Por qué seguir leyendo a Juan Rulfo

Seis escritores nacidos en la década de 1980 y otro más en la de 1990 valoran la actualidad de 'El Llano en llamas' y 'Pedro Páramo' junto a los misterios que aún guardan  
Ex Libris Susana San Juan
Ex Libris Susana San Juan (Eko)

Ecos que dialogan con el presente

Marcos Daniel Aguilar

La obra de Juan Rulfo no puede desvincularse de su trabajo visual, tanto en el cine como en la fotografía. En ambos casos, para un lector y espectador de 2017, lo hecho por Rulfo es el registro del Estado mexicano posrevolucionario, agrícola, que pretendía con todas sus fuerzas instalarse en el ámbito moderno, citadino e industrial, sin antes resolver los problemas del pasado.

Rulfo nos cuenta un viaje hacia el “progreso” y su desastre, del que fue protagonista y testigo; un viaje en el que nosotros, hoy, somos transeúntes cotidianos. Estamos ante un autor que advierte sobre el avance de la modernidad y el quiebre de los usos y costumbres por parte del sistema económico que lo arrasa todo.

Sus libros El Llano en llamas, Pedro Páramo y El gallo de oro son ecos que siguen dialogando con el presente. Hablen o no sobre la Guerra Cristera o la gente del campo mexicano, los murmullos sin rostro de sus historias siguen tratando la lucha entre un pequeño grupo de poderosos contra la mayoría que sufre la injusticia del que todo lo ha dado y nada ha recibido a cambio.

Sus voces son las de aquellos condenados ancestrales a la pobreza, a la ignorancia, a la violencia, a la muerte, que buscan la puerta de salida que los aleje de la maldad del ser humano para alcanzar así la redención.

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Marcos Daniel Aguilar (Ciudad de México, 1982) es autor de La terquedad de la esperanza (UNAL, 2015) y Un informante en el olvido (Conaculta, 2013).


Para filósofos

Jorge Comensal

Empecé a leer Pedro Páramo a los 16 años. Me deslumbró la trama esquiva, la atmósfera de cal, el lirismo austero. Volví, como a un santuario, muchas veces, y luego me distancié, temeroso de incurrir en el pecado de imitar esos murmullos. Hace poco regresé por caminos insospechados. Fue al llegar a ese Comala del saber que es el Instituto de Investigaciones Filosóficas. Ahí se discute sobre mundos paralelos, cerebros descarnados y zombis metafísicos. Pedro Páramo se me reveló como un tesoro de escenarios fascinantes para la filosofía: el tiempo, la modalidad, la inexistencia... Cuando Eduviges Dyada le dice a Juan Preciado: “yo estuve a punto de ser tu madre”, uno puede detenerse a cavilar sobre el papel del origen en la identidad personal. Esto da para unas quince tesis doctorales. Y si uno trata de entender el universo como un bloque donde todos los momentos conviven eternamente, la novela es un magnífico prototipo. Así, por éste y otros rumbos, la obra de Juan Rulfo sigue andando.

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Jorge Comensal (Ciudad de México, 1987). Autor de la novela Las mutaciones (Ediciones Antílope, 2016).


Un filón de vida

Úrsula Fuentesberain

Lo había olvidado, pero ahora que lo releo y me reencuentro con sus arrayanes agrios, con sus malasmujeres, con su polvo que no da ninguna sombra, con sus murmullos, recuerdo: lo rulfiano se trasmina.

Escucho a Macario y pienso en Camilo, el protagonista de uno de mis cuentos, un hombre al que la gente de su pueblo llama loco solo porque lee las nubes. Veo los pechitos de Tacha hinchándose a la par del río crecido y me acuerdo de que una madre dice esto de su hija en uno de mis relatos: “Su cuerpo de niña parece una membrana lista para la metamorfosis. Temo que se convierta en algo parecido a mí”.

“Para sacarle provecho a Rulfo hay que escarbar mucho, como para buscar la raíz del chinchayote. Rulfo no crece hacia arriba sino hacia adentro”, escribe Poniatowska y me obliga a preguntarme qué forma tienen las mujeres rulfianas. Son las dulcamaras que cubren el llano(dulcis, dulce; amāra, amarga), hojas pecioladas, acorazonadas, agudas, flores pequeñas, violadas, en ramilletes.

Apalcuachar, totochilo, chilcatole, chacamotear. El lenguaje rulfiano tintinea en mi cabeza igual que las cosas pensadas en sueños. “El idioma de lo inefable”, lo llamó él. Además de inventar un habla, inventó un país. Un páramo que arde. Un territorio huérfano.

Rulfo está muerto. Murió ayer, es decir, hace tres décadas, es decir, hace unas cuantas horas. Los gusanos se comieron su carne vuelta hediondez y la hediondez se ha vuelto vida, un filón de vida. Y florece. Aflora entre las piedras desmoronadas.

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Úrsula Fuentesberain (Celaya, 1982) es autora de Esa membrana finísima (FETA, 2014).


La voz de los fantasmas

Jonathan Minila

Cuando pienso en Juan Rulfo pienso inevitablemente en su voz. Lo leí, pero también lo escuché. No sé cuándo ni dónde grabó aquellos fragmentos de Pedro Páramo que he escuchado una y otra vez. No sé dónde ni cuándo grabó esa lectura de “Luvina”, “Talpa” y “No oyes ladrar a los perros”. No me importa, no necesito saberlo —no me lo digan—. Su voz es suficiente. Es el vehículo. Su prosa es el camino. Juntos me llevan al lugar: ese paisaje, ese misterio, ese silencio, ese eco de la memoria que me hace pensar en una montaña. Rulfo es la voz de un México que comienza a difuminarse, que recuerdo. Su voz se asemeja a la de mi abuelo, por ejemplo, aunque no se parezcan mucho. Mi abuelo no nació en Apulco, y su voz no es tan pausada y misteriosa. Es solo algo que quiero imaginar. Porque la voz de Rulfo en muchos sentidos es la de todos nosotros. Su eco es la herencia de quienes queremos seguir escuchándolo, leyéndolo. Su obra sigue siendo necesaria para volver a esas regiones de fantasmas donde ahora solo parece haber un murmullo. Leerlo es, curiosamente, como mirar una fotografía. Un oxímoron. Enorme en su brevedad. Y ahora que lo pienso, es eso quizá lo que quería Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.

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Jonathan Minila (Ciudad de México, 1980) escritor y promotor cultural. Autor de Lo peor de la buena suerte (FETA, 2015), Imaginarios (De lo imposible ediciones, 2015), Todo sucede aquí (Cuadrivio, 2017).


Aquel ruido blanco

Mariana Orantes

Hay tres aspectos de Juan Rulfo que no han perdido actualidad. Primero, y ante todo, su obra, recordatorio de la miseria que, retratada de manera local, habla de personajes cuyas preocupaciones humanas son universales. En el telón de fondo que utiliza, aquel ruido blanco de la tierra infértil, se adivina la injusticia social que perdura y se mantiene como una constante pese a los cambios políticos del país. Segundo, su forma de utilizar el lenguaje. Rulfo recrea ambientes intemporales donde habitan los miedos que han acompañado a la humanidad durante su paso por la historia. Además, para la narrativa, demuestra que la sencillez no impide la complejidad. Y por último, las dos palabras que componen su nombre: Juan Rulfo. En estos últimos días, gracias a gente sin escrúpulos, su nombre ha cobrado el carácter transgresor de quien se enfrenta a la censura. Debemos leer una y otra vez tanto El Llano en llamas como Pedro Páramo, y tal vez ésta última con malicia, pues a fin de cuentas trata sobre la venganza familiar.

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Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986) es autora de La pulga de satán (FETA, 2016).


A pesar de todo

Adán Ramírez Serret

Se considera el autor más grande aunque haya sido un diletante en la literatura, con tan pocos libros que al enumerarlos nos sobran los dedos de una mano. También, a pesar de llevar ese lastre que es ser “el mejor escritor”, sigue siendo un autor leído por lectores expertos y primerizos. Su vigencia radica en la búsqueda de la palabra justa, en una estética y una identidad que ha desbordado sus libros y, me atrevo a decir, ha permeado casi toda la narrativa mexicana, sea plástica, literaria o cinematográfica. Su obra, la novela y los relatos, son metáforas que siguen deslumbrando y dejando sombríos a los lectores, no solo de México. Rulfo sigue siendo un vértice definitivo a pesar de la política, del narco y de su literatura, a pesar de ser leído en secundarias y preparatorias y haber influido a autores tan distantes como García Márquez, Mo Yan, Ray Loriga y una lista interminable. Lo es porque hasta hoy no se han respondido las preguntas que plantean sus libros, y sus parajes y paisajes siguen siendo ignotos y familiares. Se sigue observando allí a una humanidad tan incomprensible e inasible como su autor.

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Adán Ramírez Serret (Oaxaca, 1982) es crítico literario.


El de todos nosotros

Aniela Rodríguez

Mi primer nocaut literario llevaba el nombre de El Llano en llamas. Recuerdo el grito de “¡Viva Petronilo Flores!”, o las ranas en las alcantarillas de Macario, que descubrí en las páginas de un libro de texto. Ya después llegó Pedro Páramo, esa marca que a todos ha dejado cicatrices. Digo cicatrices, pero me refiero a heridas abiertas. El gran escritor del no de la literatura mexicana nos empuja, a través de sus relatos, a un universo regido por las leyes de lo siniestro donde el lector termina siendo una ficha más del juego.

Sin lugar a dudas, Rulfo es un parteaguas en mi formación literaria: ha sido compañero de viajes y sensei incondicional. De él entendí la importancia del lenguaje, eso que más de una vez me puso a temblar a media página. ¿Qué es una influencia literaria si no, a la vez, la figura de un padre? Rulfo es, por mucho, el Pedro Páramo de todos nosotros, escritores, apenas un puñado de fantasmas ambulantes.

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Aniela Rodríguez (Chihuahua, 1992) obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 por El problema de los tres cuerpos (FETA, 2016) y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos (Ficticia, 2015).