Desear la hoguera

A fuego lento
Nahui versus Atl de Alain Paul-Mallard.
Nahui versus Atl de Alain Paul-Mallard. (Especial)

Nahui versus Atl (Turner/ Conaculta, México, 2015) es ante todo la historia de una debacle: una debacle amorosa que llega con pasos cortos mientras el México de Vasconcelos y Obregón encumbra a sus nuevos ídolos y destruye a los viejos, y que lleva a sus protagonistas a concentrarse tanto en sí mismos que terminan siendo víctimas de sus propias exhalaciones mortíferas. Es, pues, la historia de una pasión incendiaria que, con vocación suicida, solo parece satisfecha cuando se precipita hacia su ruina.

Conocemos a Nahui Olin: la hija caprichosa del general Mondragón, la vanidosa aspirante a pianista, poeta y pintora, la mirada felina eternizada por la lente de Edward Weston. Conocemos también al Doctor Atl: el paisajista, el precursor del muralismo mexicano, el fauno prendado de las artes populares. Escenificaron —no hay otra palabra para sus desplantes— una de las relaciones más tempestuosas en el mundillo artístico de la década de 1920, cuando no había otra consigna que comerse el mundo de un bocado.

Algunos estudios han dado cuenta de sus amores difíciles. Pero la historia o la biografía no se interesan en los puntos ciegos, esas zonas ajenas a cualquier mirada a las que podemos acceder mediante la ficción. La empresa narrativa de Alain–Paul Mallard busca justamente iluminar esos puntos ciegos. ¿De qué se sirve? No de la recreación de un tiempo llamado a refundar la nación, no de la descripción de los ambientes donde la bohemia se exhibía a sus anchas (no obstante el desfile de celebridades encabezadas por Diego Rivera y Jean Charlot), no de la intromisión omnisciente en la conciencia y los corazones de los personajes, no de la profusión de detalles psicológicos sembrados con celo topográfico. El narrador responde a un solo mandamiento: hacer actuar y hablar a sus protagonistas, y acaso dibujar unos cuantos trazos que ayudan a marcar los escenarios donde hablan y actúan siempre con justa elegancia (“El filamento enceguecedor de un foco sin pantalla abre una esfera de luz en la negrura”). El resultado es una novela que se proyecta sobre la página igual que las imágenes se proyectan sobre la pantalla de un cine.

A la economía de recursos como virtud se añade la hondura con la cual Mallard dota de vida a sus protagonistas. No tenemos frente a nosotros a dos figuras de yeso descansando en una vitrina sino a dos existencias que arden en la hoguera del deseo insatisfecho. Se atraen y un momento después se repelen, juegan a la conquista y al escondite. Si el Doctor Atl encarna el libertinaje artístico y la suma de las experiencias a contracorriente, Nahui Olin toca las cuerdas de una sensibilidad extrema que se sostiene en equilibrio precario. Qué creíble es el Doctor Atl cuando renuncia a la carne y cuán indefensa y frágil se va volviendo Nahui Olin a medida que se precipita en el abismo de los celos. De hoy en adelante, significan ya no la pasión sin rienda sino la pasión según la inteligencia visual y auditiva de Alain–Paul Mallard.