La ficción como redención

Merde!
Escena de "Una luna para los malnacidos".
Escena de "Una luna para los malnacidos". (Especial)

De la ficción como redención, el teatro de Eugene O’Neill es uno de los mejores ejemplos. Nada de famosos o triunfadores: el mundo de los fracasados, su gran tema. Lo inspiraban su padre, su madre, sus hermanos e hijos, adictos a las drogas, alcohólicos, suicidas, sin futuro. Él mismo, bebedor por largos periodos. Su escritura es el paisaje de los perdidos, desdichados, desahuciados, o sea, los marginados.

En las clases de dramaturgia con Esther Seligson se recordaba al hijo de irlandeses, nacido en Estados Unidos en un hotel de Broadway —su padre fue actor—, en 1888. Muere igualmente en un hotel de Boston, en 1953.  Precursor del realismo de Chéjov, Ibsen y Strindberg pero con el toque decadente de los granjeros norteamericanos que odian a sus padres, que aman a las mujeres casadas o imposibles, que pierden sus fortunas, cuyo destino es trágico, sin escapatoria.

En México se conoce más la dramaturgia de Edward Albee o Tennessee Williams que la de O’Neill; los tres maestros del realismo norteamericano, los tres impecables, ni a cual irle aunque este crítico prefiera los paraísos de soledad de Williams. En segundo término O’Neill, porque se asoma a la ironía con el lenguaje que escupe el silencio que se guarda años pero, cuando estalla, hace pedazos el universo.

Es famoso O’Neill en las clases de actuación porque sus diálogos atrapan a los intérpretes para decir con verdad el parlamento porque de lo contrario todo se escucharía falso. Así el monólogo del alcohólico Tyrone en la última pieza del autor escrita en 1943 como homenaje a su hermano muerto por cirrosis hepática, Una luna para los malnacidos, en traducción y adaptación al castellano de Humberto Pérez Mortera bajo la dirección de Mario Espinosa. Dicen que es el preámbulo de otra de sus piezas, Largo viaje hacia la noche.

El trabajo actoral de David Hevia como el hijo del terrateniente que jamás pudo superar la muerte de la madre tiene poesía, humor entre amargo y salvaje, la soledad atrapada en la garganta de un bebedor que por fin declara su verdad. Freud y su relación con lo inconsciente, sí, pero ante el teatro y esos espectadores acostumbrados a reírse de nada. Por fortuna aquí la risa se les congela y la mueca los desangra. Hevia está sublime. Mario Espinosa logró sacar de Hevia su verdad. Desde su montaje Copenhague, escrito por Michael Frayn —el encuentro de dos físicos sobre la bomba atómica y Hitler—, no le había visto algo tan complejo, estéticamente logrado como este trabajo alrededor de O’Neill.

La primera parte de la pieza es para Patricio Castillo y Alaciel Molas, interpretando a padre e hija en disputa por las formas de vida y, esa, la frustración cotidiana. La ironía fluye como una sopa fría en pleno invierno pero a pesar de todo sonreímos porque la vida es así, de superación, aunque nunca llegue, aunque esté la luna, siempre. Pinche vida. Una armónica bluesea. Es la música que nos acompaña hasta el final, en caída interminable.

Si pueden, no se la pierdan.