El odio tiene clase

Merde!
Las criadas
Las criadas

Truman Capote va de la mano de Mary Sánchez a recorrer los trabajos donde ella hace la limpieza, en el Nueva York de 1979. Una clase media que paga el servicio doméstico un día de la semana. Nada que ver con el año de 1945 en París, donde Jean Genet describe la aristocracia que paga a dos sirvientas base completa, derecho a cama y cuarto de servicio. Las criadas de Truman exudan los aires modernos a pago por hora. Las de Genet son reflejo de una época en que tener servicio es una cuestión de clase.

Los decorados de Capote en su relato “Un día de trabajo” son más bien austeros: neoyorkinos apiñados entre 50 y 100 metros de piso trabajan todo el día, comen mal, beben mucho, fracasan en sus vidas; o los complicados, “pomposos judíos”. Dice Mary al final de la jornada: “Ayuda a míster Track a dejar de beber y a no perder su trabajo… No dejes que miss Shaw sea un ratón de biblioteca y una solterona”. Apunta Capote: “su lista de nombres es más numerosa que las cuentas de un rosario”.

En cambio, David Antón realiza la escenografía de Las criadas con el lujo que Genet exige en su pieza dramática: “se trata simplemente del dormitorio de una dama un poco cocotte y un poco burguesa”. Antón es un lobo de los decorados, de esos tiempos en que montar una obra exigía rigor de ópera verista. El director Salvador Garcini quiso homenajear con la obra a quien ha vivido con un “corazón creativo”. Sin esa escenografía nada de lo sucedido en escena sería posible. Ni Genet.

No es que los actores estén bien o mal. No están a la altura de la pieza que sueña que inventa la escasa realidad con que abordamos a las sirvientas. Como si bastara con imitarlas hablando como chachas. O la señora: como si lanzar la mirada a la nada la hiciera aristócrata o noble. No están mal, podrían estar peor.

Como que leyeron un texto que no era de Genet, cuando escribe: “No necesito insistir en los momentos interpretados y los momentos sinceros: habrá que detectarlos y si es necesario inventarlos”. Pasaron de noche. Lo que vimos fueron actores en un set de Televisa o TV Azteca. Seguro ganan un premio teatral sin ojo de crítica.

Hace mucho que Salvador Garcini se sale por la tangente y metamorfosea el teatro como la telenovela que dirige ahora en horario estelar, Pasión y poder, en la cual las criadas parecen estúpidas que no se enteran de nada, cuando sabemos que esas trabajadoras conocen al dedillo la historia de sus patrones. Cualquier relato en los diarios es mejor que ese blindaje emocional de las masas vía el canal de las estrellas, inventor de chachas.

Queda la idea de pensar en el servicio doméstico y sus antagonistas, los que pueden pagar una labor de esa clase: en el caso de Genet buscan la venganza por odio e intentan asesinar a sus amos, pero resultan sus propias víctimas. O Mary Sánchez: ruega por ellos, los clasemedieros de Nueva York, con el metiche de Truman Capote.

También el odio tiene clase.