La ira de una nación

Las expectativas superlativas acumulan resentimiento, se alimentan de comprender al mundo desde el amor unilateral
(Especial)
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Una rabia sembrada en el alma del hombre incapaz de oponer resistencia, una furia de origen divino que enardece el pecho del héroe: el receptáculo de la cólera divina, el carácter humano como servidumbre de fines trascendentes, su temperamento puesto para la guerra. Ese impulso incontenible que arrojaba al héroe —a un Aquiles a incendiar Troya— fue el inicio que moldeó el temple futuro de toda civilización, uno esencialmente dominado por afanes iracundos antes que por un sentimiento pacifista. En el principio de nuestra cultura, la occidental, no fue el Verbo, sino la Ira. Esto escribe Peter Sloterdijk, un polémico pero lúcido filósofo alemán —de nuestros grandes pensadores vivos, que aún se aventuran al discurso edificante, ese que conserva la nostalgia de lo sistemático, la ambición por la originalidad.

No hubo encuesta posible que midiera la ira y la intolerancia oculta. Todos los pronósticos fallaron. El triunfo de Trump y del Brexit lo exhiben. En Estados Unidos, el apetito de venganza se escondió a flor de piel en los llamados White Angry Men y en sus familias; en quienes concebían que su calidad de vida disminuía en esa paulatina proletarización de lo cotidiano; en aquellos que sienten indignación por el continuo cierre de fábricas; en los que desprecian la migración ilegal y hacen de lo diferente una alteridad insalvable: la incomprensión de otras culturas es codificada como una verdadera amenaza. Para que Trump ganara también se agazapó la ira en la comunidad hispana que vio con desconfianza la nueva política de apertura hacia Cuba. Este caldo de cultivo se preparó en el laboratorio de la creciente polarización y marcó la pauta de la estrategia política de Trump. No se pretendió crear ninguna vacuna, sino formar la tormenta perfecta en el cauce de la democracia norteamericana.  

Ira y tiempo tituló Sloterdijk a uno de sus libros, en un juego de palabras que parece retar a Heidegger, quien alguna vez nombró a su obra capital Ser y tiempo. ¿Qué va moldeando lo originario de una civilización, el ser de toda cultura a lo largo del tiempo? El filósofo piensa en la ira como eso que va desplegándose en la historia, materializándose de formas distintas. La ira que en inicio aparentaba tener un sentido de valentía, y por tanto positivo, como el arrojo del héroe que es designado por los dioses a defender a su propio pueblo, se convirtió, con el nacimiento de la filosofía griega, en un instinto que habría de ser domesticado en aras de conseguir la convivencia sana entre ciudadanos. Pero ni Platón, ni Aristóteles ni las doctrinas estoicas arrancaron a Occidente del cigoto del cual ha brotado nuestra civilización: “En el principio fue la palabra ira y la palabra ira tuvo éxito”.  

Los asesores de Trump templaron la furia de los elementos de la naturaleza humana en un discurso simple e incendiario. El pesimismo, la intolerancia y el hastío de la política tradicional configuraron los ingredientes de la receta secreta del triunfo electoral. Fueron viento, fuego y pasto seco. Dos tercios del electorado no querían seguir igual y Clinton, heredera de la casta política, con amplia experiencia, pero con un historial de polémicas decisiones y una investigación del FBI que minó su campaña, no pudo ofrecer contrapeso a la sed de cambio que transmutó en venganza certera.  

La ira encontró un hogar cálido en el cual florecer, en este mundo que ha germinado “ismos” que glorifican el odio y la violencia. Para Sloterdijk el cristianismo, el fascismo, el comunismo, cualquier nacionalismo y régimen insertado en aspiraciones radicales, ya sea de izquierda o de derecha, en valores de supremacía racial o alentadores de la perfección moral y social, funcionan como “bancos de ira”. La distopía nace de estos estallidos de cólera; sin embargo, toda utopía es al mismo tiempo la construcción de minas de odio. Las expectativas superlativas acumulan resentimiento, se alimentan de comprender al mundo desde el amor unilateral, desde la aniquilación de la alteridad, un egoísmo que somete a cada individuo al deseo, jamás resuelto, jamás saciado, de subyugar al prójimo en aras de cumplir su querer.  

Sloterdijk habla del estado nocivo de esta psicología que sigue imperando, una que ha orillado al individuo a la búsqueda de su “paraíso perdido”, volviéndolo un individuo miserable que pretende encontrar el sentido de su vida en los objetos, que cosifica al prójimo, un ser de aspiraciones siempre inalcanzables y narcisistas. Este individuo no es más que el hombre herido en el ego, que necesitará confirmarse frente al prójimo anulándolo.  

El patrón se repite, la ira se va acumulando y enriqueciendo sus propósitos con base en odios individuales, resentimientos, y germinando una sed de venganza dentro de los Estados. El triunfo del nacionalsocialismo en la Alemania de Hitler nos sugiere un espejo en el cual no quisiéramos vernos proyectados. Trump, émulo de Narciso, no resistió reflejarse en las agitadas aguas de la ira. Se dice que la historia se repite. Demos tiempo al tiempo a la espera de que la historia suceda una vez como tragedia y la otra como farsa, como sugería Marx.

Los bancos de ira también son promotores de cambios de época. Los bancos acumulan enconos particulares que desembocan en movimientos históricos, escribe Sloterdijk: “cuando el dispendio de ira adopta formas más desarrolladas, se llega a un punto en el que se recogen con esmero los estados de ira sembrados de manera consciente y sus frutos”. Esto pasó con la reciente elección norteamericana. Una figura demencial como lo es Trump se dedicó a recolectar la cosecha del malestar de un pueblo que había germinado a lo largo del tiempo.

La campaña de Trump fue pensada desde una estética del mal. Recordemos a Karl Rosenkranz, otro filósofo alemán, que en 1853 hizo una distinción entre las formas en que la maldad puede volverse un recurso artístico. La maldad es lo éticamente feo por antonomasia, pero puede ser sublimada mediante una estrategia propagandística como lo ha hecho Trump, quien ha vuelto atractiva esta idea de “lo criminal” como el cúmulo de delincuentes que aparecen fielmente representados y sin ningún matiz hacia el inmigrante y el indocumentado. Un conflicto social que se convierte, continuando con la descripción de Rosenkranz, en ese mal “fantasmagórico”, “espectral”, en una amenaza que a veces es más ficticia que real y que viene a disfrazar la hipocresía de una sociedad racista en un conflicto quimérico que se “mofa de los vivos con lo inquietante, con lo incomprensible, coqueteando más con la seriedad del más allá que estando en conexión con éste”. Este inmigrante, que en última instancia —viene a ser la tercera caracterización de la maldad en Rosenkranz— Trump tildó como “lo diabólico”, ese mal absoluto que suscita el horror y es repelente a cualquier ciudadano racista.

Trump construyó un banco regional de ira que va incrementando su capital de resentimiento con las ganancias del racismo y la intolerancia. Este banco que, tomando el ejemplo de Sloterdijk, podría generar un gran capital y convertirse en un banco mundial de ira, sería la consecuencia de una movilización a gran escala, del colapso entre naciones, del brote de un nuevo fascismo: de otra guerra mundial.

Pero nos estamos poniendo ya muy apocalípticos. Si ha de quedar una esperanza, es quizá otro llamado a la ira, como Sloterdijk ha dejado recientemente escrito en un artículo publicado en Die Zeit: “Seamos realistas. La posibilidad de Donald Trump de sobrevivir dos años a su mandato es quizá de un poco más del diez por ciento. En un país con una marcada tradición de asesinar presidentes, que se mantenga por más de dos años en el poder sería una anomalía”.