Mexican Psycho

Los paisajes invisibles
Colegio Americano de Monterrey
Colegio Americano de Monterrey (Especial)

Desde hace años vivimos, usando una idea de George Steiner, “la banal democracia de la muerte”. Muerte nimbada por la violencia, la saña, la impunidad, distintivos que también son cardinales en el mapa de nuestra inexorable circunstancia. La muerte como espectáculo habitual ha terminado por blindarnos a los inconvenientes del asombro, de la angustia o el horror porque el miedo ya es una sensación anodina, pasajera, como una comezón o un estornudo: el ser se acostumbra a todo y más aún a los desafíos que el medio impone para la supervivencia.

En el país de los decapitados, los desollados, los pozoleados, los quemados vivos y cuanta tenebrosa imagen se quiera incluir, este país de los feminicidios sin culpables ni castigo, el de los levantones y secuestros, las matanzas en bares y discotecas, las torturas en cuarteles oficiales o en los campamentos de cualquier cártel, era extraño que el fenómeno Columbine, como lo llama Michael Moore, no hubiera llegado a las escuelas porque, seamos honestos, en este país afectado por todo tipo de psicosis solo nos faltaba un incidente de esta clase para tener la foto completa.

No obstante, el episodio del Colegio Americano de Monterrey es algo mucho más complejo de lo que puede imaginarse. Relacionarlo únicamente con el clima violento de lo actual o argumentar que es uno de los nocivos efectos de la exaltación mediática de los antihéroes resulta una explicación simplista, porque había que hurgar más, mucho más allá para entender los mecanismos de la perturbación que desemboca en los ideales de exterminio: la mente es una torre de control que procesa múltiples atrocidades, el infinito caudal de las pulsiones del instinto.

Las matanzas de Columbine (y el documental del mencionado Moore) o del Tecnológico de Virginia en 2007, las novelas Twelve de Nick McDonnel o Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shiver (adaptada al cine por Lynne Ramsay) o la película Elefante, de Gus Van Sant, tienen algo en común: no se arriesgan a dilucidar del todo las motivaciones que alentaron a los jóvenes para perpetrar sus homicidios, solo se concentran en exponer el paisaje existencial que antecedió al crimen como una especie de opera prima que ejecutarán en algún dantesco escenario del castillo de Barba Azul.

¿Copy cat (imitador) de los abominables episodios de las escuelas estadunidenses? ¿Deprimido o psicótico? ¿Atormentado? ¿Alienado? ¿Susceptible, vulnerable a los arrebatos de furia? ¿Cómo se define a un adolescente dispuesto a matar y a morir deliberadamente, en un acto gratuito?

De las oscuras patologías contemporáneas, George Steiner también escribió que “No tener ni cielo ni infierno es verse intolerablemente desprovisto y solitario en un mundo chato e insulso. De dos, el infierno resultó más fácil de recrear”. Y en este país hace años que ese averno surgió primero como un parque temático y luego se transformó en la sala de estar, en los pasillos y escaleras y terminó convertido en el dormitorio.

@IvanRiosGascon