El niño perseguido

Vibraciones
Vicenzo Roscioni
Vicenzo Roscioni

A 280 años de la muerte del genio italiano Pergolesi, he aquí nueve miniaturas que redondean la génesis de una carrera que se corona con la composición de su Stabat Mater

I

El misterio de Pergolesi (1710–1736) es haberse entregado —¡a los 26 años! — tan sereno a la muerte. Pasó sus últimos días en cama, tuberculoso y tranquilo, componiendo un Stabat Mater. Y así se fue: rezando, sin réquiem, como un niño bien portado —célibe probablemente—, envuelto entre los suaves sonidos del llanto de su Madre.

II

Giovannni Battista Draghi era su verdadero nombre. Cuando llegó a Iesi proveniente de Pérgola en brazos de su madre, a la gente del pueblo se le hizo muy práctico identificar a los forasteros como “i Pergolesi”. Fue un niño perseguido por la sensación de ser un intruso. Creció pálido y desconfiado, atormentado por la permanente angustia de existir lejos de casa con un apellido falso. Entonces se entregó ávidamente a la historia de Cristo y creyó con fe inquebrantable en la promesa de una vida secreta.

III

A la música llegó tarde; sus primeras clases las tomó adolescente, primero en Iesi y luego en Nápoles, de donde se graduó del Conservatorio dei Proveri en 1930, a los 21 años. Estamos, por lo tanto, ante un compositor que solo tuvo 60 meses para buscar, entre el ocaso de la estética barroca, su propio idioma.

IV

Siempre quiso ser actor, pero su cuerpo era ridículamente débil: frágiles huesos y sangre fácil. El esfuerzo físico del teatro lo hubiera destruido. Por eso, a manera de venganza, volcó su ardoroso pensamiento musical hacia la escena y se convirtió en un operista frenético: en cuatro años escribió seis óperas —cuatro serias: Salustia (1731), Ill prigioner superbo (1733), Adriano in Siria (1734) y L´Olimpiade (1735); dos cómicas: Lo frate´nnamurato (1732) y Flaminio (1735)— en las que depositó sus ilusiones de trascendencia.

V

Su ópera Ill prigioner superbo le resultaba tan intensa, tan profunda, tan potente y tan dramática, que decidió escribir el intermezzo La Serva Padrona, para que se representara a la mitad y le permitiera descansar a la gente. Se trata de una historia tonta —la astuta criada Serpina (soprano lírica) consigue, ayudada por las grotescas intrigas del mozo Vespone (personaje mudo), que su senil amo Uberto (bajo bufo) se case con ella y le herede todas sus riquezas— narrada con música jocosa de la que destaca la invención melódica de claridad galante y pícaro lirismo.

VI

La historia de la ópera le sonríe a Pergolesi. Aunque se trata de una sonrisa profundamente irónica. Tan pronto los estrenó, sus esfuerzos operísticos mayores, como Ill prigioner superbo, desaparecieron del mundo; en los últimos 250 años no existe teatro que los haya considerado. Y, sin embargo, Pergolesi es eterno por La Serva Padrona, un divertimento que escribió en unas cuantas horas.

VII

Pergolesi se retiró a un monasterio napolitano para morir. Pidió un rosario, pidió velas blancas, pidió las paredes vacías y papel pautado. Entregó su agonía a componer sobre el dolor de María cuando ve morir en la cruz a su hijo. No obstante, sus sonidos van más allá del sufrimiento y buscan expresar la suave serenidad que llena el alma de la Madre llorosa, quien sabe —con la sabiduría del instinto— que la paz llegará tras la sangre y que de ese horror nacerá la vida después de la muerte.

VIII

El Stabat Mater de Pergolesi se divide en 12 secciones (42 minutos de duración aproximadamente) y está escrito para soprano y contralto solistas, dos violines y bajo continuo (a cargo del chelo y el órgano).  Su escritura armónica es audaz —por momentos las progresiones de acordes producen atmósferas ambiguas— y la libertad melódica —sus diáfanas texturas— anuncian la pureza melódica que permeó en el clasicismo que representaron Gluck y Mozart.

IX

Escuchemos las partes 6, 7 y 8 del Stabat Mater. El órgano, al fondo, avanza con su sonido inexplicable mientras las cuerdas, que sutiles escalan, buscan alegres soluciones.

La soprano llora por la Madre:

Así vio a su dulce Hijo, desolado y moribundo, abandonar el alma de este mundo.

La contralto llora por la Madre:

Alto, ¡ah!, Madre, fuente de amor; ¡hazme sentir tu dolor!, pues contigo he de llorar.

Juntas, las dos cantantes le lloran a la Madre; la voz aguda persigue a la grave:

Haz que mi corazón arda amando a Cristo, mi Dios; cumpliendo así su voluntad.