La inhumanidad de las humanidades

“George Steiner no es un tipo fácil”. Así comienza su libro de entrevistas la periodista Laure Adler, como si tratase de prevenir al lector de lo que sigue. 
'Un long samedi. Entretien avec Laure Adler', de George Steiner, (Flammarion, Paris, 2014).
'Un long samedi. Entretien avec Laure Adler', de George Steiner, (Flammarion, Paris, 2014).

“George Steiner no es un tipo fácil”. Así comienza su libro de entrevistas la periodista Laure Adler, como si tratase de prevenir al lector de lo que sigue. Y, en efecto, a lo largo del conjunto de conversaciones reunidas en Un long samedi. Entretien avec Laure Adler (Flammarion, Paris, 2014) puede uno constatar esta afirmación. Pues lo que tal vez defina mejor a Steiner es su modo directo de expresarse, su claridad, su franqueza, que se contrapone al extremo cuidado con el que se suele hablar hoy en día o, mejor dicho, esa autocensura de la que somos testigos cotidianamente. Descubrimos a alguien que no se va por las ramas y responde a las preguntas de su interlocutora con fervor, involucrándose, poniendo en juego no solo la idea que se tiene de él, sino su persona misma. De esta forma, aparece grave, con esa lucidez que lo caracteriza y que la cercanía de la muerte —evocada aquí con frecuencia— parece exacerbar.

Comienza recordando cómo sus orígenes lo confrontaron desde muy joven a la historia y lo llevaron de un continente a otro, de París, su ciudad de nacimiento, a Harvard, Princeton y, finalmente, a Cambridge, donde reside actualmente. Sin embargo, este ir y venir de una orilla a otra, de una lengua a otra, no hizo más que afirmar su apego a Europa, su rechazo a dejarla atrás instalándose en ese nuevo continente que lo tentaba con una vida nueva, lejos del peso de la historia, que finalmente decidió llevar a cuestas. Se volvió así “una especie de sobreviviente” de la Babel de su infancia, de esa Europa central cosmopolita, políglota, sin lengua materna; pero ante todo un sobreviviente del genocidio judío, del que escapó gracias al exilio de su familia, ya que “abandonar Europa era darle la razón a Hitler”, como decía su padre, quien tuvo una gran influencia en su vida. De su padre también aprendió a confrontar a la historia, a no tenerle miedo, y cuenta un hecho que dejó una profunda impronta en él. “¡Muerte a los judíos!”, recuerda que gritaba un grupo de gente en las calles de París en 1933, y frente al intento de su madre por protegerlo de esa violencia cerrando la casa, su padre reaccionó llevándolo a la ventana y diciéndole: “Eso que ves se llama la Historia y nunca debes tenerle miedo”.

George Steiner se nos presenta en estas páginas como un desarraigado, un Luftmensch, un hombre del viento, como lo ha calificado su amigo el escritor italiano Claudio Magris. Alguien que rechaza con firmeza toda pertenencia nacional, toda idea incluso de una lengua materna, natal, en la que ve un reflejo peligroso del imaginario de la nación, que tantos estragos ha causado. “Sé muy bien que, para la mayoría de los seres humanos (y están en todo su derecho), la búsqueda de una parcela de suelo, de un lugar propio, es una pasión muy profunda. Es algo que respeto, tampoco soy idiota. Pero a menudo encontramos también la otra cara de la moneda: el chauvinismo, el odio racial, el miedo al otro. […] El hombre es un animal territorial. Cruel, temeroso. Pero, por Dios, al menos hay que intentar liberarse de todo eso”.

De ahí su orgullo de ser un apátrida, de ver en la mesa de trabajo —que puede encontrarse en cualquier sitio— su única patria. Y es justamente esto lo que para él significa ser judío: asumir la tarea de practicar el difícil arte de no instalarse, de sentirse en casa en todas partes, y que lo ha llevado a oponerse abiertamente al sionismo. “Sé que Israel es un milagro indispensable. Es posible que mis hijos y mis nietos deban, algún día, encontrar ahí su único refugio. Lo sé. Pero yo no puedo aceptarlo, porque creo que el judío tiene una misión: la de ser un peregrino de las invitaciones. La de ser en todos lados un invitado para intentar, en la medida de sus capacidades, hacer comprender al Hombre que, en esta Tierra, todos somos invitados”.

No obstante, su fidelidad —que ha hecho que sea considerado por sus colegas en Cambridge como un “continental”, un outsider— no lo ciega con respecto a los problemas que enfrenta Europa. El desencanto, la falta de un modelo qué proponer a sus jóvenes dominan, a su parecer, el espacio europeo. Pues ¿qué puede ofrecerles un lugar que construyó y codificó Auschwitz y el Gulag? ¿Cómo podrían seguir creyendo en una cultura que no supo resistir al aniquilamiento masivo y que, en más de una ocasión, incluso le fue útil? Según Steiner, esta falta de respuestas explica el hastío actual de los jóvenes hacia lo que suele llamarse la “alta cultura”, que a lo largo del siglo pasado no cesó de mostrar su fondo de barbarie.

Y tal vez sea el papel que las humanidades han desempeñado en “la catástrofe en la que vivimos” lo que produce en él ese gran desasosiego que predomina en esta serie de conversaciones y que lo lleva a denunciar la “inhumanidad esencial que comportan”: “¿Será acaso posible —y formulo la hipótesis después de sesenta años de enseñanza y de amor por las letras— que las humanidades puedan volvernos inhumanos? ¿Que lejos de volvernos mejores (por decir las cosas de manera muy ingenua), lejos de aguzar nuestra sensibilidad moral, la atenúen? Nos apartan de la vida, al darnos una intensidad de ficción tal que la realidad palidece a su lado”. Constata así con impotencia que lo que constituyó toda su vida —la literatura, el arte, la música “en altas dosis”— no hace sino volvernos menos reactivos a la realidad política y social y, lo que le parece aún más grave, volvernos insensibles al sufrimiento ajeno. La falta de exigencia ética, es decir, la falta de relación entre la frase, la vida y la acción, es lo que ha llevado a las humanidades al bluff, a la sofisticación sin fundamento, al ensimismamiento. “Las torres que nos aíslan son más sólidas que el marfil”, constata tristemente.

Señala así la dolorosa paradoja en la que se encuentra quien, como él, necesita la literatura, la filosofía, la música, el arte, para vivir pues son lo único que hace soportable la existencia. Y por ello, recalca, tenemos una responsabilidad hacia todas esas obras que nos piden “cambiemos de vida” y “las tomemos en serio”: “Kafka nos dijo que un libro debe ser el hacha que rompe el mar helado que llevamos dentro; sin esto, no vale la pena ser leído”.

En el ocaso de su vida, quizá George Steiner busca legarnos este cuestionamiento ético que lo obliga a poner en duda su manera de proceder: ¿cómo encontrar un método para adentrarnos en los grandes textos, los grandes cuadros, la gran música, el gran teatro, y salir de esta experiencia siendo más sensibles, si es preciso,al sufrimiento humano? Una pregunta que a pesar de sus esfuerzos queda en suspenso, dirigida al futuro.