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La voz del niño muerto

Hombre de celuloide

El cine de género no morirá porque estamos condenados al deseo de ver lo que más nos horroriza
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El cine de género no morirá. Siempre seremos como esos niños que quieren escuchar el mismo cuento. ¿Podemos oír otra vez la historia del tigre de Jangsan? El director y guionista Jung Huh nos complace y para ello trae a la pantalla Mimic: voces del más allá, bocado de cine sudcoreano que elabora a partir de la leyenda de un críptido que vive cerca de las montañas de Busan. Sí, esas a las que refieren otros clásicos del género de terror: Estación zombi o Tren a Busán.

Los críptidos son monstruos que viven en la leyenda y el mito. Desde las sirenas hasta el chupacabras, los críptidos son quimeras que no se sabe si existen realmente o solo en la imaginación calenturienta de los amantes del cine de género, en el que siempre sucede lo mismo, pero nunca del mismo modo. El tigre de Jangsan es, pues, un monstruo que en cierto misterioso bosque de Corea del Sur atrae incautos imitando voces conocidas. Puede ser la de una niña, un hombre desvalido o, en contacto con el mito de las sirenas, el canto de una hermosa mujer. Jung Huh elabora en torno a esta leyenda, porque las leyendas para eso son, para echarle uno de su cosecha. Inventa así la historia de una familia que lleva a la madre con Alzheimer a vivir en el pueblito en el que nació. La historia está contada desde el punto de vista de una mujer que además de la madre enloquecida tiene que lidiar con el recuerdo de un hijo desaparecido cinco años atrás. Hay en la película diversas líneas narrativas que no se cierran: un asesino al inicio de la aventura, una vieja mujer ciega que previene a los viajeros insensatos y un policía que se pregunta qué ha sucedido con toda la gente que desaparece en el bosque. Estas líneas, sospecho, las ha dejado abiertas el guionista y director con la intención de permitirse una secuela llegado el caso de que la película se volviera de culto, cosa que solo el tiempo dirá. Por lo pronto, en torno a la criatura que imita la voz de los humanos (y que no hay que confundir con el insecto de Guillermo del Toro en la película Mimic de 1997) se ha generado ya un hermoso cómic en el que aparecen algunos de los personajes que volvemos a ver aquí. El más notorio es una niña desvalida que, vestida en forma antigua, vaga por los bosques de Busan buscando a su madre, ofreciendo una ternura que llevará a sus víctimas hasta una suerte de infierno dantesco; la cueva en la que habitan todos aquellos que han seguido la voz del Tigre de Jangsan.

El cine de género no morirá. Lo adivinó Freud mucho antes de que comenzara a hablarse de cine de terror en su ensayo de 1919 Lo ominoso o Lo siniestro. No morirá porque estamos condenados al deseo de ver lo que más nos horroriza: el niño muerto, la voz que parece humana, el hogar lleno de recuerdos a un tiempo dolorosos y placenteros. Mimic: voces del más allá tiene todo para complacer a los amantes del terror: giros imprevisibles en las tramas que todos conocemos, monstruos en el clóset y el atisbo de asuntos realmente horribles: la madre que está perdiendo la memoria, el niño que ha desaparecido y un bosque en cuyas ramas el aire parece hablar. Aunque no es lo mejor del cine coreano que, junto con el cine japonés, ha producido algunas de las mejores películas de terror de todos los tiempos, Mimic se defiende e invita a reflexionar en torno a la desventura de una mujer que decide seguir la voz de su hijo muerto a pesar de que sabe que en esa voz se está ocultando el monstruo de su propia culpa.

@fernandovzamora


Mimic: voces del más allá (Jang–san–beom). Dirección, Jung Huh. Corea del Sur, 2017.

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