La portera

Caracteres.
La portera.
La portera.

Ciudad de México

Aunque su trabajo (que es también su vocación y llega a fundirse con su persona misma) las destina a custodiar las puertas de la calle, estas mujeres singulares ejercen el don de la ubicuidad. Como las sirvientas que retrató socarronamente Jorge Ibargüengoitia, viven en la azotea y tienen más luz natural y mejor panorama que cualquier inquilino o condómino. Pero la parte sustantiva de su tiempo transcurre en una zona equidistante del suelo y del cielo: los pasillos, desde donde atisban con sigilo y escuchan a hurtadillas todo lo que pasa a su alrededor.

En los edificios clasemedieros del Distrito Federal, construidos hace varias décadas y ya obsolescentes, se les tolera vivir con sus hijos (muchos por lo general) y su madre (si la tienen) y quizás un primo (sospechoso de ser su amante) y, a falta de un lugar donde permanecer junto a la puerta, se les requiere asomarse de vez en cuando y (según la fórmula clásica) estar pendientes para ver qué se ofrece.

En los edificios más pretenciosos, estas buenas mujeres han ido perdiendo sus empleos en favor de un ejército de varones no tan inquisitivos, cuya disciplina casi militar consiste en ver a todas horas el televisor colocado en el escritorio desde el que deberían vigilar las entradas y salidas, platicar largamente en la calle con otros porteros igual de ociosos y, aunque conozcan a los visitantes, llamar a los residentes para que los identifiquen.

No es el caso, por fortuna, de tu edificio (para ser exactos: del edificio donde vives), que cuenta con una portera a la antigua usanza, de nombre Severina, aunque se la conoce como doña Severa por dos razones: porque a las encargadas de la portería y de otros servicios domésticos, si son tanto o más viejas que uno, se las trata de doñas, y porque ella se ufana de su severidad.

Cómo le gusta a doña Severa denunciar y fustigar los pecados del prójimo. Que si el señor del 3 le pega a su mujer. Que si la chaparrita del 5 regaña todo el día a su esposo. Que si el chavo del 6 fuma mota. Que si las rorras rusas del 9 son teiboleras y reciben clientes en su depto y viera usted hasta dónde se oyen los gemidos.

Pero si alguna vez le dices que ella también tiene lo suyo, y que su hija mete al novio a escondidas en el edificio, y que sus hijos y nietos y otros parientes suman 40 personas que no paran de ir y venir y comer y beber y hacer fiestas como si estuvieran en su casa, doña Severa se indigna y jura que nada de eso es cierto y que ella no le entra a los chismes.

La otra noche, influida acaso por un programa que vio en la televisión cultural, doña Severa la portera soñó que, como a sus colegas parisienses, la llamaban conserje y la alojaban a la entrada del edificio en un bonito pabellón desde cuyas ventanas espiaba a los vecinos. A los que salían a deshoras. A los que llegaban borrachos. A la gente que estaba de visita. Y que se quedaba a dormir. Y que no era el marido de la señora visitada. Y se escabullía al amanecer, pegado a la pared como una sombra.