Juan Carlos Rulfo: “Pedro Páramo podría ser un perfecto Chapo Guzmán”

Es difícil concebir el universo rulfiano sin el cine. Por lo mismo, ofrecemos dos entrevistas que exploran ese derrotero
'Del olvido al no me acuerdo'
'Del olvido al no me acuerdo' (Cineteca Nacional)

Para encontrar la impronta de su padre, Juan Carlos Rulfo viajó al sur de Jalisco. Ahí se reencontró con historias que parecían habitadas en sus sueños. De aquella expedición nacieron El abuelo Cheno y otras historias y Del olvido al no me acuerdo, dos documentales que se mueven sobre los bordes del universo de Juan Rulfo. Hoy, con más años de por medio, el cineasta reconoce sin dudar: “Las grandes enseñanzas del jefe fueron saber escuchar y ver a la gente. Yo me agarré de ambas porque el cine se trata de eso”.

Sus primeros trabajos cinematográficos, El abuelo Cheno y otras historias y Del olvido al no me acuerdo, fueron acercamientos al universo de su padre. ¿En perspectiva, podemos hablar de un ajuste de cuentas?

Más que con un ajuste cuentas tenía que ver con una búsqueda de las raíces personales. El universo de mi padre parte de un regreso al origen, de una exploración de los lugares donde creció y vivió. En mi caso, quería preguntarle a la gente de Los Altos de Jalisco sobre la familia y descubrí que sus testimonios tenían que ver con el pasado de mi padre así como una coincidencia agradable con su lenguaje literario. Son signos que uno descubre sin querer. “Diles que no me maten” es la historia de mi abuelo. Me sorprende que nadie hubiera filmado los testimonios de la gente del sur de Jalisco, seguramente encontraría ecos en la literatura del jefe.

¿Lo conoció de otra manera gracias al cine?

Mientras mi padre estuvo vivo nunca me imaginé cosas tan sofisticadas. Cuando murió me surgió una necesidad de entenderlo. Volví a lugares a los que no iba desde los seis años, lugares que carecían de carreteras, en días de tormenta. El abuelo Cheno… y Del olvido al no me acuerdo fueron mis primeros trabajos e implicaron un regreso solitario. Iba con una cámara y con la simple idea de preguntar sobre el origen. No sabía si haría un reportaje, un documental o qué. Me encontré con una familia a la que no veía casi nunca. Ya con el tiempo se acomodaron las cosas y descubrí un estilo, y que lo que quería hacer se llamaba documental.

A su padre le gustaba la fotografía y estar en los sets de filmación. ¿En casa hablaba de cine?

Nunca lo vi conectado al cine. En casa había guiones del Banco Cinematográfico; él era de los revisores, asesoraba si podían ser financiados. Alguna vez vi el guión de El gallo de oro, que escribía para Roberto Gavaldón, y algunos otros como el de Tequila, de Rubén Gámez. Arturo Ripstein lo visitó para proponerle hacer El gallo de oro. Mitl Valdez quería filmarlo en casa. Nunca fui al cine con él. Cuando yo estaba saliendo del amodorramiento de la adolescencia, tratando de descubrir qué iba a hacer, mi padre dejó de estar. Todos los episodios de la exploración fotográfica y de su interés por conocer el México indígena, a través de su trabajo en el Instituto Nacional Indigenista, me tocaron al final. La nuestra era una relación más apacible y sostenida por la música. Pasábamos mucho tiempo en casa escuchando música antigua, barroca, escuchando los sonidos más antiguos que pudieras imaginar. Le interesaba mucho indagar en los trovadores, en los hacedores de cuentos a través de la música. Me dejó la curiosidad por explorar en las raíces del mundo.

De alguna manera, en su cine hay una presencia innata del lenguaje de su padre.

El lenguaje es algo muy específico de ciertos espacios geográficos. Si entiendes que es parte del conocimiento creativo de mi padre, podrás entender muchas cosas. En mi película En el hoyo lo replico, y es un ejercicio similar a lo que hacía mi padre, pero ya en mi universo, que es un espacio urbano. Las grandes enseñanzas del jefe fueron saber escuchar y ver a la gente. Yo me agarré de ambas porque el cine se trata de eso.

¿Recuerda si planeaba algún otro libro?

En cierta forma fue víctima de sí mismo. Hacer algo después de El Llano en llamas y Pedro Páramo ya era muy difícil. Su trabajo en el Instituto Nacional Indigenista, además de ser muy absorbente, lo llevó a interesarse por la antropología. Creo que le hubiera gustado hacer algo de historia.

A finales de los años setenta trabajaba con Rubén Gámez en una adaptación cinematográfica de El Llano en llamas pero ubicada en la ciudad.

Cierto. Había un planteamiento de hacer El Llano en llamas en el Zócalo, donde por cierto empieza La fórmula secreta, la película de Gámez. Les tocó vivir tiempos históricos diferentes. La película no se concretó porque López Portillo mató al cine nacional y lo volvió más oscuro. Antes había propuestas intelectuales. Gámez lo intentó hasta el final y Tequila, su última película y en la que trabajé, es un intento por volver a eso. Nos hacen falta trabajos que jueguen con la realidad y la metáfora.

¿En dónde han fallado las mejores aproximaciones del cine a Juan Rulfo?

Más allá de Juan Rulfo te diría que nos cuesta mucho trabajo adaptar a México al cine. Si partimos de una obra específica como la de Juan, vemos que se hacen retratos lineales de la anécdota, pero sin explorar una forma narrativa más arriesgada. Mi padre usaba su lenguaje para explorar la memoria de su padre y de sí mismo. Las más afortunadas tienen mucho que ver con la libertad creativa del autor y el actor. Cuando son lineales, no funcionan.

¿Cuáles son los momentos más afortunados de la obra de su padre en el cine?

Mitl Valdez es de los más afortunados. Algunas cosas de Roberto Rochín; Zona cero, de Carolina Rivas; El despojo, de Antonio Reynoso. Me gusta mucho el Pedro Páramo de Carlos Velo porque es kitsch, y pese a que todo lo simplifica de manera lineal tiene su encanto, con todo y John Gavin. Los brasileños han sabido crear espacios de cierto realismo rulfiano más acertados que en México. En este sentido, el cine de ficción mexicano está más rezagado.

¿Alguna expectativa del centenario de su padre?

El centenario es una oportunidad para redescubrirlo, releerlo y entender que sigue siendo muy contemporáneo. Me ha tocado ver a jóvenes universitarios que hacen grandes lecturas. Lo más preocupante se ve en especialistas o académicos que dicen que saben y se empeñan en ceñirlo a la etapa revolucionaria. Pedro Páramo podría ser un perfecto cacique, pero también un Chapo Guzmán. “El hombre” o “La noche que lo dejaron solo” tienen manejos de tiempos increíbles, son cinematográficamente sublimes, pero aún no han podido hacerse. Sucede algo parecido con “Luvina”, cuya historia sueño permanentemente.