El hermoso destruido

Vibraciones
Leonard Cohen
Leonard Cohen (Joel Saget/AFP)

“Estoy fuera del juego”, dijo, “me siento rabioso y cansado todo el tiempo”. Se puso de pie, apuró un vaso de sangre y sopló y sopló hasta apagar las 82 velas; luego abandonó la mesa.

Ha muerto Leonard Cohen. Una destrucción hermosa. Cantó agonizante, desde el aliento final. Su última música es una extraña liturgia construida para celebrar a eróticos dioses muy oscuros con un coro renacentista mixto ―hombres, mujeres y niños― colocado detrás del sintetizador de juguete Casio que descubrió en una celda durante sus seis años budistas (1993–1998) recluido en un monasterio de Los Ángeles, donde fue nombrado monje.

Esa misma celda en la que escribió: “cuando puedo meter toda la cara ahí/ haciendo lo posible por respirar/ mientras ella baja sus ávidos dedos para abrirse más/ y ayudarme a usar toda la boca contra su voracidad/ su hambre más privada…/¿por qué iba yo a querer iluminarme?/ ¿por qué iba yo a querer temblar en el altar de la iluminación?/ ¿por qué iba yo a querer sonreír para siempre?” (fragmento de “El colapso zen” del poemario The Book of Longing).

Desde entonces ―año con año, mes con mes, día con día, pensamiento con pensamiento―, el amor se convirtió en lo más importante para su voz… La famosísima vieja voz cáustica llena de trucos lascivos de Leonard Cohen. Está, por ejemplo, el truco de la carne con el que sedujo en el Chelsea Hotel a Janis Joplin, y está ese otro truco ―más complejo― del espíritu con el que convirtió a chichifos y a prostitutas de la calle Boogie en flores y mariposas.

¡Las mujeres siempre fueron tan amables durante su senectud! Se desnudaban frente a su amplia cama blanca; le sonreían como si fuera joven y susurraban: “Mírame, Leonard, mírame por última vez”, y él, con su lento cuerpo flaco lleno de pellejos, las acariciaba con palabras. Y eso ―poder amarlas a través del sonido― le era suficiente para dormir lleno de sueños y despertar contento.

Poco antes de morir, Leonard Cohen redactó un tratado en el que las mujeres se comprometían a jugar con él eternamente, pero ellas ―seguras y coquetas― se negaron a firmarlo; le recordaron que él mismo, a los 30 años, dijo que despreciaba toda letra impresa, que la literatura en papel ―así como la academia― era pasión sin orgasmo. Le recordaron que él mismo había puesto el ejemplo de las religiones: ¿qué es un mensaje escrito sin música? Algo tan patético como desear en abstracto, con el pene fláccido. La espiritualidad late en el sonido, no en la palabra; por eso Bach es la única manera de sentir a Dios para un cristiano.

En el sonido del sintetizador de juguete Casio de Leonard Cohen siempre hay que escuchar la existencia de los diablos. Y en el coro renacentista mixto ―hombres, mujeres y niños― la posibilidad ―suave y lejana― de recuperar la luz perdida.

Sentado entre personas que de pronto olvidó quiénes eran, Leonard Cohen pensaba en la serpiente, en el incontenible veneno y en que cuando se nace otra vez al cuerpo le falta la piel. Afuera, en las calles, la gente bailaba durante el Jubileo. “Estoy fuera del juego”, dijo, “me siento rabioso y cansado todo el tiempo”. Se puso de pie, apuró un vaso de sangre y sopló y sopló hasta apagar las 82 velas; luego abandonó la mesa. Caminó hacia el mar; las ruinas del templo quedaron atrás. Subió una montaña y, de espalda a los demonios y de espalda a los ángeles, se inclinó sobre las piedras. Levantó la cabeza y dirigió sus manos al cielo; “Mi señor, aquí me tienes”, dijo, “¡estoy listo!”.