Astillas de inteligencia

Reseña
Armando González Torres
Armando González Torres (David Magaña)

Dos estilos permean la literatura actual: las palabras que sostienen una vanidad, tan efímeras como quien las escribe; y las palabras enraizadas a un mensaje, que, aunque tiendan a la contingencia aforística, consiguen una permanencia en el lector. De este segundo tipo de palabras está tejido Es el decir el que decide (Cuadrivio, México, 2016), un libro que trata de eso que podría denominarse la animalidad humana. Aforismos que mantienen, en su fugacidad, una implacable crítica de lo que seguramente encolerizaría a uno que otro, la proyección —siempre dibujada con un tono humorístico por la pluma de Armando González Torres— de nuestros propios defectos.

La lucidez del libro recae en el autoconocimiento del autor delineando una serie de pensamientos dispuestos a comprender la vida desde la intimidad existencial o el discernimiento de ese “yo”, que no es obvio hasta que se expresa en palabras. La literatura de González Torres, desde la espontánea libertad del aforismo —y sin pretensión de teorizar—, habla de la naturaleza del lenguaje y el exceso de sentido que en él podemos encontrar. Su libro piensa el silencio, trasciende lo no dicho en forma de escritura, como la llamaba Gómez Dávila, “corta y elíptica”, que expresa más de lo que formalmente aparenta.

Es el decir el que decide trata también sobre la brusca condición humana que subyuga a sus animales y el hipotético mundo que nacería de invertir el abuso. Además, González Torres recuerda la violencia oportunista que inspiran los noticieros y la supremacía moral que nutren tales narrativas. Y también dedica una sección al amplio significado de lo sagrado, que va más allá de la soberbia monoteísta y de la expiación de los pecados.   

El libro de González Torresresalta por su elegancia bélica. La estrategia de guerra es estética y a la vez sigilosa. Habita sus páginas una acérrima crítica a las prácticas en que se banaliza a la literatura, entre “lectorcitos” e “ídolos literarios”, entre la fanfarronería poética y narrativa y el ego de escritores “lisonjeros, complacientes del lugar común”. Cercena con frases contundentes este mundo contemporáneo imbuido en la discordia, la poca tolerancia, la deslealtad y el “deseo de figurar” sin humildad y sin talento.  

Las páginas de Es el decir el que decide son astillas de inteligencia lanzadas al corazón del lector, para espinarlo por dentro y robarle la calma, o al menos una sonrisa de perspicacia.