La tierra a sus pies

Ofrecemos algunos pasajes de su novela publicada en 2003, y aún inédita en español, una recreación de la conquista de México
Alexander Peer
Alexander Peer (Especial)

A la mañana siguiente de su llegada, otro viento soplaba. Ya no había sal en los bronquios ni calor distinguible por la demacración ni bamboleo alguno que desequilibrara la circulación sanguínea. La sombra de las palmeras, las hierbas de olor dulce y los insectos que zumbaban eran los sirvientes de la mañana. Consigo trajeron grados, olores y sonidos de innombrable naturaleza. Al principio, el aire era húmedo y frío, luego sofocante. Se formó una fina película de sudor en la piel. Esa humedad pilló a todos los hombres y los llevó alternativamente al calor extenuante o al frío trémulo. En la nariz se estrellaron las olas de un mar de flores y en los bosques abandonados se alborotaron criaturas lanudas que brincaban de árbol en árbol. Acompañado con el lenguaje de las aves, que constantemente repicaban, despedazaban, enlechecían. Cortés no se dejó impresionar. Se había levantado muy temprano. Pero no había sido un sueño el que lo levantó de la cama: más bien no había podido conciliar el sueño. Había pasado la noche erguido en su cama, y había sentido la tensión.

Su padre lo había encerrado a veces en la bodega. Allí, Hernando se sentaba en la oscuridad. El padre había olvidado a Hernando, pero no al vino. De ese modo Hernando recuperó la libertad. Podría decirse que debía al alcoholismo de su padre el seguir con vida. Pero con el tiempo esto lo llevó de hecho siempre a esta situación. Solo en estado de embriaguez el padre superaba las etiquetas del mundo aristocrático. Entonces se sentía fuerte para eliminarlas de una vez por todas. Y como no sabía cómo, agarró lo mejor que primero cayó en sus manos: su hijo. La estrechez de la bodega y la divertida furia del padre, dirigida en realidad a sí mismo, solo había impactado a Hernando… Todo eso aparecía ante Cortés como una pieza teatral que se repetía, repetía, repetía.

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Martín Cortés de Monroy se llamaba aquel maestro director de la infancia de Hernando; más tarde, cuando el más frágil de sus hijos se había convertido en un exitoso conquistador, buscó hacer algo bueno interviniendo ante el emperador a favor de Hernando y de su propio provecho: esperaba que pudiese quitarse de encima los demasiados años de evidente y bien cumplido papel de insignificancia histórica.

Esa mañana, Cortés caminó demasiado lejos. Había andado por toda la costa, en apariencia sin pensar, así fuera mínimamente, que del matorral más próximo podrían haber saltado indios y atacarlo. Había olvidado todo lo inculcado a sus seguidores. Solo la tensión no. Necesitaba espacio y necesitaba algo esclarecedor. Después de llegar a una meseta, se sentó a descansar; una gran piedra le ofreció la oportunidad de hacerlo. La vista del mar que lo había albergado durante semanas lo hizo pensar. Un de dónde y un a dónde.

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Los españoles dejaron tras de sí pantanos montañosos y sierras cársticas. Apretaban siempre los dedos en las desgastadas ballestas o una y otra vez en los machetes. Cada ruido era sospechoso, cada vistazo en los matorrales estaba embargado por el recelo. Las condiciones no permitían una introspección mayor y Cortés era un hombre demasiado controlado por la razón. Debía considerar lo que exigía la situación. De cualquier manera, se dirigieron hacia los tlaxcaltecas. Un pueblo —casi el único— que había resistido con éxito a la dominación azteca, permanecería en contra de ellos. ¿Acaso serían duros y superiores a los indios ya conocidos? ¿Debía recurrir Cortés de nuevo a una de sus estratagemas para intimidar al adversario? Estaba contento de también haber llevado caballos a bordo en el último momento. Ya en sus primeras negociaciones con los indios le habían dado valiosos servicios. Él tenía escondida una yegua en su tienda de campaña. Exactamente enfrente estaban los príncipes de los indios y negociaban una tregua con los capitanes españoles. En ese momento le llevaron un semental, que de inmediato olfateó el efluvio de la yegua. Resoplando, se levantó e hinchó los orificios nasales. Tenía los ojos saltones y dirigidos tozudamente hacia los indios. Cortés los tranquilizó y prometió que le ordenaría al caballo no hacerles nada. Cortés estaba seguro de que esa historia no permanecería en secreto, pero temía que sus escenificaciones en algún momento serían reconocidas como tales.

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Pero los tlaxcaltecas también estaban bien informados. Ellos llevaban mejor las negociaciones en el campo de batalla que en la mesa. Por primera vez les quedó claro a los españoles que habían desafiado al destino. No peleaban simplemente contra los indios, luchaban contra el final. Varias batallas agotaron a los guerreros, pero, extrañamente, fue reducido el número de muertos, si bien había que lamentar una gran cantidad de heridos. Malintzin explicó a Cortés que en esa tierra y sobre todo entre los mexicas era costumbre sacrificar al enemigo. Por eso no debería caer en la batalla, sino ser capturado. El prisionero sacrificado ya no era un enemigo que se mataba sino un mensaje que se enviaba a los dioses y que incluso estaba dotado de una dignidad casi divina. Cuando un guerrero capturaba a un prisionero, decía: “Aquí está mi hijo amado”. A lo que el prisionero contestaba: “Aquí está mi distinguido padre”. No sería la única vez que los españoles menearan sus cabezas para expresar su total falta de entendimiento. A la postre, después de que los tlaxcaltecas tuvieron que aceptar la perseverancia invencible de los españoles, pensaron en otra posibilidad: ¿por qué no podía intentarse, con la ayuda de esos Teules —como frecuentemente se llamaba a los españoles para honrar su poder bélico divino—, sacudirse el yugo azteca? Exactamente cuando los soldados españoles profirieron abiertamente las primeras blasfemias contra Cortés y lo maldijeron —a él, que los había conducido a una aparente emboscada sin salida—, los tlaxcaltecas les extendieron la mano. Esta vez, sin armas. Los contrincantes se convirtieron en aliados y el relativamente modesto contingente español se transformó en una poderosa unidad militar, pues los tlaxcaltecas ampliaron en miles el ejército de Cortés.

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Habían estado en camino unos diez días después de la derrota de Cholula, que terminó en una masacre. Por la noche, Cortés ordenó como de costumbre establecer un campamento. Los hombres procedieron a construirlo mientras Cortés se recuperaba de la conmoción por un agotamiento temporal. Pronto sería inflexible y decidido de nuevo, pues no conocía los pensamientos perturbadores. La noche levantó su dominio y la hoguera se fundió con ella, brillando. Una frescura inesperada se filtró entre los españoles. Cubrieron sus cuerpos con mantas, se sumieron en un presentimiento de tibieza y soñaron en grandes victorias. Solo Vázquez fue hecho presa por un desvelo incansable. Era inútil convencer a los párpados de su pesadez. Continuamente caían solo por unos momentos y subían de nuevo, como si los ojos estuvieran amenazados a renunciar a una visión colosal.

Traducción del alemán: Héctor Orestes Aguilar