El orbe español de Hugh Thomas

El 6 de mayo murió el historiador británico dejando una obra volcada hacia la Guerra Civil española y el imperio de Felipe II

Ciudad de México

De acuerdo con la información que da su discípulo Paul Preston, aunque Hugh Thomas (Windsor, 1931–Londres, 2017) estudió Historia, se entregó a ella azarosamente. Buscando estabilidad económica, se dedicó primero a trabajar para el gobierno inglés y a la política, y luego intentó ser novelista. Un episodio de una de sus novelas provocó que un editor lo animara a escribir sobre la Guerra Civil española. Sin conocimientos del idioma, Thomas asumió el reto; el libro terminó siendo un éxito que provocó reacciones negativas en su contra por parte de Francisco Franco, lo cual ayudó a cimentar su temprana fama. Desde este primer trabajo de 1961, el ámbito español se perfiló como su tema.

Un segundo proyecto que le aseguró la celebridad, porque volvió a enfrentarlo con las autoridades correspondientes, fue su historia de la Revolución cubana. Escrito al margen de los jefes revolucionarios y apoyándose en documentos que le proporcionó gente non grata al régimen fuera de la isla, Thomas realizó otro gran libro que ha hecho que lo califiquen como “un historiador tóxico para el castrismo”. Nuevamente, estas reacciones en contra de su labor fueron los mejores elogios que pudo recibir. De Cuba. La lucha por la libertad (1971) se deriva un tanto La trata de esclavos (1997), como lo cuenta en la introducción. En este trabajo encontramos unos renglones que no dejan de ser una especie de principios que guiaron su actividad como historiador: “En el presente libro he tratado de explicar lo que sucedió. Al buscar la verdad, no he creído necesario hablar en cada página de ultrajes. Pero, de todos modos, la pregunta es ineludible: ¿cómo pudo tolerarse durante tanto tiempo este negocio? En mis capítulos sobre la abolición hablo de esto, pero al cabo de varios años dedicados a escribir este libro no puedo pensar que los tratantes de esclavos y los capitanes de sus buques fueran ‘peores’ que los propietarios de esclavos, que a fin de cuentas formaban el mercado”. Para él, podemos derivar, el historiador no debe emitir juicios de valor; su compromiso es con los hechos.

Retomando el tema español, la summa del trabajo de Thomas sería la trilogía sobre su periodo imperial: El imperio español: de Colón a Magallanes (2003), El imperio español de Carlos V (2010) y Felipe II: El Señor del Mundo (2013). La conquista de México (1993) es un libro que dialoga con estos tres tomos y, en menor medida, con La trata de esclavos. La asociación con lo que realizó William H. Prescott un siglo antes con el mismo tema era inevitable. Enrique Krauze efectuó un análisis comparativo de estas obras fundamentales. Para el autor de La presidencia imperial, la actitud romántica de asomarse a “tierras exóticas” es lo primero que une al estadunidense y al inglés. En cuanto a las diferencias, Krauze anota que Prescott, como “hijo de su tiempo”, no escapó a la visión positivista que lo hizo considerar “bárbaros” a los aztecas (y en general a las culturas prehispánicas) y a los conquistadores españoles como “una civilización superior”. Las fuentes marcan una diferencia fundamental: mientras que Prescott trabajó con limitaciones, Thomas las tuvo en abundancia. Si bien el acceso a una mayor cantidad de documentos es importante para precisar datos, me parece que poco influyen en el punto de vista de la época, sobre todo del lado del historiador estadunidense. A propósito de las 6 mil páginas que integran el “juicio de residencia” contra Cortés, Krauze observa: “Precott desechó por farragosos algunos de esos materiales. Thomas extrae de ellos, como una mina abandonada a la que se aplican métodos modernos, un metal histórico de altísimo valor”. En cuanto a la arquitectura de las obras, si bien pueden verse semejanzas en principio, para Krauze la otra gran diferencia, otro aspecto marcado por los tiempos que vivieron cada uno, se halla en la escritura: “No es solo el tono (épico, poético, a menudo digresivo en Prescott; claro, directo, contenido en Thomas). Es la textura narrativa que los distingue y que proviene de la diferencia abismal de información en favor de Thomas. Lo que, sin apartarse necesariamente de la verdad, Prescott recrea o evoca con los colores de su emotividad o su imaginación literaria, Thomas lo puebla de densidad informativa: un alud, a veces vertiginoso, otras pausado, de hechos, personas, dichos”. La coincidencia más importante entre ambos es que ven a Cortés con simpatía; Prescott con un aura más medieval, Thomas más renacentista. Los dos historiadores emprendieron una labor que le tocaba a los mexicanos (aunque hay que decir que la biografía que José Luis Martínez hizo del conquistador casi lo logra): reivindicar a Cortés como fundador de nuestra mexicanidad. Con desazón, concluye Krauze: “Mister Prescott no disipó el ‘mito negro’ [de Cortés]. Tampoco Lord Thomas lo disipará. Los libros no suelen ser tan poderosos”.

Centrándonos finalmente en su trilogía sobre el imperio español, la fama de La Guerra Civil española la ha opacado y supongo que también las poco más de 2 mil páginas han intimidado a los lectores. Pero como ha observado uno de sus críticos, Thomas “narra con ameno rigor”. Su interés por España nació de haberla recorrido en algunas vacaciones de mediados de la década de 1950; acaso también algo tenga que ver la continuidad histórica que existe entre el imperio español y el inglés. Refiriéndose al primer tomo, El imperio español: de Colón a Magallanes, Thomas de hecho traza todo el plan del proyecto, al resumir que su construcción se debió a una combinación de “curiosidad, patriotismo, suerte, fe y fiebre del oro”. La curiosidad define a Colón y a Magallanes; la fiebre del oro y el patriotismo los encontramos en los conquistadores Hernán Cortés y Francisco Pizarro, y en Carlos V y Felipe II; la suerte y la fe los acompañan a todos. En un principio, la Corona en realidad no tenía interés en la empresa de Colón pues, como acota Thomas, para el rey Fernando lo referente al Nuevo Mundo eran “cosas de Isabel”. Por ello, no es de extrañar el papel preponderante que juega la reina en este tomo inicial. Por su carácter, Thomas la equiparaba con su adorada Margaret Thatcher.

Paulatinamente, y solo cuando van llegando la plata y el oro, los monarcas españoles se involucran en los asuntos americanos; esto es lo que desarrolla Thomas en El imperio español de Carlos V. Si el emperador atiende lo que sucede en esos lares, se debe a que los metales preciosos que le envían le van a servir para sus campañas europeas. La presencia de Plutarco es perceptible en el desarrollo de los capítulos dedicados a Cortés y Pizarro, quienes pasarían casi por las mismas vicisitudes en sus afanes de ser nombrados gobernadores en Nueva España y Perú.

Por último, calificada desde el momento de su aparición como una “[biografía] clásica bajo cualquier punto de vista” (Manuel Lucena Giraldo, ABC Cultural), Felipe II: El Señor del Mundo culmina la trilogía reivindicando al heredero de Carlos V. Lucena Giraldo defiende su opinión desde la perspectiva de la globalización, es decir, con argumentos modernos. Puede ser considerado el más novelesco de los tomos por aproximarse a su protagonista desde sus conflictos internos. Sus planes de conquistar China es otro de los asuntos relevantes. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel, y el libro de Thomas quedan como las obras definitivas sobre este monarca.