Música que condena a la tristeza

Vibraciones
Schubert
Schubert (Especial)

De niño,a Schubert le encantaba pasar los recreos rodeado de amigos. Sus juegos eran estáticos: ¿cómo sería Carlitos si tuviera la boca de Guillermo, el cabello de la maestra y el malhumor del viejo Boris?Extrañas diversiones cuyo ingenio radicaba en distorsionar elementos reales (rostros, gestos, situaciones) hasta crear fantasías.

Su cuerpo y el movimiento físico le tenían sin cuidado; despreciaba —porque lo hacían sentir vulgar e inútil— cualquier tipo de ejercicio deportivo. Era un niño ávido de mundos invisibles, y entre ellos lo que más le importaba eran los sonidos.

Estaban, por ejemplo, las voces de sus hermanos, que representaban su abstracción más elaborada. Las dividía de acuerdo a su expresión en una libreta de pasta negra: “voz de Ignaz: rápida, ligera, casi transparente; voz de Ferdinand: violenta, golpeada, siempre te regaña; voz de Theresia: alegre, resonante y bella”.

A Schubert lo consternaba la apariencia de su propio sonido. Le hacía muchas preguntas a Theresia, su hermana favorita: “¿Cómo suena mi voz?, ¿dirías que es un sonido dichoso?, ¿te invita a bailar o más bien a la plegaria?, ¿es electrizante, temblorosa, aburrida o enigmática?”

“Tu voz es triste, Franz: suave, lenta y triste”, y esa respuesta le destemplaba los nervios. De pronto se sentía débil, tembloroso y perdido… Sumido en un estado semejante al pánico. No entendía por qué su voz —una voz que no había escogido— tenía que condenarlo a la tristeza. 

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La música de Schubert es engañosa. Necesitas estar atento a sutiles señales y saber leerlas cuando aparecen. Es arte que solicita una predisposición anímica hacia la tragedia.

El espíritu de los acontecimientos sonoros en sus partituras es tan audaz que anticipa el futuro: modulaciones intrépidas y células rítmicas sujetas a procedimientos cíclicos que colorean atmósferas osadas —osadía siempre gentil y delicada— en donde la melodía es parámetro protagonista.

La invención melódica de Schubert es apasionada y profunda. Su capacidad de variación es incontenible: sobre la marcha transforma cada tema en innumerables cantos distintos, como si a través de la imaginación la misma voz se quedara dormida y en sus sueños experimentara la vida de muchas otras voces distintas.

Parecería música de fogosidad romántica apacible y clara, incluso ligera, pero se incurre en un grave descuido si se ignora la tristeza que late en el fondo; no una tristeza aparente e inmediata, sino dura, fría, cruel y eterna.

Tenemos, por ejemplo, un bosque cubierto de niebla. La imagen en grises es nostálgica: árboles y plantas que han perdido sus colores. Es una depresión momentánea; el viento sopla por la noche y a la mañana las formas del bosque han recuperado sus matices y esplendores. Tenemos el mismo bosque en plenitud: lleno de luz y lleno de belleza… pero esconde cadáveres bajo la tierra. Ahora nadie los ve y tal vez pasen siglos sin que nadie los vea. Sin embargo, la muerte está ahí, rígida e incontrovertible, debajo de las flores. En Schubert así es la tristeza: brutal e invisible, y a causa de su sutil existencia resulta tan trágica y desoladora.

Cuando escuchamos con atención su música (pienso en el Notturno para piano, violín y chelo), a pesar de cualquier voluntad de serenidad, los nervios se destemplan. Nos sentimos débiles temblorosos y perdidos… Sumidos en un estado semejante al pánico. Es música que condena a la tristeza.