Ese quimérico museo

La guarida del viento
Fernando de Szyszlo
Fernando de Szyszlo (Especial)

En sus memorias La vida sin dueño (Alfaguara), el artista peruano Fernando de Szyszlo se define a sí mismo en una frase de dos palabras: “Soy pintor”. A los 91 años, De Szyszlo ha escrito un libro de memorias que recorre su formación con el maestro Adolfo Winternitz, su amistad con Octavio Paz, que se inicia en París, y sus relaciones con Roberto Matta y Wilfredo Lam. Al inicio, recuerda la definición de Borges respecto a la memoria: “Ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Sus confesiones, reflexiones y relatos están escritos en frases cortas y directas, llenas de anécdotas y de humor, que dan la ilusión de una charla con un amigo cercano. Las historias son reveladoras. Cuando vive en París, en los años cuarenta, De Szyszlo realiza una serie de litografías en torno al poeta César Vallejo, que había muerto en 1938. Poco después, Georgette, la viuda francesa del poeta, le ofrece en agradecimiento un mechón de pelo de Vallejo que De Szyszlo guarda hasta hoy. En otro pasaje sobre su estancia parisina, De Szyszlo recuerda las reuniones en el departamento de Octavio Paz, que aún estaba casado con Elena Garro. Allí sonaba con frecuencia la guitarra de Rufino Tamayo, que se entendía a la perfección con la voz del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas. En otro pasaje se cuenta que la gran poeta Blanca Varela, por entonces esposa de De Szyszlo, acababa de terminar su primer poemario, que tenía el nombre de Puerto Supe. “No me parece un buen título”, le dijo Paz. “Pero ese puerto existe”, le dice Blanca. “Ese es el título”, le contesta Paz. Fue por eso que el primer libro de Varela se llamó Ese puerto existe.

En el capítulo llamado “Vida de un pintor”, De Szyszlo confiesa su sensación frente al lienzo todos los días: “Unas ideas que quiero interpretar lo más fielmente posible y la áspera certeza de que no podré hacerlo por completo”. Esta sensación lo lleva a definir cada cuadro como “el homicidio de un sueño”. En otro pasaje, define el arte como “un encuentro entre lo sagrado y la materia”. Esta definición, que recuerda las raíces del surrealismo en su obra, define su pintura hecha de penumbras en las que refulgen soles furiosos. En el último pasaje del libro se relata un viaje por la costa sur peruana en un auto (como un “velero silencioso”), junto a su esposa Lila. De Szyszlo cuenta que abre la ventana y por un momento intenta capturar el viento entre los dedos. Es lo que ha hecho con estas magníficas memorias.