás animales la humanidad estaría condenada a ladrar sola en la noche cósmica. En esas reflexiones distraía mi desolada incertidumbre cuando una vecina me llamó diciéndome que había encontrado a la perra y me dispuse a recibirla con una pequeña fiesta.