Stalin y sus huestes

Ofrecemos una lectura de 'La corte del zar rojo', de Simon Sebag Montefiore, un libro que ilumina las vidas oscuras de los jerarcas bolcheviques

Durante una cena celebrada en noviembre de 1937, cuando la delación ya se había convertido en un sello de origen del régimen soviético, Stalin amenazó con declarar enemigo del pueblo a todo aquel que “con sus pensamientos, sí, incluso con sus pensamientos” se atreviera a dudar de la construcción del hombre nuevo. Atrás quedaban los años de la oligarquía, con sus bailes en el Kremlin y los veranos en las apacibles casas de campo. Se había impuesto la dictadura luego de los juicios montados contra los enemigos del pueblo, los “trotskistas-derechistas”, y de los fusilamientos en masa en nombre de un principio trascendente.

Pero el líder que en la prolongada noche del Gran Terror aconsejaba “señalar a un traidor, prepararlo todo, vengarse de él a fondo y luego irse a dormir” no había sido siempre un hombre obsesionado con la aniquilación sistemática. En su deslumbrante estudio La corte del zar rojo (Crítica, México, 2017), fruto de las pesquisas en el Archivo Presidencial conservado en el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política que se abrió a la curiosidad de los especialistas en 1999, Simon Sebag Montefiore señala el momento —el día, la hora exacta— en que la dureza bolchevique hizo mutis para dar paso al asesinato en masa y a la verbosidad paranoide como ideología: el suicidio de Nadia Allilúieva, la segunda esposa de Stalin, modesta y puritana, profesionalmente frustrada y de una belleza nada usual que contrastaba con un cuerpo enfermizo y una personalidad que hoy podríamos llamar depresiva. Luego de reñir con Stalin durante una cena cargada en exceso de vodka y coqueteos adúlteros, Nadia se retiró a su alcoba para pegarse un tiro en el pecho. Eran las tres de la mañana del 9 de noviembre de 1932.

De un metro sesenta y dos de estatura, reumático en virtud de un brazo deforme y de sus años a merced del frío siberiano, con dermatitis crónica y una dentadura en horrible estado, hipocondriaco e insomne, Stalin no era el borrachín que supone la leyenda negra sino un político con una inhumana capacidad de trabajo, locuaz y encantador, adicto a los libros de historia, a la literatura y al cine, un devoto de la música georgiana y un enamorado de los limoneros que cultivaba en su finca de Sochi. Y antes de aquella noche fatídica, era incluso capaz de ofrecer una disculpa. El dictador tomaría forma una vez que, en sus propias palabras, llegara a la convicción de que era “el poderío soviético”.


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Entre las muchas sorpresas que reconocemos de La corte del zar rojo están los retratos de los jerarcas soviéticos que acompañaron a Stalin a partir de la muerte de Lenin en 1924, muchos de los cuales terminaron frente al paredón. Como el caudillo, sucumbieron a la fascinación del poder absoluto y repartieron condenas y fusilamientos a quienes representaban una amenaza —o una débil oposición— y a cientos de miles de inocentes sin importar siquiera si pertenecían a sus familias. En muchas de sus facetas, parecen más desalmados que el propio Stalin. El que no estaba cotidianamente borracho se empeñaba en seducir a bailarinas que apenas habían dejado de ser niñas; el que no coleccionaba esposas de oficiales se movía con desparpajo en la práctica de humillar a sus semejantes; el que no coleccionaba juguetes eróticos para utilizarlos en sus violaciones era un corrupto que se declaraba satisfecho de ejecutar a su propia esposa si con ello el Comité Central salía bien librado. Lazar Kaganovich, Valerian Kuibishev, Anastas Mikoyan, Viacheslav Molotov, Grigori Ordzhonikidze, Alexander Poskrebishev, Mijail Riumin, Klim Voroshilov, Abel Yenukidze, Nikolai Yezhov, son nombres que solo registra la historia soviética. Pero tenían una vocación para la traición y el crimen tan desarrollada como la de Stalin. Simon Sebag suele llamarlos “una pandilla de matones”, versiones acabadas de la era de la criminalidad perversa y el gangsterismo convertidos en instrumentos del Estado.

Veamos, por ejemplo, a Nikolai Yezhov, máximo dirigente del NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, “una secta secreta de ejecutores sacrosantos”. Casi un enano, con voz de barítono y un pueril sentido del humor, representaba al bolchevique sin estudios que se había hecho a sí mismo con la ayuda de unos cuantos libros. Un colega suyo lo definía como una fuerza que ya que se ponía en movimiento “no sabía parar”. Simon Sebag escribe: “Le encantaba asistir a orgías con prostitutas, pero era también un bisexual entusiasta, que llegó a tener aventuras con otros compañeros suyos mientras fue aprendiz de sastre, con soldados en el frente, e incluso con bolcheviques de alto rango como Filipp Goloschekin, quien dirigió el asesinato de los Romanov. Su única afición, aparte de las orgías y la fornicación, era fabricar y coleccionar yates en miniatura”. ¿Debería extrañarnos que aquel fauno siempre cubierto de llagas y mentalmente inestable fuera durante algunos años el segundo hombre más poderoso de la Unión Soviética? “Puede que sea corto de estatura, pero mis manos son fuertes; son las manos de Stalin”, dijo en los días anteriores al juicio contra el mariscal Tujachevski, acusado —falsamente, por supuesto—de planear un golpe de Estado, y contra los generales con más méritos del ejército.

“La sangre”, decía el general Vasili Chuikov, “es tiempo”, refiriéndose al sacrificio de millones de soldados en Stalingrado… y una adicción, agregaríamos a la luz de las revelaciones de Sebag Montefiore. Durante los meses cruentos de la invasión alemana, los hijos de Anastas Mikoyan, ministro de Comercio y Suministros y uno de los dirigentes más fieles a Stalin, fueron encarcelados por jugar a que eran ministros de un gobierno títere presidido por otro niño, quien habría de pegarse un tiro después de asesinar a la hija del embajador Umanski. Tras seis meses en la Lubianka, el oscuro dominio de Lavrenti Beria del que muy pocos inculpados salían con vida, los niños regresaron al Kremlin, donde vivían, luego de librar el cargo de ¡participar en una organización para derrocar al gobierno constituido! Anastas Mikoyan se dirigió así al mayor de los dos: “Si eres culpable, yo mismo me encargaré de estrangularte con mis propias manos”. Un mundo en el que los niños juegan a ser verdugos, igual que sus padres, es un mundo en el cual el hombre no se compromete con la razón, con la solidaridad, con el pensamiento. De lo que se siente realmente orgulloso es de sus propósitos superiores.

Pero nadie más monstruoso como Lavrenti Beria, el jefe de la policía secreta. Hay que imaginar el horror de Stalin cuando sorprendió a su hija Svetlana sentada en las piernas de este Barba Azul a quien Simon Sebag describe de esta manera: “Lo mismo que tantos otros predadores de seres humanos, Beria era vegetariano y comía hierba y platos georgianos pero raramente carne. Pasaba en casa los fines de semana, se ejercitaba disparando su pistola en el jardín, veía alguna película en la sala de proyecciones y luego se marchaba”. Este padre amoroso, que odiaba los uniformes y acechaba los vestuarios de las nadadoras y las jugadoras de basquetbol, que gozaba torturando a sus víctimas y era capaz de sacar adelante una cantidad monumental de trabajo, “encontraba aún tiempo para llevar una vida sexual vampírica, en la que se mezclaban el amor, la violación y la perversión en dosis casi iguales. La guerra le había brindado la oportunidad de lanzarse a una vida de bandolerismo sexual más intensa y despiadada incluso que la de sus predecesores en el cargo”.   



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Después de eliminar a sus enemigos, de condenar a la hambruna a millones de ucranianos, de someter a los artistas e intelectuales a la tiranía del realismo socialista y de salir victorioso de la guerra contra la Alemania nazi; después de aplastar con metralla las rebeliones campesinas, de crear un Estado sin contrapesos, de encumbrar a seres insignificantes y destruir a su propia familia, el camarada Stalin sentía la necesidad de relajarse… al menos por las noches. Su afición al cine ocupa un lugar destacado en La corte del zar rojo. Dice Simon Sebag que no es una exageración afirmar que a partir de 1945, cuando la arterioesclerosis limitaba severamente sus movimientos y desconfiaba de todos, Stalin gobernó su imperio desde la mesa de su comedor y la sala de proyecciones. Así como repartía condenas o bendiciones a los poetas y novelistas e intervenía en las producciones teatrales, exigía también que ninguna película se estrenara sin su consentimiento.

La sala se encontraba en el segundo piso del gran palacio del Kremlin. Tapizada en color azul, sus butacas disponían de una pequeña mesa donde no faltaban el vino, el agua mineral, los bombones y cigarrillos, y a ella se dirigían los jerarcas después de celebrar sus reuniones interminables. Stalin veía hasta la náusea los clásicos soviéticos de la década de 1930 —¡Volga! ¡Volga!, Chapayev, Sendero radiante, Los alegres camaradas— y tenía una genuina inclinación por los western, las comedias musicales y cualquier historia de mafiosos o bandidos mexicanos —¡Viva Villa!, por cierto, se hallaba entre sus favoritas—, por Chaplin, Clark Gable y Spencer Tracy. Detestaba, en cambio, “la menor alusión a la sexualidad”. Cuenta Simon Sebag que durante la proyección de una película en la cual una muchacha aparecía desnuda, Stalin dio un puñetazo a la mesa y se dirigió a Ivan Bolshakov, ministro de Cinematografía cuyos antecesores habían sido fusilados: “¿Quieres convertir esto en un burdel, Bolshakov?”

Aquellas sesiones, sin embargo, eran más que un rato de ocio. Los jerarcas debían poner a prueba su paciencia para soportar a un generalísimo que se había convertido en un viejo irritable, olvidadizo y repetitivo, que una y otra vez volvía a sus hazañas de juventud, a sus trabajos en el exilio, a sus jornadas como espía en Londres y Viena. El león estaba cansado y aun bajo esta circunstancia debía saber todo lo que ocurría en sus dominios. Su vista se posaba sobre cualquier hecho, por insignificante que fuera.


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La proverbial austeridad de las huestes imperiales terminó con el fin de la guerra. Los mariscales mostraron el mismo instinto saqueador de Göring. Zhukov, a quien Stalin llegó a considerar su heredero, poseía un verdadero museo de joyas y pinturas. Golovanov, el comandante de la aviación, saqueó la casa de Goebbels para exhibir el botín en su casa de Moscú. Victor Abakumov, un oficial de la policía secreta, se paseaba en autos italianos de impecable estampa deportiva y enviaba aviones a Berlín que volvían cargados de ropa interior. Polina Molotova, la esposa del ministro de Asuntos Exteriores Viacheslav Molotov, se movía con un séquito de cincuenta personas. Alfombras persas, piezas de porcelana, armas de oro, pieles, caviar, se presumían con tanto orgullo como las prostitutas que se desplazaban en limusinas. La moral bolchevique era una feria de favores sexuales y veleidades.

Mientras tanto, y a pesar de los achaques, el camarada Stalin seguía alimentando su impulso monomaniaco de ordenar la ejecución de quienes perdían su favor. A la persecución que emprendió contra muchos de sus antiguos y cercanos colaboradores sumó un antisemitismo que latía desde sus primeros años en el poder. Veía conjuras judías donde solo había miedo o cautela y a espías de Estados Unidos paseándose por el Kremlin. Incapaz de comer, irascible y paranoico, dirigió sus últimas baterías hacia sus médicos de cabecera, a quienes acusaba de haber asesinado a cuatro figuras prominentes de la cúpula soviética. “¡Pegadlos hasta que confiesen! ¡Pegadlos, pegadlos, pegadlos a más y mejor! Cargadlos de cadenas. ¡Hacedlos papilla!”, ordenaba a los verdugos que habían montado una cámara de torturas “decorada como una sala de disección y teatro de operaciones”. Fueron otros, pues, inexpertos y con manos temblorosas, quienes se revelaron incapaces de diagnosticar la embolia que habría de precipitar su muerte la noche del 5 de marzo de 1953.