La vida no necesita pasaporte

Familiares de rescatados y voluntarios despidieron en el aeropuerto a un equipo de franceses que fueron expulsados de México, cuando más se les necesitaba por el terremoto que había sacudido a la ...
Edificio del Arq. R.A. Pigeon, Plaza Río de Janeiro en la colonia Roma
Edificio del Arq. R.A. Pigeon, Plaza Río de Janeiro en la colonia Roma

A mediados de los ochenta, Margarita de Orellana y yo teníamos muy poco de haber regresado a México después de haber vivido fuera casi una década, y padecíamos los efectos cotidianos de una economía desplomada, una inflación galopante y una estampida de malas decisiones de nuestros gobernantes que nos afectaban e indignaban a diario. La criminalidad se desencadenaba cubierta de impunidad, es decir, protegida por poderosos, y no sabíamos que cada día sería peor, hasta la fecha. Recuerdo que con más préstamos que ahorros, después de un tiempo logramos comprar un VW usado que nos robaron un par de meses después, y que cuando el seguro finalmente nos dio casi el mismo dinero que costó el auto no solo no alcanzaba ni para la mitad de uno igual sino ni siquiera para una motocicleta usada y de tercera.

En noviembre del 84, una tragedia urbana demostró que el gobierno tampoco era capaz de manejar emergencias. La explosión de una planta estatal de gas en San Juanico dejó más de 600 muertos calcinados o envenenados por gas propano y más de 2 mil heridos. Las mentiras, ocultamientos y decisiones erráticas que buscaban defender a los políticos y sus cotos de poder antes que a la gente, eran una herida cotidiana. El rechazo de ayuda internacional en las primeras horas de la catástrofe fue un reconocimiento, no de autosuficiencia, como se anunció, sino de arrogancia e inseguridad.

En aquella época comenzaban a gobernar economistas, autoproclamados racionales y modernos en una era oscura que no ha terminado. Pasará a la historia como un tiempo en el que las medidas económicas son una nueva teología enfrentada a la otra teología de la época, la del populismo. Poder y dinero son los dioses de ambas sectas.

Más de una vez tuvimos el impulso de volver a buscar trabajo fuera de México pero justamente lo oscuro que nos rodeaba nos obligaba a tratar de hacer lo que sentíamos que era una especie de misión de estudio y comprensión y difusión de lo verdaderamente excepcional en el país, que no son sus políticos ni su economía, y que con el tiempo tomaría forma en el proyecto Artes de México. Algo determinante también en la decisión de quedarnos fue el nacimiento de nuestra primera hija. Y el deseo de que creciera rodeada de abuelos, de su irremplazable cariño y sabiduría, no lejos de ellos. Nuestro hijo nacería unos años después.

Hasta aquel día, los temblores que no espantan, los que eran para los mexicanos como el picante en la salsa, algo que solo asusta a los extranjeros, formaban parte del ámbito del regreso. Magui y yo acabábamos de publicar en una revista del barrio, por petición de un amigo, un artículo sobre los gritos con los que despertaba nuestra calle. La A estirada hasta el infinito del GAS, la campana itinerante de la basura, el ropavejero, no grabado como ahora sino “gritado en vivo”. Esa oleada de gritos de otro tiempo, ese carácter oral del trozo de ciudad que habitábamos, fue interrumpido de golpe. Todos los ruidos del despertar, se concentraban aquella mañana en el sismo y sus réplicas instantáneas.

Aquel 19 de septiembre, los árboles y arbustos desde la ventana lanzaron un coro de crujidos más intensos que los de la casa. Al fondo gritos humanos y aullidos y ladridos lejanos y cercanos. Juntos creaban una forma de lamento que ya nunca olvidaría. Al darnos cuenta de que algo más grave que un temblor normal estaba sucediendo, la primera urgencia fue sacar a la niña de la cuna. Magui y yo tuvimos el mismo instinto, corrimos tropezándonos por ella y volamos con la bebé en brazos hacia la calle.

Todos los vecinos buscaban el centro de la calle y miraban hacia los edificios. Afuera, la jacaranda gigante seguía tambaleándose. Al grito sostenido de una mujer y los ladridos se sumaron las ambulancias desde todos los horizontes. En alguna otra zona de la ciudad hubo de verdad heridos, pensamos. Fue entonces cuando comenzamos a preguntarnos cómo estaban otros miembros de nuestras familias. Sabíamos que la nuestra era una zona donde los temblores no eran tan peligrosos como en aquellas donde la ciudad había sido lago: el Centro, la colonia Juárez, la colonia Roma, etcétera. Poco a poco fuimos teniendo noticias buenas de los nuestros. Y de otros, nada buenas. El silencio roto de los medios. Luego vinieron las noticias que todos conocen. El horror multiplicándose. La información siempre oculta y maquillada por el gobierno. La obligación de leer entre líneas, de enterarse por testimonios verosímiles entre los rumores. Alguien conocido y confiable que trabajaba en servicios forenses nos contó del estadio de beisbol cercano tapizado de cadáveres en ataúdes y cajas de madera, y de varias bodegas con cadáveres en bolsas de plástico, amontonándose. Algo muy alejado de las cifras oficiales cada día. Luego la dosis de corrupción: los permisos de construcción que no deberían haberse otorgado. Los edificios de constructores que hicieron ahorros en los materiales. Los edificios dañados durante el temblor de seis años antes, que nunca fueron reparados, como los de Tlatelolco, de quince pisos, que terminaron derrumbándose. Aprendimos que en zona sísmica los edificios de más de cinco pisos sufren un efecto de látigo que inevitablemente los pone en peligro. Y en las mismas calles de la colonia Roma, donde algunos edificios cayeron, hoy, en 2015, vemos levantarse doce pisos. En el Corredor Chapultepec anuncian ahora permisos para 16 pisos. La corrupción en las zonas sísmicas es un temblor que nunca termina.

Quiero dejar constancia de un sentimiento súbito. El momento en el que apareció por primera vez la imagen del presidente De la Madrid respondiendo a la pregunta sobre qué estaba haciendo el gobierno en la emergencia. En una lengua indignante de tecnócrata paralizado, incapaz, respondió: “Estamos redimensionalizando la coyuntura”. Sin esperar un instante, todos supimos que había que salir a la calle a mover piedras, a tratar de rescatar a quienes habían quedado debajo de los edificios caídos. Todos entendieron que había que hacer lo que se pudiera, que no se podía contar con el gobierno. La ineptitud y la autocracia de los responsables de emergencias ponían todo en los hombros de la gente. Recuerdo cómo cientos de voluntarios hacíamos línea y pasábamos las piedras de mano en mano hasta que alguien pedía detenernos de golpe y guardar absoluto silencio. Y entonces tratar de escuchar, entre los escombros, si alguien llamaba.

Entre las miles de imágenes de aquellos días quiero dejar constancia también de otra sensación indignante. Cuando el mismo gobierno extendió su ineptitud y arrogancia hasta expulsar del país a un equipo de rescatistas franceses que había llegado días antes desde los Alpes y que, con la experiencia profesional y el equipo adecuado, había rescatado a cientos de personas. Se estaban convirtiendo en héroes populares. Y por alguna sinrazón que solo los políticos más mediocres entienden y hasta justifican, el gobierno sintió la necesidad de expulsarlos del país en medio de la emergencia. Cuando más estaban siendo útiles. Justo como una réplica de lo que se había hecho cuando se rechazó la ayuda internacional de rescatistas en el caso de San Juanico unos meses antes. “Eran extranjeros”, decían con un gesto chovinista unos funcionarios con “razones superiores”. Recuerdo la enorme cantidad de gente que fue a despedirlos al aeropuerto, muchos familiares de los rescatados o personas que habían trabajado como voluntarios con ellos. Recuerdo todavía con más rabia que tristeza una de las pancartas pintadas a mano que les pedía: “No nos abandonen, la vida no necesita pasaporte”.