Mexicanos en Chicago (1927)

Los mexicanos —decía Edwin Weiner, nuestro patrón— no son hombres. Están por debajo de las mulas y de los cerdos. Son imbéciles, flojos, puercos, insensibles
Chicago a fines de la década de 1920
Chicago a fines de la década de 1920 (Gewtty Images/Archivo)

Antes me daban lástima. Ahora me dan asco. Cuando menos tienen la ventaja de darse cuenta: no tratan de competir con los anglosajones que por derecho divino son superiores.

La sexta ciudad

Chicago no era una ciudad. Eran dos, cuatro, cinco, quién sabe cuántas ciudades. Una para los ricos, maravillosa, con lo mejor del mundo. Otra para los menos ricos. La tercera para los medianos. La cuarta para los blancos pobres y los que acababan de inmigrar. La quinta (espantosa) para los negros. La sexta, o la milésima, allá en la cola del infierno, para los mexicanos. Éramos los últimos de los últimos, los de hasta mero abajo, los perros de los perros, a quienes todos sin excepción despreciaban y podían patear. No hay forma de describir las humillaciones que sufrimos.

El acusador

Un muchacho, recién llegado de Guanajuato, con su primer sueldo compró una pistola. Se suicidó tras escribir un recado en que firmaba que todo era horrible y no había ni amor ni justicia ni compasión en el mundo.

Relato de Eustolia

Me llamo Eustolia Valencia. Vine a Chicago cuando tenía dos años. Ahora acabo de cumplir diecisiete. Mi papá dejó a mi mamá. Luego ella murió y me adoptaron unos parientes suyos. Así que tuve una hermana, tres hermanos y otra mamá. Su esposo también la había abandonado. El hermano más grande me violó cuando yo tenía nueve años. Los otros también me usaron. Me daban dulces y centavitos y me decían que iban a matarme si lo contaba.

Entonces una prima que andaba por los doce años me dijo que fuera con ella a trabajar de puta para que no me maltrataran (yo hacía todo el quehacer y nunca me mandaron a la escuela). Una noche me escapé. Mi prima Gloria me presentó a un señor llamado Mike: blanco él, pelirrojo, de unos cuarenta años. Mike me enseñó muchas cosas, comenzando por la droga. Me puso a trabajar en las calles. Aprendí a contar el dinero y un poquito de inglés. Yo hacía hasta cien dólares por semana porque entonces estaba muy bonita. Casi todo era para Mike. Si no juntaba esa cantidad me pegaba bien fuerte. Creo que se hizo rico pues tenía unas quince niñas trabajando. Las grandes no le interesaban. Se supone que estaba de acuerdo con la policía porque siempre que me agarraban, luego luego me dejaron salir para ponerme bajo custodia de ¿quién cree?: el mismo Mike.

Pero él como que se asustó y nos concentró en una casa cerca de Hyde Park. Mejoró la clientela y empezamos a cobrar más caro. Iban puros señores grandes, bien vestidos: doctores, abogados, comerciantes. A veces eran tantos en una sola noche que yo no quería seguir trabajando. Entonces Mike me pegaba con los puños y el cinturón. Una vez me dio coraje y me fugué. Ya andaba entonces por los catorce. Fui a mi casa y le dije a mi madrastra lo que era mi vida, por qué me escapé y cómo mis dizque hermanos tenían la culpa de que yo fuera puta. Se enojó muchísimo. No me creyó una palabra y me sacó a empujones.

Junté dinero trabajando sola en los muelles. Estuve en un bar y hasta salí en algunas películas de ésas. De repente ya no hubo modo de ganarme la vida porque andaba con mi panzota de seis meses. Nadie me enseñó a tomar precauciones. Un señor me dio unos folletos pero no sé leer. Creo que fue la droga o la sífilis o el castigo de Dios por andar en esto, pero mi niño nació malo. Pobrecito. No iba a dejarlo sufrir. Él qué culpa tenía de todo. Era inocente. Por eso lo maté con la Gillette y luego me abrí las venas, aquí en los brazos y en el cuello: vea usted las cicatrices.

Nos encontraron a los dos en un charco de sangre. Yo me salvé. Mi hijito no, por fortuna. Y ahora me sacan en los periódicos como ejemplo de lo que son los mexicanos y me tienen aquí en la cárcel, a lo mejor para toda la vida. Por lo pronto aún no me sentencian.

Arma blanca

Gumersindo Cabrera, de veintidós años, nació en La Piedad, Michoacán; inmigrante ilegal, fue condenado a muerte por el asesinato con arma blanca de Christopher Kloman, cantinero, en un bar de la calle Halsted. El asesinato se produjo a raíz de una discusión iniciada cuando Kloman —ex marine que participó en el desembarco de 1914 en Veracruz— dijo que según su experiencia todos los mexicanos eran sucios y ladrones y todas las mexicanas putas y feas. 

El hombre del abrigo de raccoon

En la silla de ruedas, en el centro de rehabilitación donde poco a poco empieza a utilizar la mano izquierda (la derecha quedó inválida para siempre), Rosendo Ochoa cuenta incoherentemente su historia a quien desee escuchar. Estaba jugando rayuela con un compañero cerca de Hull House cuando se detuvo un Essex en que iban tres hombres, uno de ellos con abrigo de mapache. “Hey you: Puerto Rican?” “No, sir, from Mexico”. El hombre del abrigo descendió. Rosendo se acercó a él. Recibió el primer golpe en los ojos, el segundo en los labios, el tercero en la sien. Su amigo se echó a correr en busca de ayuda. Los otros dos bajaron a sujetar a Rosendo mientras el hombre del abrigo de mapache seguía golpeándolo en el suelo, dándole cincuenta, cien, mil puntapiés en la cabeza.

Sus amigo los rescataron inconsciente y bañado en sangre. El daño cerebral que causaron los golpes afectó su habla y el empleo de sus manos y piernas. El hombre del abrigo de mapache fue detenido. Dijo que se trataba de un error y era el primero en lamentarlo. Un tipo de apariencia puertorriqueña ofendió a su mujer. Él, enfurecido, salió a buscarlo. La descripción dada por su mujer correspondía a Rosendo (“Todos ellos son iguales, you know”). Al verlo no pudo contenerse y lo golpeó. El hombre del abrigo de mapache quedó libre. Dio cincuenta dólares para la rehabilitación de Rosendo.

En el templo

En la iglesia metodista de South Chicago, el pastor mexicano citaba en español el versículo de Isaías: “Habéis asolado la viña y lo robado al pobre está en vuestras casas. ¿Con qué derecho maltratáis a mi gente y aplastáis el rostro de los pobres?”

Un joven, a quien por su aspecto se hubiera creído mexicano, se levantó y gritó con fluidez pero con fuerte acento yanqui: “¿Dices que les arrebatamos sus tierras, piojoso? Pues dando y dando, y ladrón que roba a ladrón, porque los antepasados de ustedes primero se las quitaron a los indios. Y ustedes no pudieron con el desierto e hicieron un desmadre en México con Calles y todos esos ladrones. En cambio nosotros miren nomás lo que hemos hecho de este gran país. Si no les gusta, lárguense a morir de hambre en sus pocilgas”. 

El incendio del habla

 Aquel año hubo en los barrios periféricos de Chicago una ola de incendios provocados. La gente se vengaba de sus enemigos o del mundo prendiendo fuego a los edificios sin importar quiénes murieran entre las llamas. Alguien encendió un edificio de Back of the Yards repleto de familias mexicanas recién llegadas. No se salvó nadie: no pudieron obedecer las instrucciones de los bomberos porque ignoraban el inglés. Se pidió que los bomberos de la zona aprendieran un poco de español. Ellos se negaron con el argumento de que si alguien escogía vivir en Estados Unidos estaba automáticamente obligado a conocer el idioma de su país.

Muchas cartas al Chicago Tribune apoyaron el razonamiento de los bomberos. Los incendios continuaron. Y hubo nuevas víctimas. Abundaron los mexicanos que suspendieron el empleo del español en sus casas y educaron a sus hijos exclusivamente en inglés.

21 de noviembre de 1977