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Lunes , 10.12.2018 / 03:03 Hoy

Kapu

Café Madrid

Formo parte de una generación de aprendices de periodista que tuvo entre sus gurús más importantes a Ryszard Kapuściński
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Pertenezco a la época en que se leían los libros del reportero polaco con la devoción de quien se acerca al oráculo sagrado de la profesión y, de hecho, el día que fue a dar una conferencia a mi Facultad solo nos faltó arrodillarnos para agradecer su presencia. Pero, entre tanta admiración y respeto, también solíamos hablar de su vida y obra con mucha familiaridad. Incluso, a pesar de que no faltaba la profesora que veía en ello una falta de respeto, lo llamábamos Kapu. “Parece que se refieren a un personaje de las caricaturas de la tele”, nos decía. Daba igual. A Kapu lo habíamos hecho nuestro y eso nos daba la suficiente autoridad para decirle como nos diera la gana. Faltaban entonces varios años para que el “visitante de los centros neurálgicos” muriera y para que su biógrafo destapara un rosario de intimidades personales y profesionales de nuestro Kapu, que decoloraron su imagen y legado, provocando que muchos (yo no) renegaran del maestro.

El caso es que, hasta hace unos días, cuando se presentó la adaptación cinematográfica de su libro Un día más con vida, nadie había hecho un esfuerzo masivo por reivindicarlo. La sorpresa fue la forma en que se concretó la exaltación: en dibujos animados. Es decir: han convertido a Kapu en una verdadera caricatura.

Fui a ver la película y me encontré un trabajo que oscila entre lo bien intencionado, lo sentimentaloide y lo ramplón, apegado a la segunda y a la tercera acepción con las que el Diccionario de la RAE define la palabra caricatura: “Obra de arte que ridiculiza o toma en broma el modelo que tiene por objeto” y “Obra que no alcanza a ser aquello que pretende”.

En su filme, los directores (el español Raúl de la Fuente y el polaco Damian Nenow) presentan al “testigo fundamental de la segunda mitad del siglo XX” como un simple idealista–activista, rodeado de personajes pintorescos que buscan la independencia de Angola, así como dejar huella en el “blanco–calvo–polaco” que le contará su historia al mundo entero, “para que se den cuenta de que constituye una metáfora sangrante de un planeta en plena Guerra Fría”.

Ambos cineastas se curan en salud y dejan claro que se trata de una cinta “basada” en el libro de Kapuściński. O sea: que no es una representación fiel, que no pretende ser un documental y que mezclan biografía y acontecimientos históricos para dar cuenta de quién era y qué hacía el protagonista. Lo malo es que lo hacen con una burda combinación dibujada de poesía, alegorías y realismo mágico. Por eso, lo único que han conseguido es hacer una hagiografía repleta de estereotipos.

Así que si este material audiovisual llega hasta ustedes, no esperen encontrarse con los acontecimientos que propiciaron el fin del colonialismo portugués, ni con el significado del caos, la desolación y la muerte que envolvieron la lucha de Angola, ni con la atenta mirada de un periodista legendario, ni con la estructura creativa con la que desarrolló su trabajo. Si quieren conocer la historia reciente del país africano y los aciertos periodísticos y literarios con los que Kapuściński la contó, será mejor que prescindan de caricaturas como ésta y se sumerjan en la lectura (o relectura) de su envolvente libro.

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