Obras completas de Juan Rulfo

Recordamos a José Emilio Pacheco con la publicación de tres de los cientos de artículos que animaron su célebre columna “Inventario”, inaugurada en Diorama de Excélsior en 1973
Juan Rulfo
Juan Rulfo (Ricardo Salazar)

Hay que decirlo una vez más: el prestigio de Juan Rulfo crece, como aumentó la fama de E. M. Forster, con cada nuevo libro que no publica. Él puede estar tranquilo con dos obras maestras que muchos otros han intentado en vano a través de cincuenta volúmenes. Pero su silencio es una catástrofe para nuestra literatura.

Como número 13 de la Biblioteca Ayacucho de Caracas empieza a circular la Obra completa de Juan Rulfo. La admirable edición de Jorge Rufinelli inaugura una nueva etapa de los estudios rulfianos, una industria que en materia de páginas ya centuplica a su materia prima. A los libros canónicos se añaden los dos fragmentos de Ur–Rulfo o Rulfo antes de Rulfo: “La vida no es muy seria en sus cosas” (1945) y “Un pedazo de noche” (1940, publicado en 1959), así como los dos textos para cine rescatados por Jorge Ayala Blanco.

Respecto a ellos: para entender “El despojo” hace falta una descripción de las secuencias que rodean el laconismo extremo de los diálogos. Por lo que hace a “La fórmula secreta”, uno se pregunta si Rulfo entregó el texto en prosa y las líneas de dividieron como aparecen ahora para buscar alguna simetría con la imagen. Al publicarlo en verso parece conveniente una disposición más de acuerdo con el ritmo interno. Por ejemplo la estrofa de la página 206 se leería de este modo:


Cuando dejemos de gruñir como avispas en enjambre

o nos volvamos cola de remolino,

o cuando terminemos de escurrirnos sobre la tierra

como un relámpago de muertos,

entonces

tal vez nos llegue a todos el remedio.


Refutación de una leyenda

Para “completar” esta Obra ¿pudo añadirse algo más? Se sabe de un prólogo a Nuño de Guzmán y de textos ocasionales sobre Elena Poniatowska y Alberto Gironella. Rufinelli quiso ceñirse a lo que es ficción estrictamente, aunque la extrema parquedad de Rulfo hace de cada línea suya un tesoro digno de conservarse.

El autor pidió que se cambiara el orden de los cuentos. El llano en llamas queda completo ahora con “Paso del Norte”, suprimido en la novena reimpresión, en realidad segunda edición de 1969, que añadió “La herencia de Matilde Arcángel” y “El día del derrumbe”, los últimos cuentos que publicó Rulfo en 1955 y los únicos aparecidos después de sus libros si se exceptúan las tentativas de los años cuarenta.

Gracias a la minuciosa cronología preparada también por Rufinelli, sabemos el orden en que se escribieron o al menos se dieron a conocer algunos cuentos (del resto no hay publicación en revista). 1945: “Macario” y “Nos han dado la tierra”. 1948: “La cuesta de las comadres”. 1950: “Talpa y “El llano en llamas”. 1951: “Diles que no me maten”. Y los dos citados de 1955.

Aquí conviene salir, por vez primera en forma pública, al paso de una leyenda que ha alcanzado cierta difusión oral por nuestras inclinaciones a pretender que sabemos la historia secreta de algo y suponer que Shakespeare no escribió las obras de Shakespeare sino lo hizo un contemporáneo suyo que tenía el mismo nombre.

Unas cincuenta veces este redactor ha escuchado, en labios de interlocutores que pretenden hacerle la gran revelación, la teoría delirante de que en 1955 Rulfo entregó al Fondo de Cultura Económica un manuscrito informe y cercano a las mil cuartillas. De ellas, se dice, el poeta Alí Chumacero extrajo Pedro Páramo a base de recortes, tachaduras y collages.

Otras cincuenta veces la respuesta ha sido desmentir la versión y restituirle a Rulfo la autoría absoluta de su gran obra. Las bases para la administrativa calumnia son: a) en efecto, como funcionario del FCE, Alí Chumacero ordenó los cuentos de El llano en llamas en la disposición que conservaron en las ediciones anteriores a la presente; b) por esos años Juan José Arreola dedicó gran parte de su tiempo a la actividad, insólita entre nosotros, de reescribir gratuita y generosamente muchos libros ajenos —pero en modo alguno los de su amigo Rulfo.

Por lo demás, y como se sabe, las editoriales mexicanas no hacen ni han hecho nunca trabajos de “edición” en el sentido que posee el término en lengua inglesa. Si Alí Chumacero hubiese sido el Maxwell Perkins de este Scott Fitzgerald, no hubiera reprochado a Pedro Páramo, en la reseña inicial que se escribió de este libro, precisamente “una desordenada composición que no ayuda a hacer de la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, se ha de exigir de una obra de esta naturaleza”.

El silencio de Rulfo

Rufinelli no cancela las lecturas míticas que se han hecho de Rulfo pero nos pide que consideremos el contexto histórico y social de su obra: el despoblamiento del campo, la violencia y la corrupción que han convertido el éxodo campesino a los centros urbanos en uno de los más agudos y explosivos problemas nacionales. Casi todos descendemos de gente que tuvo que abandonar su tierra: así pues, reconocemos en Rulfo viejas historias familiares. Al margen de su gran calidad artística, esta circunstancia explica su éxito mejor que la veneración al escritor que escribe poco o ya no escribe, y por tanto ya no amenaza ni molesta al prestigio autoconferido de nadie.

¿Dijo Rulfo cuanto tenía qué decir y prefirió callarse a repetirse? ¿No ha dicho aún su última palabra? Imposible responder a estas interrogantes. El talento de un escritor constituye un recurso natural no renovable. ¿Qué debe hacer con ellos una sociedad? Es un problema irresoluble como la educación de nuestros hijos. Entre el niño golpeado y el niño mimado, entre las facilidades y dificultades que se presentan a un escritor, hay un terreno que aún desconocemos. A juzgar por la evidencia todavía queda un espacio posible para las grandes obras aisladas. Lo que difícilmente volveremos a tener son condiciones que permitan a nuestros escritores madurar, al alcanzar la continuidad y mantener de principio a fin su excelencia literaria. 

1 de agosto de 1977