Recital de fin de año

Vibraciones
(Especial)
(Especial)

Miss Brigher me consentía mucho, aunque nunca me dejó practicar en su piano de cola negro. Me impartía las lecciones en el piano vertical blanco. Los pianos estaban uno al lado del otro en la sala de su casa (en la coyoacanense calle de Viena).

Una reducción de la “Pavana” de Fauré fue la primera pieza que me aprendí de memoria. La interpreté sin partitura durante el concierto de gala que cada fin de año celebraba la academia en la Sala Chopin de la colonia Roma. Mis dedos perdieron su ubicación entre las teclas y se paralizaron a la mitad de la pieza. Quedé inmóvil en el banco, con mi pequeño traje negro y moño rojo demasiado apretado al cuello de la camisa blanca con mancuernillas de oro.

Invierno de 1996. Lluviosa noche de diciembre. Jueves. Las gotas caían sobre el techo de la sala, ligeras y constantes, como sutiles percusiones traslúcidas, suaves e insistentes. Me quedé inmóvil y mi silencio lo llenó la lluvia. Luego escuché pasos: lentos, rígidos y torpes. Miss Brigher se sentó a mi lado. Su cuello olía a lavanda. Llevaba una larga y peluda bufanda blanca que tras rodear dos veces el cuello caía en dos tiras sobre su torso y continuaba bajando por cada pierna hasta casi tocar sus rodillas. Siempre me inquietó esa bufanda; me llenaba los nervios de premoniciones trágicas. Miss Brigher tomó mi anular izquierdo con su mano derecha y lo colocó sobre una tecla negra. Lo dejó ahí y me sonrió. La vi de reojo. Una sonrisa comprensiva y tierna, libre de malicia o reproche. Seguí desde la mitad la música y terminé sin contratiempos la “Pavana”.

Mi mamá grabó el recital. He escuchado mucho esa grabación en estos últimos días. Mi comienzo es alegre y desenfadado, casi precipitado. En la grabación, la lluvia puede escucharse lejana y distorsionada, como la voz espectral de un fantasma. De pronto, un suspiro. No recuerdo haber suspirado. Pero ahí está, inobjetable, en la grabación, mi suspiro. Un sonido de pánico breve y agudo, inarticulado, casi inexistente. Y su efímera realidad le otorga una consistencia inmediata, descarnada, plenamente humana, a esa particular interpretación errática de la “Pavana”: es Fauré a través de un niño elegante y asustado sin partituras que ha perdido la memoria bajo la lluvia.

Y luego del suspiro, únicamente agua. Del público no se escucha nada, como si el teatro estuviera vacío. Después vienen los pasos. Diecisiete pasos dio Miss Brigher para llegar del brazo del escenario hasta el piano. Nueve pasos avanzó con la derecha; ocho con la izquierda. Lo sé por las distintas intensidades. Era una mujer zurda que acentuaba la energía en cualquier movimiento de su lado hábil. Incluso, cuando la veías de frente, el ojo de la derecha (desde tu perspectiva) te veía con mayor intensidad y era un poco más grande.

Cuatro meses antes del recital, Miss Brigher había cumplido 88 años. Le regalé unos aretes de plata con forma de pentagrama. Los dos éramos Leo; me lo decía constantemente con un acento íntimo en la voz, aunque lo que eso significaba es algo que nunca me explicó.

Sus pasos terminan en la grabación. Sus viejos dedos colocan mi desmemoriado anular izquierdo sobre una tecla negra y reanudo la “Pavana”. La expresión cambia; es diametralmente opuesta a la del principio de la pieza. Ahora suena fúnebre, severa, invita a una danza rígida y oscura, que acontece en las tinieblas. El aire marcial y sombrío; un baile para seres enlutados. Silencio. Otro suspiro. Y aplausos. La grabadora estaba sobre la tapa del piano. Ese segundo suspiro —largo, continuo— de alivio y agradecimiento sí lo recuerdo.