Llevar la rabia al desierto, Jean Genet

Opinión
Jean Genet murió hace 30 años tal como vivió: solo, sin familia, sin domicilio fijo.
Jean Genet murió hace 30 años tal como vivió: solo, sin familia, sin domicilio fijo. (Especial)

París, Francia

Jean Genet murió hace 30 años tal como vivió: solo, sin familia, sin domicilio fijo. Tenía 86 años. La causa no fueron los somníferos de los que solía abusar, ni el cáncer de garganta que sufría desde hacía varios años. Simplemente tropezó con un escalón en la habitación del modesto hotel en el que habitaba en París, su ciudad de origen y en donde lo abandonó su madre a los pocos días de nacido.

Sabiendo que el final se acercaba, había dejado estipulado su deseo de que se le sepultara en Marruecos. Nada odiaba más Genet que su país natal, que lo ligaba a ese Occidente que despreciaba tanto. Por ironía del destino, su ataúd envuelto en un saco de yute llevaba la etiqueta de “Trabajador inmigrado”, que lo reunió con esos trabajadores clandestinos que defendió arduamente. Con esta identidad usurpada —como fue el caso en innumerables momentos de su vida—, sus restos pudieron ser enterrados en el antiguo cementerio español de Larache. Al no saber cómo se enterraba a un cristiano, se cuenta que los sepultureros orientaron su tumba en dirección a la Meca.

El mundo árabe fue su pasión más durable, la más intensa, ese mundo que conoció en su juventud —Siria, Jordania, Líbano—, durante el periodo en que se alistó en el ejército, del que por cierto desertó, y que muchos años más tarde volvería a visitar en su defensa de los palestinos, a quienes consagró el final de su vida. Un cautivo enamorado, el libro cuyas pruebas corregía al momento de su muerte, fue el último testimonio de amor que le dedicó. Con él rompía un silencio editorial de 25 años; su última publicación había sido la obra de teatro Los biombos, que abordaba el espinoso tema de la guerra de Argelia y que le valió ataques violentos de la extrema derecha francesa.

A pesar del éxito y de la notoriedad que su obra, en particular su teatro, cobraba en el mundo entero, Genet había decidido renunciar a la literatura, a la que no le encontraba más sentido. No era, sin embargo, la primera vez que el silencio invadía su escritura. Después de la publicación del “San Genet: comediante y mártir”de Sartre (monumental e indigesto prólogo a sus obras completas publicado en 1952), dejó de publicar por varios años. No tanto, como se suele explicar, por el supuesto bloqueo que el análisis socio–sicológico del filósofo habría provocado en él, sino más bien para escapar del mundo editorial y mundano de París que intentaba recuperarlo. Genet necesitaba mover las líneas y establecer sus propios términos: “Hay que inventar las reglas, que son más estéticas que morales. Y únicamente en la inseguridad las descubre uno —o las inventa—. Las reglas que me guían y que invento se oponen a toda regla, quiero decir a toda ley” (entrevista con Antoine Bourseiller).

Y fue justamente este rigor ético y literario el que lo llevó a cuestionarse sin cesar, a destruir sus manuscritos, a negarse a publicar lo que escribía y formar parte de un círculo de literatos o intelectuales (son conocidas sus múltiples rupturas y distanciamientos, por ejemplo, con Cocteau, Sartre, Beauvoir y Juan Goytisolo). Pues para Genet no es posible escribir sino contra sí mismo, contra su propia imagen, contra su propio estilo; arriesgándose al error, a la incomprensión, incluso al ridículo que al aislar al autor pueden dar lugar a algo verdadero. Así lo escribe al director Roger Blin, a propósito de la puesta en escena de Los biombos: “Debemos equivocarnos a menudo, y hacer que nuestros errores sirvan. De hecho, vamos muy desencaminados y ni la locura ni la muerte me parecen aún, para esta pieza, la sanción más justa. Sin embargo, debemos conmover a estas dos Diosas para que se ocupen de nosotros. No, no estamos en peligro de muerte, la poesía no ha acudido como sería necesario”. Antisocial, anárquica, violenta, bella, así es la poesía en su escritura, ese instante fulgurante, de audacia y libertad extremas. Y al mismo tiempo profundamente humana, es decir, frágil y vulnerable. Eso es lo que Genet percibe en la obra de Giacometti, una de las pocas personas que admiró: “No hay para la belleza más origen que la herida singular, distinta para cada uno, oculta o visible, la que todo hombre guarda en sí, que preserva y a la que se retira cuando desea abandonar el mundo por una soledad temporal pero profunda. Me parece que el arte de Giacometti desea descubrir esa herida secreta de todo ser y de toda cosa, para que los ilumine” (El taller de Alberto Giacometti).

Para Genet, solo es bello lo que es verdadero y solo es verdadero aquello que se acerca a la muerte o, más bien, aquello que nos acerca a los muertos. De ahí tal vez la enorme dificultad que tenía para escribir, para encontrar ese tono justo que lo obsesionaba. Así lo confía a su traductor al inglés, Bernard Frechtman: “La sola idea de escribir se me ha vuelto insoportable. Escribir me provoca cada vez más repulsión, no he conseguido aún hacer algo que sea verdadero. Estoy estancado en esta masa de palabras estúpidas. Las críticas más elogiosas no me tranquilizan pues sus autores son unos imbéciles. Sé bien que el tono de voz más verdadero lo alcanzaré cuando hable, cuando escriba para los muertos. Es difícil hacer algo que no sea una mentira ni un subterfugio”.

Escribir no es un acto inofensivo, sin consecuencias, cuando se busca acercarse a los muertos o más aún dirigirse a ellos: “No, no, la obra de arte no se destina a las generaciones infantes. Se ofrece al innumerable pueblo de los muertos. Que la aprueban. O la rechazan”, afirmó Genet. Esta exigencia a la que, según él, toda obra verdadera debe plegarse, atraviesa cada uno de sus escritos: desde los primeros como El condenado a muerte y Nuestra Señora de las Flores hasta Un cautivo enamorado, que dedica a esos muertos, jóvenes delincuentes, asesinos, resistentes, inmigrados, que fueron sus amantes y a quienes lo ligaba una fidelidad que trascendía la muerte.

Ampliamente conocido por su gusto por la traición, Genet se mantuvo sin embargo fiel a sus muertos, negándose a todo trabajo del duelo, a todo pacto con el llamado principio de realidad que su elaboración restablece: “Todo debe reunirse para hacer estallar lo que nos separa de los muertos. Hacerlo todo para que tengamos la sensación de haber trabajado por ellos y haberlo conseguido”. Acercarse a los muertos implica separarse de manera aún más radical del lector — que designa con ese usted, marca de su estilo, con el que nos pone a distancia sin cesar—. Manera extrema de rechazar el mundo que por su condición de bastardo lo marginó: “Habiendo sido abandonado por mi familia, me parece en sí natural agravar esto mediante el amor por los hombres y este amor por el robo y el robo por el crimen o la complacencia en el crimen. Así repudiaba yo con decisión un mundo que me había repudiado”.

La fuerza de la escritura de Jean Genet reside en su manera de situar la escritura ahí donde el peligro de la significación surge, donde la línea de la frase —que es también línea de vida— puede romperse. Reside en esa manera tan suya de llevar la literatura al desierto, exponiéndose, deshaciéndose de todas sus certidumbres: “Poner al abrigo todas las imágenes del lenguaje y recurrir a ellas, [pues] están en el desierto, adonde hay que ir a buscarlas”.