Comprar una ópera

Bichos y parientes
Maurice Ravel
Maurice Ravel (Especial)

Debe haber sido por allá de 1978 porque los centavos escaseaban doblemente: las cosas importadas se disparaban por los cielos y yo era adolescente. Tenía que ahorrar largo rato para comprar una ópera en discos LP. Elegir una significaba dejar todas las otras. El Ágora, que ahora es un billar,era una librería, con discos y café. El encargado sabía de música y de amabilidades, aunque imagino la pereza que le daba un escuincle preguntón y pobre. Más de una vez lo vi acompañado de otro señor, no alto, taciturno, que fumaba.

Una ocasión fui a buscar una Fanciulla del West. A los 15 años uno quiere Verdi (y después también, pero de otro modo). No estaba el dependiente de siempre, solo el señor aquel, que fumaba. Le pregunté por lo que iba buscando y respondió bajito que no sabía. Me puse a recorrer las estanterías con los dedos; sacaba algo, hacía cuentas, buscaba de nuevo porque no me alcanzaba. De pronto, sin más, el señor sacó un álbum y me lo dio: “Mejor, llévate esto. El niño y los sortilegios”. Yo ni siquiera sabía que Ravel hubiera compuesto óperas, ni conocía el nombre de Colette, pero hubo algo en aquel gesto generoso y lejano, un suave imperativo, con la amabilidad de quien no quiere ser importunado. Me resigné a Ravel.

Escuché una, dos veces la ópera. Quise que me gustara, disfrutarla. Con el tiempo, L’Enfant et les sortilèges es de mis favoritas. Pero entonces, el cromatismo, las escalas pentáfonas, las citas y parodias de otras obras, superaban mi ignorancia. El niño grosero y la rebelión de las cosas fueron a aburrirse a un estante. Fue un golpe.

Poco después, en el periódico hallé una foto del señor que había visto en El Ágora: se llamaba Juan Rulfo. Era escritor. En casa estaban sus libros. Los leí antes de que la escuela me lo exigiera. ¿Hay que decir el golpe que fue? Sobre Rulfo se ha escrito todo. Más aún sobre aquella superchería que dice que sus personajes se expresan como la gente de provincia, antes del estándar mediático de un español neutro y muerto; o la otra, que supone su geografía como descripción de Apulco, San Gabriel, Sayula. La verdad es que Rulfo supo alzar una tonalidad de lo que había oído, pero la expresión es suya y única. El habla de la gente no alcanza para alzar el vocerío de los muertos. Y, no sé, pero me quedó una curiosa juntura en la memoria: Rulfo (sé que él prefería otra música, más antigua) y Ravel, como si hicieran lo mismo, en sentido contrario: Rulfo levanta las almas que se lleva la muerte; Ravel, los objetos que cobran vida.