Los bordes cortantes de nuestras letras

En esta viñeta, el autor recuerda los duelos verbales que en 1980 sostenían Juan Rulfo y Salvador Elizondo, cuando ambos eran tutores en el Centro Mexicano de Escritores 
De pie. Salvador Elizondo, Eusebio Ruvalcaba, Víctor Manuel Mendiola, Bruce Swansey y Héctor Perea. Sentados. Felipe García Beraza, Juan Rulfo, Francisco Monterde y Carmen Boullosa.)
De pie. Salvador Elizondo, Eusebio Ruvalcaba, Víctor Manuel Mendiola, Bruce Swansey y Héctor Perea. Sentados. Felipe García Beraza, Juan Rulfo, Francisco Monterde y Carmen Boullosa.) (Fototeca Milenio)

El Centro Mexicano de Escritores fue durante mucho tiempo un punto de inflexión en la literatura mexicana. La escritora estadunidense Margaret Shedd, injustamente olvidada, por lo menos en lo que hace a su generosidad, creó la institución en 1951 con el apoyo financiero de la Fundación Rockefeller.

Cuando Eusebio Ruvalcaba, Carmen Boullosa, Bruce Swansey, Héctor Perea y yo entramos en 1980 como becarios de la subvención de pantalones largos, porque había una de pantalones cortos —la Beca Salvador Novo—, Francisco Monterde, Salvador Elizondo y Juan Rulfo dirigían todavía el Consejo Literario del Centro, en calidad de tutores. Los tres escritores formaban un triángulo perfecto: Monterde con su mirada reposada y académica; Elizondo con su extraña erudición avasalladora; y Rulfo con sus concisos y casi bruscos silencios. No obstante esa armonía equilátera, ocurría un desequilibrio. Sobre todo en los momentos previos al comienzo de cada sesión, un caos instantáneo emergía, brotaba una tensión entre Rulfo y Elizondo que a mí, no sé a los demás, me sorprendía y me agitaba.

En la pequeña sala donde nos encontrábamos antes de ir a la mesa de trabajo ubicada en otra estancia, en una habitación que seguramente había sido el comedor en la casa original de la colonia Del Valle, Rulfo y Elizondo entablaban a veces una conversación llena de recuerdos y aguijones. Uno y otro, afables pero filosos, se hacían bromas incómodas o incluso se recordaban viejas intimidades. Nosotros oíamos asombrados. Rulfo soltaba frases deshidratadas y Elizondo chispeaba en mujeriegas explosiones. El duelo, el zipizape o, en realidad, la dialéctica de humores contradictorios que representaban estos dos narradores mexicanos nos dejaba distinguir no solo las puntas extremas sino los bordes cortantes de las letras de nuestro país. Y lo más increíble y atractivo de todo era observar cómo la rapidez de Elizondo cedía, se completaba y adquiría un tono de aquiescencia bajo las respuestas quebradas y al ralentí de Rulfo. El autor de Pedro Páramo producía, con una lentitud rápida y con una parquedad llena de dobleces, réplicas claras y abruptas. Entonces, Elizondo soltaba la carcajada y Rulfo dejaba escapar una risa mustia, es decir, contenida y melancólica. Elizondo se arrellanaba, hundiéndose en la riñonera del asiento, y Rulfo encorvado sobre la silla se echaba inquieto hacia adelante. Los dos daban, de un modo gentil, un paso atrás. El autor de Pedro Páramo, con su traje oscuro y su corbata tan tétrica como inevitable, a la luz de la complicidad, el dandismo y los sarcasmos de quien había concebido a Farabeuf adquiría un perfil más intenso y punzante, se alzaba tan elocuente en sus frases breves y taciturnas. En esas conversaciones oficiosas, en las que nosotros no participábamos, vimos o al menos yo vi desplegarse con raro donaire, en una dualidad poliédrica, las formas de la amistad literaria que no excluían el laberinto y la ferocidad.