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La paz desde las púas

Bichos y parientes

Hay interpretaciones novedosas, casi deslumbrantes que, por su claridad, parecen evidencias, como si siempre hubieran estado ahí. Olvidamos que la verdad despejada pudo haber sido un nudo de humo y confusiones
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Sucede con frecuencia en los juicios que hacemos sobre casos de la historia. Recurro a una aserción sencilla del Vocabulario de las instituciones indoeuropeas (Taurus, 1986) de Émile Benveniste: “La relación entre el estado de paz y el estado de guerra es, de antaño a hoy, exactamente inversa. La paz es para nosotros el estado normal, que una guerra viene a romper; para los antiguos, el estado normal es el estado de guerra, al que una paz viene a poner fin”. Pero Benveniste cambia la perspectiva histórica como si hubiera sido un hallazgo cualquiera. Todavía en 1914, la humanidad admiraba la guerra por el honor, el patriotismo y las jerarquías que significaba: era la sintaxis histórica de las naciones. 

Benveniste descubre el cambio de mentalidad, pero no lo produjo él. En algún momento se dio el quiebre y cambió nuestra ideología. Como juego, por el gusto y el orden que surge de poner alfileres coloridos en los mapas, apuesto a un poema breve. Hay poetas enormes que dejaron testimonios sobre la guerra: Apollinaire y su entusiasmo, mitad místico, mitad orate; Ungaretti y su humanidad honda, herida, pero viva; la espeluznante altivez narcisista de Rilke, que se quejaba de que el ruido de la guerra no lo dejaba concentrarse. Pese al desfile de los gigantes, quiero cifrar la visión de Benveniste, el punto de cambio en la percepción histórica, en este poema de Ivor Gurney (1890–1937):


El silencioso, 

el que murió en las alambradas y quedó colgado, uno de dos– 

aquel que conversaba las horas de su vida con el infinitamente 

hermoso acento de las charlas en Buckinghamshire: y con todo 

dio de bruces contra la alambrada intacta; se irguió, y fue 

un noble idiota, tan fiel a sus insignias –y ahí acabó. 

Pero débil yo, y hambriento, y deseoso de mi turno 

en la línea —de pelear en primera línea, me tendí bajo la intacta

alambrada, y vi las luces y me mantuve firme, hasta que la voz más amable —un delicado

acento, dijo: 

“¿Crees que puedas cruzar arrastrándote? Allá; allá hay un agujero”.

Oscuridad, disparos en contra: sonreí, y respondí con cortesía: 

“Me temo que no, Señor”. Ni había agujero, ni modo de ver 

nada sino la muerte y su acecho, tras rasgarse las ropas. 

Me quedé tumbado y observé la oscuridad, oyendo silbar las balas — Y pensé en música — 

y juré hondos juramentos desde el fondo del corazón 

(decentes hacia Dios) y me replegué y avancé de nuevo,

y de nuevo me replegué y por segunda vez me topé con la alambrada.


¿Por qué Gurney? Pudo ser otro estupendo poeta inglés de la Primera Guerra, Siegfried Sasoon, que incluso se convirtió en un activo pacifista después de haber sido un combatiente temerario. Pero Gurney tiene lo suyo: fue tan brillante y talentoso como indisciplinado y rebelde; una gran promesa de la música y de la literatura que nunca llegó a la madurez. Desde joven parecía sucumbir a cambios profundos en sus estados de ánimo (antes se decía “ciclotímico”, ahora, “bipolar”). Se enlistó en el ejército británico, peleó en Ypres y fue víctima del gas mostaza. Fue dado de baja del ejército por problemas psicológicos y pasó el resto de su vida en asilos mentales. La Primera Guerra se caracterizó, entre otros horrores, por el uso industrializado de armas químicas: es el origen del horror al gas, como sinónimo del caos, la dispersión, el horror… y así aparece después, tanto en The Waste Land, de T.S. Eliot, como en el Ulysses de James Joyce.

Nunca se sabe bien, con Gurney, de qué lado de los ánimos vivía: sus alegrías son tortuosas, sus angustias y desesperaciones están en tono mayor. Como ejemplo, recomiendo la escucha de su Elegía de guerra (En YouTube: “Ivor Gurney War Elegy 1920”). Este poema oscila entre la mortal seriedad y la ironía; entre el valor guerrero y el reconocimiento de ese mismo valor como un absurdo y una idiotez. De hecho, su poema bien puede ser una actualización de dos poemas de otro poeta irónico, Arquíloco (que dejó la primera mofa del honor guerrero), porque coloca al miedo y al absurdo como fuerzas anteriores y más potentes que los grados y galones del honor; porque muestra la desquiciada lucha de las trincheras como un mero infierno. Es la guerra desfondada de sentido. No podía seguir sino la paz. Tortuosa. Pero paz.

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